Sunday, August 11, 2013

Capítulo VI.- Las costas

Miro a Julio de reojo. Está tan concentrado en la carretera que no habla. Sólo se oye el viento de las costas del Garraf que entra por las ventanillas del coche y nos alborota el pelo. No me veo como para tocar nada. No sé qué hacer. ¿Por qué no puedo sacar mi chulería en momentos así? Su camisa huele tan bien… Trago saliva y me aprieto el abdomen para que no me rugan tanto las tripas. ¿De verdad quiero comérmelo? No sé ni por dónde estamos. No puedo pensar en otra cosa que no sea comérmelo. Respira hondo, Minerva. Sé fuerte. Si aguantas hasta Barcelona sin echarte sobre él podrás decir que eres más fuerte que tu instinto.
-                ¿Puedo preguntarte algo? –rompe el silencio. En el espejo del parasol me veo ojerosa y con mala cara. Llevo todo el día sin masturbarme y tengo tantas ganas… ¿Lo notará si me toco?

-                Dime.
-                ¿Qué piensas de Marco?
-                ¿Cómo persona o como sátiro? –Me mira como si hubiese dicho una blasfemia. A lo mejor sabía que su amigo era diferente a la gente común y corriente pero no exactamente el qué. Al final no tienen tanta confianza.
-                Sátiro… −sopesa la palabra a medida que reduce la velocidad.
-                Y yo soy una ménade –le suelto, ya que estamos. Aprieta las manos sobre el volante, algo confundido.− Somos personas, más o menos. ¿Quieres saber algo más?
-                ¿Sois como los de los libros? –Creo que no sabe cómo preguntarme si soy un ser sobrenatural.
-                Somos mitad animales y nuestros instintos nos dirigen más que a los humanos. También somos resistentes a las enfermedades y, a veces, podemos cambiar nuestro aspecto.
-                ¿Aspecto? –No debería contarle todo esto, pero me siento como si le debiera una explicación.
-                Los sátiros son hombres cabra; las ménades… mujeres pantera. –Aunque yo nunca me he transformado del todo. Sólo una vez, cuando le arranqué la oreja a Jaime. Mis dientes cambiaron y convertí mis manos en garras. Quería tanto que formara parte de mí que sólo pensaba en darle bocados.
-                Una mujer pantera… −Me mira y le giro la cara, avergonzada.− ¿Me estas tomando el pelo?
-                Puedo explicarte por qué querías desnudarme el día que nos conocimos, después de clase. –Seguro que se lo ha estado preguntando constantemente desde entonces.
-                ¿Lees la mente? –se ríe, un poco nervioso.
-                Ya ves que físicamente soy normalita, ¿no? Pues ligo gracias a una “droga” que genero en forma de perfume cuando estoy excitada. –A lo mejor con esto satisface su curiosidad y se olvida de mí.− Es como una viagra natural que sirve para todos los sexos. Marco también puede hacerlo.
-                Así que era eso… ¿Y puedes controlarlo?
-                Si no lo controlara ya habrías aparcado el coche y me estarías follando sobre el capó del coche –le explico. Exactamente es eso lo que me gustaría que hiciera. Pronto no voy a poder aguantarme más.− Pero estoy al límite, ¿sabes?
-                ¿Límite? –se asusta al ver que me estoy tocando.
-                Tengo un límite de horas sin… tener un orgasmo. –Qué vergüenza. No me mires así.− Tú conduce, ¿quieres?
-                ¿Cómo voy a conducir cuando te estás masturbando? No puedo concentrarme.
   De repente, parte de mi instinto se apodera de mí y tira de la palanca para retroceder su asiento de golpe. Me agacho hacia él y comienzo a acariciar el bulto de sus pantalones.
-                Minerva –me llama la atención mientras intenta levantarme.
-                Si no quieres follarme vas a dejar que te la chupe –le advierto.− Sabes que las ménades se comían a los hombres con los que copulaban, ¿no? –Ahora mismo me mira como si fuese una psicópata.− Tomaré tu silencio como un sí.
   Desabrocho su cinturón con una mano mientras me toco por encima de las bragas, calientes y mojadas. Después sigo con el pantalón y se la acaricio por encima de los bóxers. Me encantan estos que tienen un botón para no tener que bajarlos.
   Poco a poco se le va poniendo dura y ella solita sale de la ropa interior. Es tan suave… Qué bonita.
-                Qué mona –me rio mientras la acaricio con la punta de la lengua y él se estremece. No es ni grande ni pequeña pero me gusta su grosor.
-                Minerva, por favor…
   Julio intenta apartarme de nuevo, avergonzado mientras me concentro completamente en él. Sólo con lamerla siento como si me acariciara. Si sólo se corriera en mi boca me sentiría satisfecha. Me encanta cómo huele y empiezo a lamerla de arriba a bajo mientras le masajeo los huevos con una mano y lo masturbo con la otra. Él, con los dedos enredados en mi pelo, no sabe si apartarme o empujarme hacia abajo.
-                Está muy buena… −suspiro antes de metérmela en la boca poco a poco mientras él se aguanta un “joder” muy sexy.
   La abrazo con mi lengua y me la meto entera para notar las pulsaciones. Se va poniendo cada vez más dura mientras bajo y subo lentamente, saboreándola. Sus bolas mantienen un baile con mi mano derecha mientras deslizo la otra bajo la camiseta y le pellizco un pezón. Eso hace que le tiemble y se el ponga más gorda. Me la trago y acaricio la punta con la lengua para luego seguir con el frenillo, que parece que le encanta. Poco a poco su mano me acaricia la cabeza y sé qué tengo que hacer. Cuándo ir más rápido, cuándo tragar más o centrarse en el glande. Me encanta jugar con la punta de la lengua o poniéndola completamente plana y lamerla como si fuese una perra.
   Poco a poco, en vez de pedirme que pare me suplica que no lo haga mientras me acaricia la espalda por encima de su camina. Tiene las manos calientes y me encanta que me toque. Me contoneo como una serpiente bajo sus caricias a medida que baja hasta mi culo y me levanta la falda mientras se la chupo como si fuese un chupete. Sí… Acaríciame más. Tócame así el culo. Sigue, sigue más abajo por favor.
   Cuando me acaricia el clítoris por encima del encaje, ya no puedo dejar de jadear mientras pongo todo mi empeño en comérsela. Cuanto más me gusta más rápido voy y cuanto más le gusta a él más me toca. Mete la mano por debajo de las braguitas de encaje y hunde los dedos entre mis pliegues, calientes y mojados.
-                No pares, Minerva. Dale más fuerte –me ruega.− Eres la mejor, joder. ¡Qué bien lo haces!
   Y le pellizco con más fuerza mientras le doy caña y muevo la lengua de lado a lado por toda su polla, gorda e impaciente. Él me penetra con los dedos con fuerza y gimo del gusto. Llevaba rato esperándolo y abro las caderas aunque no pueda abrirme de piernas.
   De repente, para el coche y me coge la cabeza con la mano ahora libre para ayudarme a chupársela. Esta violencia repentina me excita más y hace que me ponga a cuatro patas sobre mi asiento para que me pueda meter mejor los dedos. ¡Dame más! ¡Más fuerte!
   Dejo de jugar con sus pelotas y hago un anillo con los dedos para ayudarme en la mamada. Él con cuatro dedos ya dentro, me mete el pulgar y me abre como quiere. Me duele pero me encanta y goteo sobre la tapicería. Sin embargo, vuelve a sacar el dedo, completamente mojado, y me lo mete por detrás en una suave y ligera embestida. Esta sacudida de placer me hace gritar amordazada y me encanta.
-                Córrete, venga –me pide a la vez que me da más fuerte, pero no quiero correrme porque si lo hago no sé qué puede pasar. No quiero pero me gusta tanto…
   En un movimiento rápido, se la suelto y le meto un dedo por el culo que le da el empuje que necesitaba para correrse. Jadea y gime como un perrito mientras me llena la boca y sigo chupando para dejarlo seco.
-                Mierda –maldice mientras me levanto y me trago todo el semen caliente y dulce. Me gusta tanto como la miel.
-                Para –le pido mientras le aparto la mano. Yo no puedo… Si no es con alguien como yo no puedo correrme. Necesito estar sola y en casa.− Gracias.
-                Pero… −Tiene las pupilas dilatadísimas por el placer. Estamos parados en la cuneta de una de las curvas de las costas, escondidos de miradas ajenas.
-                Llévame a casa, Profe. –Sé que si lo llamo así voy a cortarle el rollo.
   Sin embargo, cuando me siento bien de nuevo, Julio vuelve a meter su mano entre mis piernas y a masturbarme.
-                No puedo dejarte así –se disculpa.
-                No lo entiendes… −Me gusta. Me gusta demasiado.
   Sin verlo venir, Julio me besa y se apodera de mis labios con su lengua mientras me abraza y me masajea la teta derecha. No… Para, por favor.
-                Podría comerte –lo advierto, llorando. No quiero que pase pero mi cuerpo no me responde. Se me tensan las piernas. Nunca me he corrido con nadie que no fuera alguien como yo. No es lo mismo. Esto me está sabiendo mucho mejor.
-                Lo sé. –Y sigue besándome de una forma tan íntima que parece que aboque en mí lava hirviendo. No me hace daño pero sus caricias me abrasan.
   NO. PARA. No quiero hacerte daño, por favor. Mientras gimo y lloro, me siento liberada de una pesada carga que me ha estado amargando durante varios años. ¿Es esto disfrutar del sexo? ¿De verdad puede ser así?
   Entre los brazos de Julio tengo un orgasmo como nunca lo he tenido y no siento necesidad de aguantarlo porque el mero hecho de tenerlo ya me libera y me hace llorar entre gritos de alivio.
   Y, en cuanto me suelta, cierro los ojos y espero no abrirlos con su sangre en mis manos.