Sunday, July 28, 2013

Cicatrices


Érase una vez una familia de grandes brujos que vivía alegremente en el anonimato, incapaces de cambiar el mundo al que estaban acostumbrados. Más que una familia, era un pequeño clan que no se atrevía a pronunciar la palabra “aquelarre”. Tampoco eran brujos, pues únicamente eran mujeres. Todos los hombres nacidos en aquella familia carecían de poderes y, para evitar un sufrimiento innecesario, sus madres los entregaban a familias buenas y cariñosas.
            Sin embargo, una oscura y tormentosa noche la cabeza de familia encontró en su puerta un pequeño e inconsciente niño del cual manaba una extraña aura. Lo arrulló entre sus brazos y, en ese momento, junto con la magia de sus venas sintió algo más oscuro, algo que a la bruja apenó e hizo llorar.
            Aun así, ese pequeño niño mitad brujo y mitad demonio se convirtió en el hijo de esa bruja. Por desgracia para mí, yo no soy él. Sólo soy la hija de la bruja que lo acogió.
            Mi hermano, Jewel, es un moroi, un mestizo entre vampiro y brujo (upir y uber). No sabemos quién fue su verdadera madre o si su padre todavía existe pero nunca vinieron a buscarlo, y eso que yo lo esperaba con ansias.
            En un principio todas estaban encantadas con un brujo en la familia pues ayudaría a mantener la línea de sangre y evitaríamos que con el tiempo nuestra sangre se mezclara demasiado con la de los humanos. Por supuesto, mi madre era la más encantada porque para ella era como recuperar al hijo que tuvo que dar en adopción. Jewel sustituiría a mi verdadero hermano pequeño y yo cuidaría siempre de él.
            Sin embargo, un día despertó en él lo que todas temíamos. Todas vieron como el niño que se había convertido en hombrecito ahora era un monstruo. Por mucho que comía, nada saciaba su hambre, no del todo. Aquella parte de él que necesitaba sangre acabó por controlarlo y, finalmente, mientras le hacía compañía porque las demás no lo querían cerca, me atacó y se lanzó contra mi cuello con los ojos inyectados en sangre.
            Por primera vez en mi vida, sentí que iba a morir y que al fin podría descansar. Después de tantos años sola bajo la sombra de aquel niño prodigio, podría volver a la tierra y ver desde el más allá cómo mi madre lloraba por mí. Al menos, me dije, pensará en mí y recordará que soy su hija y que la necesitaba.
            No me resistí y dejé que siguiera chupando como la sanguijuela que realmente era. Pero cuando se me empezó a nublar la vista algo en mí entró en pánico y quiso apartarlo. Le pedí que parara porque, si me mataba, perdería su alma y podría matar a las demás. Se habría convertido en un strigoi.
            Con mis últimas fuerzas, reuní todo mi poder en la palma de la mano y lo hice estallar contra su pecho. Jewel salió volando y acabó atravesando la puerta de su cuarto. Después, perdí la consciencia.

Cuando desperté, estaba en el hospital, sola. No había nadie a mi lado. Ni mi madre, ni mis primas, ni mis tías o amigas. Le pregunté a una enfermera y me dijo que ya vendrían, que no me preocupara, que se habían ido después de ver que me encontraba bien. Por supuesto, vi la mentira en sus ojos. Nadie había estado allí conmigo. Había sido un milagro que me hubiesen traído al hospital.

Un par de días más tarde, con una herida más abierta que otra y recuperada en parte de mi repentina anemia, me pagué un taxi y volví a casa. Me hizo gracia haber sido tan tonta como para pensar que irían a buscarme. ¡Si ni siquiera sabían cuándo me iban a dar el alta!
            Todas en la enorme casa me saludaron como si no hubiera estado fuera de allí casi una semana (contando los días que había estado inconsciente). Fui a ver a mi madre pero no estaba en ninguna parte. Dentro de mí, aún esperaba que se alegrara de verme y me preguntara por mi estado. El único sitio dónde me quedaba por mirar era en la habitación de Jewel. No podía seguir evitándolo. A lo mejor él estaba arrepentido también.
                ¿Mamá? He vuelto –la saludé−. Me han dado el alta hoy –seguí, fingiendo que no veía las vendas en el cuerpo de Jewel.
                Merald, querida –me sonrió, y cuando me abrazó fui la persona más feliz del mundo−. ¡Qué bien que evitaras que tu hermano perdiera su alma! –me apuñaló por completo, y ni siquiera vio mi cara de horror−. ¡Pero vamos, vamos! ¿Por qué no le pides perdón a Jewel? Aún no puede moverse y le va a quedar una cicatriz.
                ¿Q-qué? −¿De verdad me estaba riñendo por haberme defendido de su ataque? ¿Se alegraba de que no hubiera muerto porque de lo contrario ÉL se habría quedado sin alma?− ¿Por qué…?
                ¿Por qué, qué? –no comprendió, y sentí que empezaba a llorar. Aun después de tantos años, me sorprendió que me quedaran lágrimas.
            Miré al monstruo y apartó la mirada, como si no fuera nada para él. ¡Ni siquiera te arrepientes!, pensé, sin poder parar de llorar ya. Me aparté de mi madre, temblando, y me llevé la mano a la boca para no vomitar. No podía aguantarlo más. Se acabó, pensé, y de mi mano salió toda la frialdad de mi corazón en forma de carámbano. Era un trozo de hielo tan grande, tan azul y punzante…
                ¿Merald? ¿Qué haces? ¡Vas a asustar a Jewel! –quiso detenerme.
                ¡No! –grité, y ella de acercó a mí tan rápido que no pude controlarme. El carámbano la atravesó por completo y el azul cristalino se tiñó de rojo−. ¡Nooooooooo!
            El miedo me paralizó por completo y caí de rodillas sobre el charco de sangre, incapaz de pensar o de decir nada más. ¿Qué iba a hacer ahora? Oía los pasos de mis hermanas de clan y supe que iban a ejecutarme por haber matado a la cabeza de familia, por traición. ¿Por qué a mí?
                ¡Merald! –gritó una voz, y cerré los ojos.
            Una mano tiró de mí y se me llevó lejos, muy lejos. Oía los gritos de las otras brujas pero quedaron silenciados por el fuerte sonido del viento. La sangre se secaba en mis pantalones y mis lágrimas eran agujas de hielo arrasando mi cara, haciéndome sangrar y marcando aquel día que nunca podré olvidar.
            Aquel fue el día en el que me condené a cuidar de Jewel hasta mi muerte.

Casi nueve años han pasado desde entonces. Nunca hablamos del pasado pero siempre está ahí, las cicatrices de mi cara y la enorme X en el pecho de Jewel hacen que no deje de recordar, que no pueda dormir. Con una bandeja de “bebidas energéticas” sobre las manos, miro inexpresiva la película porno/gore sin cámaras que tengo delante. A medida que los años pasan, Jewel come más y más, y bebe muchísimo más. Cada noche se entierra en cuatro a cinco cuerpos con curvas deseosas de placer y sangre caliente corriendo por sus venas.
                Jewel –lo aviso, y me mira con sus profundos ojos bicolor mientras sigue bebiendo del cuello de una y otra cabalga sobre él. La falta de ropa también es normal en sus noches.
            Las chicas me ignoran, como siempre. Están demasiado acostumbradas a que las vean en su faceta más sexual pero, aun así, sé lo que piensan. No hace falta ser bruja para notar el aura de superioridad que emanan. Seguramente piensan que soy la que va tras él y hace de todo para llamar su atención aunque no sea de su tipo. Las chicas que Jewel se busca son como él, de pelo claro, voluptuosas y preciosas, con ojos oscuros como la noche. Ellas miran mi pelo corto y moreno como si fuera la peste y mis ojos azules casi blancos como si fueran los de un muerto. Es cierto, si no fuera por que me muevo, hablo y respiro, cualquiera pensaría que soy un cadáver.
            A veces es frustrante no sentir nada, permanecer siempre en calma. Miro fijamente tal escena de lujuria y no puedo notar la excitación del momento. Cualquier persona normal querría unirse a la fiesta o se aguantaría para masturbarse después, pero ni siquiera tengo esos impulsos. Estoy rota por dentro, y quiero seguir estándolo para no volver a sufrir.
            De nuevo, la sangre de mi madre parece esparcirse por mis manos y querer apegarse a mi cuerpo como una mancha putrefacta que pretende ahogarme. ¿Será esto la oscuridad de la que hablaba ella? ¿Habré perdido yo mi alma?
                Marchaos ya –ordeno a las chicas, que me miran y ven lo que realmente soy: algo peligroso, de lo que hay que huir−. ¡Vamos! –rujo entre dientes, y se levantan a toda prisa para salir huyendo sin olvidarse de beber mis “bebidas energéticas”. Es un buen método para borrar sus recuerdos de lo ocurrido aquí.
            A los pocos segundos desaparecen del almacén abandonado y sólo me queda hacer que mi hermano se vista y decida llenar su otra mitad de estómago con algo más que líquidos. Tumbado en la cama sin pudor alguno, me mira fijamente con esa aura que no puedo descifrar. Nunca sé lo que está pensando mientras yo sólo pienso en lo irónico que es que la más peligrosa de los dos sea yo.
            Le sostengo la mirada lo suficiente como para que rezongue, se estire y se levante de la improvisada cama que yo misma hice con palieres y sábanas rotas del hotel en el que trabajo. Sin ceder ni un milímetro, me fijo en su oscuro y pardo ojo normal. Soy una experta en sólo mirar la mitad de su cara. Si mirara su ojo inyectado en sangre, siempre acechándome en la oscuridad, no podría evitar salir huyendo porque me recuerda a mi otra cicatriz, la de mi cuello.
                Te tienen miedo, Merald. ¿Lo sabías? –se ríe él como si fuera un chiste, seguramente pensando que esas idiotas no sabían que estaban con un vampiro.
                Es lo que tiene mi mirada de muerto, supongo –dejo la bandeja a un lado, dándole la espalda. Sin embargo, siempre estoy alerta por si lo dominan sus impulsos, por si su alma se resquebraja y se convierte en un strigoi.
                ¿Por qué las has echado? Aún no estoy lleno. –Su voz toma un matiz insinuante y se me acerca demasiado, tanto que puedo notar su respiración en mi coronilla y su olor a sudor y sexo−. ¿Vas a sustituirlas tú? –quiere saber mientras acerca una mano a mi cara. Sabe perfectamente que evitaré su contacto y giraré la cabeza como él quiere, para mirarnos cara a cara, con las narices a pocos milímetros.
                Vístete, Jewel –le ordeno, sin ceder−. “Debes tener una dieta equilibrada”, recuerda –cito las palabras de nuestra madre. Sé que eso le duele y hace que frunza el ceño. Cuando pone esa expresión sé que puedo sentir algo porque mis labios tiene ganas de sonreír−. De lo contrario te volverás débil y vulnerable. –Mis palabras son como estacas para él, lo sé. No soporta que lo llame inútil.
                Soy mucho más fuerte y rápido que tú, Merald –me amenaza, enseñándome los dientes. Pero yo no los miro y lo mando lejos de mí con un pulso de aire comprimido.
                Ahora mismo podría acabar contigo antes de que te me acercaras –le estampo la verdad en toda la cara−. Si olvidas que eres mitad brujo, atente a las consecuencias –doy por zanjado el asunto antes de salir de aquí−. Te espero fuera.

Como siempre, vamos a cenar a un restaurante familiar y me pido una hamburguesa con ensalada y agua. Siento el crujir del beicon en mi boca y respiro un poco de normalidad mientras Jewel devora su plato. Al fin y al cabo, es un crío.
                Te vas a poner como una foca –me chincha, como siempre. Nos llevamos seis años de diferencia y yo ahora tengo veinticinco, así que no puedo considerarlo un adulto y no deberían molestarme sus comentarios−. Luego los hombres no se te van ni a acercar.
                Eso no me importa –respondo tranquilamente−. Cómete la cebolla, venga.
                No hace falta que me lo digas –se enfurruña, y suspiro. A veces creo que es bipolar−. Lo que quería decir es que podrías cocinar algo de vez en cuando.
                No tengo tiempo –le recuerdo. Entre mi trabajo por las mañanas en el hotel y las tarde/noches en el restaurante, no puedo ni darme un baño tranquila−. Además, me paso toda la tarde cocinando y comprenderás que no me apetece para nada ponerme a ello al llegar a casa. –Hacía tiempo que no decía una frase tan larga. Normalmente no doy excusas a mi comportamiento.
                Deja un trabajo –propone, hablando con la boca llena.
                Entonces busca tú uno –le reprocho.
            Siempre que saco el tema, Jewel se queda en silencio, incapaz de responder. Está demasiado acostumbrado a que lo haga todo por él, supongo. A veces me gustaría simplemente desaparecer, no ir nunca a recogerlo al almacén. Sin embargo sé que, si hiciera eso, acabaría matando a alguien y convirtiéndose en un monstruo. Él es mi responsabilidad y me gusta pensar que soportando esto estoy expiando en parte mis pecados. Sé que no es verdad pero una puede soñar.
                ¿Y si me pusiera de gigoló? –vacila un instante. ¿Ya está pensando de nuevo en el sexo?
                Adelante, así trabajarías y podrías hipnotizar a tus clientas para, de paso, beber su sangre.
                ¿En serio? –se indigna−. ¿Quieres que me prostituya? ¿Es que no te importa? –gruñe en susurros para no llamar la atención.
                ¿Por qué debería importarme? Eso haces todas las noches pero sin cobrar, ¿no? –A veces no lo entiendo.
                ¿Es que te da igual con quién esté? –insiste−. A veces eres más fría que el hielo, Merald –suelta en un impulso, y en seguida se da cuenta de su error.
            Ante mi mirada de reproche, se calla y sigue comiendo. Sabe perfectamente que hay tres reglas entre nosotros. Uno, no tocarme jamás. Dos, no mencionar nuestro pasado. Y tres, nunca decir la palabra “hielo”.
                Lo siento, Merald –tiembla, apenado. A veces pone esa cara de tristeza y veo un poco de bondad en él. Se cruza de piernas y me roza con el zapato−. ¡Perdón! –Y encoge las piernas bajo la silla mientras yo aguanto las ganas de salir de aquí.
            Aunque sólo me ha rozado, la cabeza me estalla en el recuerdo del día que me atacó, el día que casi me mata. E inmediatamente recuerdo el día que se me llevó de casa y me protegió de la furia del clan. Nos escondió en un motel y me abrazó con fuerza hasta que salí del estado de shock. En ese momento lo único que hice fue gritarle y llamarlo monstruo, temblar cada vez que quería tocarme y hacerme un ovillo en una esquina de la habitación. “No volveré a tocarte, Merald”, me dijo. “Pero no me dejes solo”, lloró por primera y única vez, al menos frente a mí.
                No importa –digo al fin, respirando profundamente. Estoy segura de que este miedo que me da ser tocada es lo que me impide ser una persona normal, o medianamente normal.
                Oye, Merald –decide cambiar de tema mientras traga su refresco−. ¿Por qué no te tomas un día de fiesta y te vas por ahí? Seguro que quieres divertirte un poco.
                No hace falta, Jewel –le corto el rollo−. De todas formas, no tiene sentido salir para estar sola. No sabría cómo divertirme. Para mi desgracia, las marcas de mi cara ahuyentan bastante a la gente –le recuerdo. Lo sé, he mencionado una parte de nuestro pasado.
                No hables como si nunca estuvieras con hombres –me reprocha.
                ¿Eh? –Ahora sí que me he perdido.
                ¿Cómo que “eh”? –vuelve a enfurruñarse. ¿Es que nunca se cansa?− Ya me has oído.
                Jewel, ¿me has visto alguna vez con un hombre? –Por no decir: “Soy virgen, idiota. ¿Qué te crees que estás diciendo?”.
                No necesito verte. A veces hueles a… “eso”.
                ¿“Eso”? –sigo sin comprender. Parece que le da vergüenza decir lo que sea. Creo que al final se atragantará.
                Semen… −susurra tan bajito que casi no lo oigo, y la que se atraganta soy yo.
                ¿Pero qué dices? ¿Cuántas veces te he dicho que no me huelas, de todas formas? –intento no gritarle.
                No es culpa mía –desvía la mirada.
                Ains… Eso es sólo por trabajo. Así me gano propinas en el hotel –le explico, aunque no sé por qué−. A algunos tíos les gustan las chicas de la limpieza, ¿qué quieres que te diga?
                No vuelvas a hacer eso –parece ordenarme, sombrío.
                ¿Y por qué debería hacer lo que tú me digas? –me indigno. Sé que no está bien pero, al fin y al cabo, sólo son mamadas a cien pavos.
            De repente, antes de responderme, se levanta y sale corriendo del restaurante antes de que pueda pararlo. Dejo mi plato a medias y pago antes de salir a la calle y dirigirme a nuestro estudio medio derruido. No puede haber ido a ninguna otra parte.
                ¿Jewel? –lo llamo al entrar en casa−. ¿Me vas a decir qué te pasa ahora?
            Veo su ropa en la cama y supongo que se está duchando, así que me apoyo en la puerta del baño y escucho el agua correr. Hoy los vecinos están de fiesta y casi no me oigo los pensamientos. Pico a la puerta y la abre, totalmente empapado.
                No hay toallas –se queja, incapaz de mirarme.
                Ven aquí –le ordeno mientras cojo una toalla seca y empiezo a pasársela por la cabeza y los brazos. Tocarlo a través de una gruesa toalla es lo máximo que puedo soportar. Antes también con una esponja. Al fin y al cabo, él sólo tenía diez años cuando comenzamos a vivir por nuestra cuenta.
                No hagas eso –gruñe, aún sin poder mirarme.
                Tú mismo lo has dicho muchas veces, ¿no? –suspiro mientras me arrodillo para secarle las piernas−. Soy tu hermana mayor y lo único que tengo que hacer es cuidarte. Me extraña que no lo hayas dicho últimamente.
                Ya no soy un crío, Merald –se siente insultado, y cuando voy a mirarlo a los ojos me encuentro con algo realmente incómodo.
                Para mí, sí –sigo la conversación, ignorando por completo que se ha puesto cachondo.
                ¿Tampoco te afecta esto? –se ríe de sí mismo lastimosamente−. Eres tan cruel…
                Estoy acostumbrada a verte desnudo. ¿Por qué debería afectarme? –me defiendo. No necesito ser bruja para saber que sus hormonas están hirviendo y que es peligroso enfadarlo más.
                No lo aguanto más… −dice, tan bajito que me tengo que levantar para oírlo bien. No me gusta nada su mirada−. ¡No lo aguanto más!
            De repente, Jewel me empuja sobre la cama y caigo por el borde hasta quedarme sentada en el suelo. ¿Qué le pasa ahora? ¿Qué hago ahora? Aunque me ha empujado usando la toalla, que ahora tiene en las manos, tengo miedo. Da un paso hacia mí y siento que me encojo, que quiero llorar.
                Jewel…
                ¡Cállate! –me grita, y me pongo los brazos sobre la cabeza para protegerme−. Ven aquí y hazme lo mismo que a tus clientes –me ordena mientras se pone la toalla sobre la erección−. Así debería estar bien para ti, ¿no?
                ¿Qué te pasa, Jewel? Cálmate, por favor –intento razonar con él−. Soy tu hermana mayor. Hazme caso y sé un buen chico, ¿vale? –siento cómo me tiembla la voz.
                ¡No soy un buen chico! –estalla. Tira la toalla a un lado y se arrodilla frente a mí−. ¡No entiendes nada! ¡Da igual lo que haga! ¡Nunca me miras! ¡Nunca te enfadas conmigo! ¡¡Nunca sientes nada!!
                Je//
                ¡¡Cállate ya!! –ruge, y me agarra de las muñecas para obligarme a mirarlo.
                No, por favor… −comienzo a llorar, con la cabeza inundada de dolor y recuerdos que no quiero ver más−. No me hagas daño, por favor. No… No… −No puedo dejar de temblar, aturdida por ese ojo rojo como la sangre que creo que va a devorarme−. No, Jewel, no. Por favor…
            Entre mis lágrimas, veo cómo su cara de furia se calma y se convierte en una de profundo dolor. Tanta tristeza, tanto sufrimiento que la mala parezco ser yo. Me suelta las muñecas y se da por vencido, completamente desnudo y vulnerable, sin ánimos. Me abrazo a mí misma y no puedo dejar de llorar ni de rogarle. Las únicas palabras que salen de mi boca son que no me haga daño, que no me muerda, que no me toque.
                Sólo puedo hacerte daño, ¿verdad? –solloza él, y se viste y se marcha. No coge las llaves, ni el móvil.
            Y yo no puedo detenerlo. Una parte de mí ha querido gritarle que se vaya para siempre; la otra, la que ahora está llorando, sabe que acaba de perder lo único que le daba sentido a mi vida. ¿Qué soy sin Jewel? ¿De verdad iba a hacerme daño? ¿Qué quería decir? ¿Por qué estaba tan triste? ¿Por qué siento que algo dentro de mí se ha roto de nuevo?

Los días pasan. He dejado el trabajo en el hotel. La última vez que un cliente quiso un “servicio especial”, mi cuerpo lo rechazó por completo. Vomité sobre la alfombra de la habitación y tuve que limpiarla una y otra vez. Por mucho que limpiaba y que no hubiera marcas ya, sabía que la mancha seguía estando ahí. Por mucho que diera la espalda a la nueva cicatriz de mi corazón, esta seguía estando ahí. Incluso tenía un nombre grabado en ella.

Llevo días sin dormir. Simplemente, si cierro los ojos siento que voy a morir, a quedarme quieta para siempre. Trabajo a doble turno en el restaurante y mi cuerpo se mueve por inercia. Al final, mi jefe me manda a casa y me veo vagando por las calles intentando no hacer caso a las preguntas de mi cabeza. ¿Comerá bien? ¿Dónde está? ¿Se habrá convertido ya en un monstruo?
            Antes de darme cuenta, estoy delante del almacén abandonado y abro la pesada puerta. Todo está oscuro y, al dar un paso, la bota se me tambalea y sé que he pisado algo viscoso y seguramente desagradable. Aun a sabiendas de que alguien puede descubrir mi magia, creo una pequeña bola de luz que se adentra en la estancia y veo el suelo completamente rojo.
            De repente, la luz se apaga y oigo unos gemidos ahogados que me hacen temblar. ¿He llegado demasiado tarde? Poco a poco mis ojos se acostumbran a la oscuridad y lo veo abrazado a una figura temblorosa y de mirada nublada. No lo hagas. No lo hagas, es lo único que pasa por mi cabeza. Ese ojo rojo brilla en la penumbra y se vuelve oscuro por momentos, a medida que la desconocida pierde el aliento.
            Y no puedo reprimirme más. Corro hacia ellos y atravieso el pecho de la chica con una espada de hielo, temblando. El abrazo de la bestia se afloja y el cadáver cae al suelo, con los ojos y la boca completamente abiertos, acusándome. El hielo de mi mano se hace pedazos y retrocedo, incapaz de comprender por qué he hecho esto de nuevo. ¿Por qué he vuelto a caer en la oscuridad para salvarlo? ¿Por qué…?
                ¿Merald? –me reconoce él, con la mirada perdida, incapaz de apartar la mirada del cuerpo tendido en el suelo−. ¿Está muerta?
                Si no lo hacía… Tú… −vacilo. ¿De verdad la habría matado si yo no hubiera intervenido?− Madre no quería que te convirtieras en un monstruo, tú no. –Retrocedo un poco y se levanta de la cama, completamente vestido y empapado en sangre.
                ¡Espera! No te vayas. No me dejes, Merald –llora, tendiéndome una endeble mano que busca perdón, amabilidad y cariño−. Quédate conmigo, por favor.
            Mis palabras están encerradas en lo más profundo de mi garganta. ¿Qué hago? ¿Qué digo? Siempre he odiado a Jewel porque me robó a mi madre, me atacó y me obligó a estar junto a él. ¿Qué me pasa ahora? ¿Por qué no puedo simplemente acabar con él? ¿Podría perdonarme matar aquello a lo que mi madre más amaba?
                Te amo –solloza él, y lo miro asustada−. Merald, te amo. Lo siento. No volveré a tocarte –suplica mi perdón, con una mirada desesperada−. Me cortaré las manos, ¿vale? Haré lo que quieras pero no te vayas. No me rechaces, por favor. –Tanto dolor, tanto sufrimiento en esos dos ojos. El humano y el vampiro sufren. Por primera vez, veo las dos caras de Jewel como una sola−. Merald… lo siento. Lo único que he querido siempre es que me miraras. Por mucho que estoy con chicas nunca dices nada, ni te inmutas. Es tan doloroso que no podía soportarlo más… Lo siento.
            Tiembla como un bebé, me digo a mí misma al verlo sentarse y llorar con las manos tapándole la cara. Me necesita. Me arrodillo frente a la cama y lo observo ahogándose en su desesperación, suplicándome. Una parte de mí me dice que huya, que lo deje y no mire atrás. La otra toca con las puntas de los dedos sus manos temblorosas, desesperadas.
                No quiero… −empiezo a decir, y me mira como si lo hubiera apuñalado−. No quiero ser tu hermana mayor nunca más, Jewel –tiemblo al hablar.
            Y toda la oscuridad de sus ojos desaparece. Lo veo y recuerdo lo contenta que estaba de tener un hermano cuando era pequeña. Después, cuando las chicas se fijaban en él y lo querían para ellas, fue cuando algo dentro de mí se torció. Porque nunca iba a dejar de ser su hermana, nunca iba a poder mirar a Jewel con otros ojos. No tenía derecho a pensar en él de aquella forma y estos últimos años me he obligado a mí misma a mirar, a sufrir con tal de olvidar lo mucho que//
                Yo también te amo –libero estas palabras que tanto tiempo llevaban dentro de mí−. Y te odio por ser mi hermano, idiota –comienzo a llorar, y unas amables, cálidas y temblorosas manos me arrullan y me protegen, como hace nueve años.

                No volveré a hacerte daño, Merald –me promete, aún con lágrimas en los ojos, antes de besarme y hacerme sentir como nueva. Sólo él puede pegar los pedazos de mi ser. Sólo Jewel… Siempre ha sido así.