Tuesday, July 30, 2013

Choque de almas

Lupo Sánchez bajó de su montura. El verano de sus diecisiete años prometía mucho calor pero aún estaban en abril. Se le presentaba un duro tercer trimestre de primero de academia.
            A falta de ganas de trabajar, el joven Lupo había decidido cursar runas y adivinación (junto con otras asignaturas de conjuración) porque siempre le habían parecido más fáciles que las ciencias ocultas o la alquimia. Además, tenía otras cosas en las que centrarse: quería ganarse la vida haciendo algo que le gustara; pero aún estaba muy perdido.

            Observó unos instantes la Academia de San Calafate. A falta una en el pueblo vecino (su pueblo), Calafate Abad, había tenido que matricularse en esta. Lo único bueno de ese cambio era que había conocido gente y se llevaba bien con la mayoría de los de su clase… Ahora que llegaba el calor tenía miedo de cagarla.
            Se adentró en el edificio justo antes de que sonara el timbre y saludó de lejos a su “grupito”, todos estudiantes de alquimia y materias más científicas, antes de entrar en su aula y ocupar su sitio de la última fila. Tocaba aritmancia así que aún tenía diez minutos libres hasta que llegara el profesor.
   Rebeca Luque entró en la misma aula porque en esa asignatura algunos alumnos se cambiaban de clase dependiendo del profesor que les gustara más. Aquel día estaba bastante cabreada porque el gato del vecino había estado toda la noche arañando su ventana y no había dormido nada.
                Menudas ojeras tienes –se rio de ella Lupo, haciendo equilibrios en su silla. Ella observó que había crecido durante las fiestas de primavera y las piernas ya no le cabían bajo el pupitre.
                ¡Cállate! –gruñó en respuesta antes de sentarse en su sitio y sacar los libros de la cartera.
                ¿La brujita odia los gatos? –se mofó él, y la sacó de quicio. Odiaba que se metiese en su mente de esa forma.
                ¡Métete en tus asuntos! –se puso borde, y en cuanto lo miró reparó en que él estaba muy cerca y el flequillo de la media melena rubio ceniza le tapaba los ojos de ámbar. Un par de milímetros más y podían tocarse nariz con nariz.− ¡Aire! −lo empujó, y él se desequilibró un poco.
            El profesor llegó y se quedaron en silencio: ella apretando los dientes (la marginada); él con una sonrisa de medio lado que atraía miraditas de las otras chicas de clase (el ligón). Los mismos “títulos” desde que eran pequeños.

A la hora del descanso, Beca salió a la calle y notó cómo se le amargaba el desayuno al ver a Lupo y sus amiguitos apoyados cada uno en su montura, unos preciosos Velo-dragones de escamas negras y plateadas. Quiso seguir su camino pero uno de ellos, Andrés Cirlot, la llamó y le soltó un piropo guarro que la hizo girarse. Los otros cuatro se reían del color escarlata de sus mejillas.
                ¿Qué pasa, Luque? –se rio Lupo, desdeñoso.- ¿Nunca te habían dicho algo bonito de tus tetas? –preguntó, y ella sintió ganas de esconderse debajo de una piedra.
            Sin pensárselo dos veces, Beca cruzó la carretera hacia ellos y agarró a Lupo de la maldita corbata roja medio desatada que siempre llevaba puesta. Él tuvo el impulso de apartarse de la bruja pero, repentinamente, ella deslizó su lengua entre los labios de él y lo besó como únicamente habían hecho aquellas que preparaban el terreno para un poco de ejercicio. Inconscientemente, cerró los ojos y siguió la corriente de la chica con sabor a agua de rocío. Las hormonas se excitaron y calentaron su cuerpo con cada leve tirón de ella en su corbata. Un instinto salvaje emanaba de esa melena de ondas brunas hasta los riñones y sentía que era absorbido más allá de un simple contacto físico. Extrañamente, se estaba poniendo duro aun cuando esa misma mañana se había despedido de una extranjera llamada Sophia con buen revolcón.
            A regañadientes, ella se separó de él con la ropa interior exageradamente húmeda bajo la falda. El corpiño le sobraba y el corazón le latía a mil por hora pero, aun así, fue capaz de clavar sus grandes ojos de color índigo en los de él y simular una sonrisa triunfal mientras daba un último tirón a la corbata desde el nudo y se la quitaba.
            Ante la estupefacta mirada de los cinco chicos, Beca se ató la corbata de Lupo y, cuando él quiso recuperarla tras volver a poner los pies en la tierra, le agarró la mano y para dibujarle un MANNAZ en la parte blanda de la palma con un rotulador que se sacó del bolsillo.
                Esto te enseñará a mirar más allá de un par de tetas –soltó antes de liberar la mano de Sánchez y alejarse de ellos.

Al día siguiente, en martes, el mundo de Lupo había cambiado completamente.
            De repente se encontraba hablando con las chicas de clase de las cosas más triviales o de las preocupaciones de alguna. En criptozoología, podía de desnudar por completo los sentimientos del espécimen únicamente mirándolo, sin verse capaz de diseccionarlo, y, cuando el profesor les enseñó el grabado más reciente de una súcubo, no se quedó embobado mirándole el sexo retratado como los demás chicos de su edad. ¿Qué le estaba pasando?
            Miró a Rebeca y no fue capaz de mirar su canalillo porque en sus ojos veía una chica sola que necesitaba un punto de apoyo. Casi sintió en su propio pecho las ganas de llorar de ella y eso lo cabreó, y ese es un sentimiento por encima de cualquier hechizo.
            En cuanto sonó el timbre y Luque salió al pasillo, él la arrinconó y le preguntó qué le había hecho de la forma menos brusca que supo. Miró la corbata que ella llevaba, su corbata, pero no pudo ver los generosos pechos en los que  se apoyaba, y eso no podía permitirlo.
                ¿Qué te pasa, diablillo? –sonrió ella mientras rozaba su rodilla contra la parte interior de la pierna de Lupo. ¿Por qué no puedo fantasear con el corte de su falda?, se mosqueaba consigo mismo, incapaz de pensar en la erección que le provocaba el roce de esas delgadas piernas. Se sentía como partido en dos.
                Quítamela –ordenó, medio calmado, y puso entre ellos la mano con la runa dibujada. Por mucho que se lavara las manos, no conseguía quitársela.
                No –respondió ella.− Pero si consigues quitarme la corbata, −comenzó, acallando el improperio que él iba a soltar− te quitaré la runa y haré lo que quieras. –Estaba muy segura de sí misma y, en el fondo, quería sentir el peligro de jugar con un íncubo como Lupo.
            “Lo que quieras”. Esas palabras resonaban en la cabeza de Lupo mientras la bruja se iba a clase de latín.

Tras una semana entera sin poder centrarse en otra cosa que no fueran los sentimientos de las chicas y de todo lo que lo rodeaba, Lupo siguió a Pablo Roca sin dudarlo cuando este le dijo que Félix (Gallego) y Álex (Zapata) lo habían llamado (gracias a un sortilegio de comunicación) diciendo que la bruja Luque estaba sola en la taberna del pueblo.
            Rápidamente llamaron a Cirlot, el único mayor de edad, para que los acompañara en su Velo-dragón familiar (cosas de no permitir a menores montar por la noche). Si todo salía bien, a lo mejor Lupo podría llevarse alguna a la parte trasera del local. Y pensar que ni siquiera podía centrarse en los retratos pornográficos que Féliz le había dejado la semana pasada…
            Ya en la taberna, Lupo encontró a Beca bailando animadamente y rodeada de chicos. Con esa forma de bailar atraería a cualquiera, pensaba el adolescente mientras se abría paso hasta ella.
            Con las miradas de los depredadores clavadas en la espalda, él se pegó a ella y comenzó a bailar. Rebeca lo miraba, divertida, y le seguía el juego; pero cada vez que él acercaba la mano a la corbata, ella lo empujaba con suavidad o daba un giro que hacía que le rozase un poco por debajo de la hebilla del cinturón con el culo. Se estaba poniendo nervioso.
            Sin previo aviso, un hombre (porque a ese ya no se le podía considerar chico) se metió entre los dos y, en cuanto se marchó, Beca ya no estaba y Lupo pudo ver cómo salía del local. Aún podía seguirla hasta su casa.

La calle de subida a la parte superior del pueblo era, desde siempre, una de las más empinadas y Lupo subía como podía. Le había parecido ver a Rebeca subir por ahí pero calle arriba no había nadie ya. Eran más de la una.
            Se sentía cansado y nervioso y le sorprendía su propia necesidad de saber dónde estaba esa chica y por qué narices vivía en lo alto del monte, la zona más alta del pueblo. Decidió caminar un poco más deprisa en un intento de alcanzarla porque a lo mejor había cambiado de calle para subir. Las callejuelas tortuosas, oscuras y estrechas abundaban, la mayoría sin salida. Y algunas farolas ya no alumbraban o bien porque se les había consumido la vela o porque alguien la había robado.
            De una forma bastante tétrica, imperaba una zona oscura en lo alto de la calle y, por defecto, la callejuela sin salida que había allí: el sitio perfecto para hacer lo que se quiera sin ser visto. No sería la primera vez que se encontraba allí, de camino a su propia casa,  un borracho al que habían atracado o una pareja follando a la intemperie.
            Sin embargo, aquella vez encontró allí algo que aumentó su furia interna: Rebeca estaba allí, con tres hombres más. Mientras dos se la cascaban y le sobaban las tetas a la chica, el tercero luchaba contra sus piernas para no recibir una coz mientras la violaba.
            Lupo sintió un profundo dolor y una impotencia parecidos a una patada en los huevos. Y en cuanto ella lo vio, amordazada con tres cinturones y con los ojos llorosos, él no tardó ni dos segundos en saltar a por los dos primeros hombres. La violencia que sentía hervir bajo la piel le movió el cuerpo como un títere sanguinario, como una tormenta de ira desenfrenada que destrozaba allí donde tocaba. Agarró la cabeza del primero y le hundió la rodilla en la cara. El color de la sangre de la nariz rota en su pantalón hizo que quisiera más y le arrancara un aro de la ceja antes de partirle un brazo y comenzar a propinarle rodillazos masivos en pecho y estómago.
            El tercero se apartó de Rebeca y agarró al adolescente del cuello con toda la fuerza de sus brazos. Pero en los ojos del chico el ámbar ya había empezado a arder y los cuatro caninos habían ganado potencia. Se deshizo de la llave del violador y le clavó los nudillos en la cara antes de darle una patada en los huevos que sonó como si algo se hubiese roto.

Rebeca caminaba frente a él, de camino a casa de ella. No le había dado las gracias por salvarla pero tampoco había dicho nada. Simplemente se había puesto a caminar hacia su casa con la blusa rasgada y la falda cortada. El corpiño se había perdido por el camino. Sus brazos y nuca estaban amoratados y por la zona interior de sus piernas Lupo podía apreciar un hilo de sangre que en ocasiones dejaba caer una gota al suelo. Suponía que el dolor de ella no podía compararse al de sus dientes ni al que sentía cada vez que la luz directa de una farola le daba en las pupilas. Lo que no sabía era por qué la estaba siguiendo pero el mero hecho de pensar en que intentaran hacerle daño de nuevo hacía que quisiera cogerla en brazos y llevarla corriendo a su casa para protegerla. El efecto de la runa lo estaba matando.
                ¿Pasas? –preguntó ella, con la mirada vacía, en cuanto llegaron a la puerta de su casita. Se sentía agradecida pero no podía decir casi nada. No se veía capaz igual que no había podido gritar para pedir ayuda.
                Gracias –respondió él antes de sentarse en el sofá del pequeño y estrecho salón comedor.
            La cocina estaba a la izquierda del cuadrado que era el recibidor. Quedaba claro que era una casita para una familia muy pequeña, y el pequeño pasillo a la derecha de la mesa daba a una habitación y un aseo.
            Sin mediar palabra, ella se encerró en el baño y lloró mientras se quitaba la suciedad de encima. La esponja de esparto enrojeció su piel cada vez que se la pasó por todo el cuerpo sin notar el dolor de los golpes que comenzaban a volverse morados. Se sentía muy sucia y tuvo que usar en su zona más íntima un hechizo de agua a presión. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué iba a pensar su padre cuando volviera de su viaje de comercio?

Cuando salió del baño únicamente con una enorme y raída toalla, Lupo sintió vergüenza por pensar que era sexy. No quería ser como esos tíos.
            Con movimientos lentos, ella se sentó a su lado en el sofá y cogió la mano que tenía la runa. Él miró extrañado cómo pasaba la lengua por ella y desaparecía.
                Gracias –dijo Beca, con tono vacío.− Perdona por la maldición de “no verás la carcasa”. –La frase no le salió tan bien como lo había planeado mientras se aclaraba el pelo, pero podía valer.
            Dicho esto, lo acompañó a la puerta y entonces él vio que no se había quitado la corbata y que ahora la aferraba a ella con fuerza, como si fuese un símbolo de protección.
            Ni una palabra. Lupo sentía que no la volvería a ver. Podía mirarle las tetas de nuevo, ver la carcasa, pero esa maldición, si se la podía llamar así, lo había cambiado un poco por dentro y había apaciguado esa parte de él que hacía que le hirviera la sangre y tuviera pensamientos destructores y… como los de esos hombres. No dejaba de repetirse que no quería ser como ellos.
            Posó el índice y el corazón sobre el nudo de la corbata y la atrajo hacia sí, lentamente, para besarla. En otra ocasión, el olor de ella tras una ducha lo habría impulsado a querer lamerla por completo e impregnar su propio olor sobre esa piel acaramelada. En otro momento, la habría guiado por los acantilados del placer hasta tirarla a la caída extrema del orgasmo y él mismo se habría tirado después. Pero el mero hecho de besarla y entonar un vals de lenguas ya lo hizo temblar y agradecer que ella no lo empujara y le diera una bofetada.
            Cuando el nudo de la corbata cesó al peso de su mano, Lupo dio media vuelta y se fue a su casa con el hormigueo punzante del deseo corroyéndolo por dentro.

El lunes, Rebeca no fue a clase, y al siguiente tampoco, ni el otro. Nadie preguntó por ella o por qué había dejado el instituto. Todo era normal y Lupo tampoco tuvo demasiado tiempo para pensar en la bruja porque se había prometido a sí mismo aprobar los exámenes y no dejarse llevar por su pereza. Decidió también ignorar durante el resto del trimestre ese vacío que sentía y todas las preguntas que se le amontonaban en la cabeza. ¿Le habrá pasado algo? ¿Qué estará haciendo? ¿Habré hecho algo mal?
            Inconscientemente, Lupo había dejado de usar la corbata, olvidada en el armario. Sin embargo, el día de la graduación, cuando vio el retrato de Rebeca en la orla, lo primero que hizo al llegar a casa fue enrollarla y atarla con su corbata roja antes de encerrar toda esa parte de su vida en el armario junto con el diploma.

Habían acabado las vacaciones de verano, tres años después de que Rebeca dejara el instituto. Tras sacarse el título de sanadora, recibió una oferta de trabajo enseñando los fundamentos de las runas a la hija de Goran y Sorana Ivanova y la aceptó porque todo el tiempo que pasaba trabajando no podía dedicarlo a pensar en Lupo y en aquella maldita noche de la que sólo ellos dos sabían.

                ¿Crees que mi hija está preparada para tener su propio luchador, Rebeca? –le preguntó Sorana, la madre de la chica.
                Creo que podemos probarlo –opinó Beca, intentando no demostrar la enorme aversión que sentía por las luchas de títeres, títeres vivos y andantes.− Lo cierto es que Clarisa aprende con facilidad todo lo que le enseño. –Se formó una sonrisa de orgullo en el rostro de Sorana.− Casi parece una copia exacta suya, señora Ivanova.
                Gracias –aumentó la sonrisa, y los ojos verdes se iluminaron.- Puede que mi hija aún tenga dieciocho años pero creo que mi marido ya tiene pensado regalarle uno de sus luchadores –anotó, y Rebeca notó cómo se le revolvían las entrañas al oír cómo hablaban de un semejante como si fuera un objeto.- Mañana empezaréis –finalizó la conversación antes de levantarse.
   Pero, antes de que Beca pudiese salir de la salita, Sorana añadió:
                Muy pronto, mi hija será la regente de este pueblo. –La locura de esa mujer siempre la sorprendía, igual que sus conversaciones milimétricas. Lo cierto es que no quería para nada que aquella mocosa se convirtiera en la dirigente de su tranquilo pueblo.

Al día siguiente, Rebeca hizo su turno de mañana en el hospital y, tras comer sola en su casa, fue caminando hasta el hogar de los Ivanova. Hacía ya un año que su padre había muerto en manos de unos bandidos pero no quería deprimirse como cuando murió su madre. Estaba acostumbrada a estar sola.
            Le esperaba una larguísima tarde con Clarisa y, cuando entró en la habitación de la chica, el susto que le provocó ver a Lupo allí hizo que se le cayera el bolso al suelo y que la malcriada se riese de ella:
                ¿Por qué eres tan torpe, Beca? –La pelirroja tenía unas carcajadas demasiado altivas para su gusto.- ¿No te dijo ayer mi madre que papá me ha regalado un luchador? –se enorgulleció, pasando la mano por el pecho de Lupo, que se mantuvo firme aun con la sorpresa de volver a ver a la morena. La actitud posesiva de la bruja de ojos verdes lo incomodaba pero su padre le pagaba bien así que no se quejaría por el momento.
                Vamos a empezar –cambió de tema la de ojos azules. El rubio la seguía con la mirada mientras ella se colocaba el pelo, ahora más corto, detrás de la oreja, y sacaba un par de rotuladores con nombre de una cajita del bolso.- Primero//
                En seguida –la interrumpió la otra mientras le quitaba el rotulador con su nombre de las manos y comenzaba a dibujar en la frente de Lupo, que se sobresaltó.
                ¡Para! –ordenó Beca, interponiendo su mano entre la frente del joven y el rotulador. Al quitar la mano ya no había rastro de tinta alguno, pero a él se le aceleró el pulso al captar su olor dulce y salvaje.- Vamos a empezar por control físico –empezó.- El control mental está fuera de tu alcance.
            Bajo la mirada furiosa de la malcriada, Rebeca dibujó un MANNAZ en el la palma de Lupo, creó ramificaciones hacia los dedos a partir de esta y luego raíces hacia la muñeca.
            Él la veía enseñar los fundamentos a la joven bruja y sentía algo cálido en el pecho, como nostalgia. Primero Beca ordenó que su mano se moviese y así lo hizo; luego Clarisa repitió el proceso con la otra mano del joven, cuyo deber era hacer de títere. De las palabras pasaron a las órdenes mentales y así, cuando le pidieron desnudarse, se quedó en ropa interior para que ensayaran con el resto de partes de su cuerpo. Disfrutaba cada vez que Beca se quedaba mirándolo y leía, como siempre lo había hecho, los más oscuros deseos de los que lo rodean. Es algo diferente a leer mentes, y le encantaba notar con tanta intensidad el deseo de ella de besarlo y abrazarlo.

Cuando acabó la clase, Rebeca se fue a explicar a Sorana y Goran los progresos que habían hecho antes de recoger sus cosas y marcharse. Estarían una semana repitiendo lo mismo hasta que Clarisa lo hiciese perfecto y no sabía si aguantaría ver a Lupo casi desnudo de nuevo. Le ardía el bajo vientre y se notaba húmeda y nerviosa. Maldecía vivir tan lejos cuando tenía tantas ganas de meterse en la cama (ya eran las doce de la noche).
            No obstante, él la esperaba fuera recostado contra su dragón, que parecía tener ganas de correr y apoyaba la cabeza en el hombro del dueño. Se había vuelto un hombre hecho y derecho y ella sintió otra punzada de deseo. Tenía ganas de abalanzarse contra esos labios tan sensuales y odiaba sentirse tan atraída sexualmente por él. Siempre habían tenido esa química, que ella misma acabó de rematar cuando lo besó tres años atrás; pero esperaba que se le hubiesen ido las tonterías después de tanto tiempo sin verlo. Odiaba por igual acabar cada noche pensando en él mientras se dormía, imaginándolo a su lado.
                Te llevo –afirmó Lupo, y le ofreció el sillín. Él podía montar sin ayudas.
                Gracias. –Y se subió en el dragón. Sin embargo, él la obligó a poner una pierna a cada lado y recogerse la falda a la altura de los muslos antes de subirse también.
                Tenemos asuntos pendientes –recordó él, como iniciando un tema, antes de dar la orden y sentir los generosos pechos de ella en la espalda mientras se abrazaba a él para no caerse.
            El viento alborotaba su pelo y se sentía pesada y extraña abrazada a él. Lupo llevaba al dragón como si fuese una parte más de él y a ella le pesaban las manos sobre su abdomen. Sentía vergüenza pero las ganas de tocarlo le ganaban la batalla mientras iba bajando las manos hasta el ombligo de él y un poco más abajo. El de ojos de ámbar permanecía impasible pero la excitación le rozaba los pantalones cuando ella bajó una mano lo suficiente como para acariciarlo.
            Aun a través del grueso tejido, notaba la piel de ella suave y cálida. Casi podía sentir la excitación de Beca atraparlo y mantenerlo pegado a ella y a su figura. Era una atracción completamente física, sin importar si eran guapos o no, sin pensar en sus sentimientos o sus gustos. Era algo animal que se les escapaba de las manos y Lupo no pudo evitar acelerar hacia su cabaña, donde vivía solo desde que se había graduado.

En cuanto bajaron del dragón y Lupo lo guardó en su establo, ella le enredó los dedos en el pelo y lo besó como hacía tanto que no lo besaban. Ella lo necesitaba y a él le dolía tener que controlarse. Casi pensaban lo mismo: Sólo sexo.
            La llevó corriendo por las escaleras hasta la puerta, donde la empotró para magrearla mientras buscaba las llaves en el bolsillo. Sus labios entonaban una balada mientras las lenguas se dejaban controlar por una atronadora tormenta de percusión. El cuerpo de ella se encajaba al suyo mientras la llevaba al sofá, le desabrochaba la blusa y se deshacía del corpiño para abrazarla. En el fondo sólo quería eso, abrazarla. Si dejaba a un lado toda la química de sus cuerpos, siempre había querido tenerla a su lado. Más de una noche había soñado con despertarse y encontrarla a su lado, sonriente y capaz de olvidar aquella noche.
                Lo siento, Beca –se apenó el diablo, con la voz ronca y el alma partida.− No pude protegerte –se sintió impotente. Siempre había querido decirle aquello.
                Lupo –lloró ella, con las manos a ambos lados de esos ojos de ámbar que tantas veces había querido mirar durante horas.− Te quiero –admitió.− Te perdono –dijo, sólo porque sabía que eso era lo que él quería escuchar.

            Y se sumieron en un profundo beso donde sus almas se encontraron y conocieron todos sus secretos, sus pesares y la alegría de estar juntos de nuevo… Porque siempre se habían estado mirando y aquella atracción era la forma que tenían sus cuerpos de encontrarse de nuevo, allá donde fueran, sin importar el tiempo que pasara.