Wednesday, July 17, 2013

Sin luz

En la oscuridad eterna, mi mano buscaría la tuya. Los gritos desesperados de los demás me dejarían sorda y no podría oírte. Los cuerpos tirados por el suelo no me dejarían avanzar hacia ti, ni siquiera sabría en qué dirección caminar o correr. En derredor olería miedo, sexo, cólera, sudor, sangre,… Respiraría hondo y aun así no podría dejar de aspirar tales perfumes, tales hedores. Tengo miedo. Te extraño. Me quedo sin voz gritando tu nombre aunque sé que estás sordo como yo. Me quedo ciega forzando mi vista para acostumbrarla a la oscuridad, pero lo único que veo son sombras grotescas que me hacen apartar la mirada. Ven conmigo, vuelve. ¿Dónde estás? Lloro en  la soledad de las tinieblas, que se nos tragan. Poco a poco todos caen al suelo cansados, dormidos, muertos. Oigo risas y gemidos que nos hacen saber de la felicidad de los que sí se han encontrado. Sé que tarde o temprano te encontraré pero te necesito tanto, tengo tantas ganas de abrazarte que me tiemblan las manos. Quiero tranquilizarme, quiero encontrarte. Este vacío en mi pecho se hace más grande a cada minuto que pasa, a cada segundo. El silencio es aún más aterrador que el ruido. Todos duermen pero sé que tú no, tú y yo estamos en pie en la oscuridad, esperando. Quiero caminar y buscarte pero tengo miedo de caer, miedo de pasarte de largo. Te quiero, susurro. Y convierto ese murmullo en un silbido. Te extraño, silbo. ¿Dónde estás? El agudo sonido de mi aliento atraviesa la penumbra en todas las direcciones. Doy un paso, salto un cuerpo. Arrastro los pies con las manos hacia delante. Tengo miedo, tengo mucho miedo. Mis silbidos se entrecortan con mis lágrimas. Por favor, óyeme, tócame. ¡Te lo suplico! ¡Te quiero! ¡Por favor! ¡Te amo! Y un silbido de respuesta llega a mis oídos magullados, atrofiados. Sigo la dirección de ese sonido, de esa esperanza. Mis pies chocando con la carne del suelo, con lágrimas, resbalando con sangre y heces. Mi nariz acosada por el sudor, por el calor de la compañía, por el dolor de la pérdida. Mis ojos cansados de tanto buscarte, forzados a seguir abiertos. Mis brazos dormidos y mis manos temblando, ansiando notar el calor de tu cuerpo… ¿Dónde estás? ¿Eres tú el que silba también? ¿Es está tu mano? Dejo de silbar y entrelazo mis dedos con los tuyos. Pongo mi mano en tu pecho, en tu cuello, en tu cara… Noto en tu oreja el brillante gemelo al mío, que tú estás tocando. ¡Eres tú!, te digo. ¡De verdad eres tú!, lloro. Te abrazo y me besas sin dejar espacio para la oscuridad entre nosotros. Con los ojos cerrados, descanso sin soltarte, sin liberar tu mano,… No volveré a separarme de ti jamás.