Wednesday, July 17, 2013

DarkWalkers: Bell's Awakening

¿Qué hacer cuando sientes que no te queda nada? ¿Cómo encontrar el camino a seguir sumida en la oscuridad más profunda de tu corazón? Una noche, en un mundo diferente al nuestro, arrasará a Bellatrix a la más profunda desesperación.
Por mucho que corra, por mucho que huya está destinada a morir… y a renacer.

¿Qué harías tú si tu cuerpo se vuelve en tu contra? ¿Cómo controlarías pensamientos de una parte desconocida de ti mismo? ¿Cómo olvidarías a esa persona que te ha traicionado? Dime, ¿cómo te enfrentarías a un cambio completamente sobrenatural en tu vida?



NOTA IMPORTANTE
Al usar los personajes distintos idiomas se avisa que, cuando la letra es “regular”, se habla en inglés, cuando está en “cursiva” se habla francés, y si está en “negrita” se habla otro idioma, el cual se especificará en el momento.


FW: REGRESO A PARÍS
De: Bell (bellatrixmallet-2680@free.fr)
Enviado: viernes, 3 de febrero de 2706 08:54:37
Para: Jacques (jacquesleblanche-2679@free.fr)
Estimado Jacques, ¡¡¡ahora estoy en Tokio!!!
   Tras tres años de viajes, el próximo día 27 estaré en París. He decidido quedarme a vivir allí para poder estar contigo de nuevo. Me han dado trabajo en una pequeña editorial llamada Nôtre-Dame para lo que mejor se me da, traducir. Te echo de menos. No sabes cuánto… No ha habido un día que no pensara en ti, ¿y tú? Espero que sí. No soportaría lo contrario.
   Antes de vernos tengo una última parada en Londres el día 23. Mis padres quieren que les cuente todo lo que he hecho durante estos últimos tres años. A ti también te lo contaré cuando nos veamos, pero ya lo sabes todo, ¿verdad?
Adiós. Besos. Te quiero.
Bellatrix Mallet (aunque pronto Bellatrix Le Blanche) ^^

París. Lunes, 27 de febrero de 2706.


Aunque el sol del mediodía debería haber estado cegándome, la pequeña ventanilla del avión estaba tapada con una cortina de agua y no me dejaba ver nada. Sabía que mi amada Francia estaba bajo nosotros por el cambio de clima, la lluvia era tan normal que ni siquiera me asusté por las turbulencias del avión. De vez en cuando un rayo pasaba cerca de nosotros y daba un poco de lucidez a mi depresión. Finalmente el piloto se dirigió a los pasajeros y anunció nuestra llegada –en varios idiomas fácilmente comprensibles− a la ciudad del amor, París, dónde me esperaba el mío.

Hacía tres años que no veía a Jacques pero recordaba perfectamente cada rasgo de su persona como si estuviese a mi lado: bucles castaños, ojos azules, rostro afable, nariz redonda, la perilla que tanto me gustaba, delgado, un metro ochenta y un centímetros, cariñoso, atento y un gran fotógrafo. Todo aquello impregnado en el reverso de mis párpados… Sólo con pensar en él y mi corazón se aceleraba, haciéndome parecer una colegiala.
Nos conocimos cuando estudiaba en “La Sorbona”. Él comenzó a hacerme fotos sin permiso, dándome la excusa de que le parecía más hermosa que los ángeles pero, aun así, mi mano acabó marcada en su cara. Así era yo. No soportaba las groserías francesas. Pero, para colmo, días después una amiga de clase me convenció para hacer una cita grupal porque “necesitaba conocer chicos y relajarme”.
Habíamos quedado para cenar en los barcos parisinos y, en cuanto me senté, vi que lo tenía en frente, se rió de mi cara de pasmo pero comenzamos a hablar y… Bueno… ya se sabe: “La vida es como una ruleta rusa”.
Mi ensimismamiento se rompió al ver la señal de “¡ponte el cinturón!” y los nervios de la llegada acudieron a mí como una corriente eléctrica que agudizaba todos mis sentidos, me daba calor y tensaba mi cuerpo hasta puntos extremos… aunque talvez estaba siendo exagerada. Sólo con pensar en mi nueva vida el corazón se me aceleraba y, con cada contracción, se me encogía más y más, quedándose en una golosina sin azúcar que pronto, con los días, se quedaría sin sabor.
Miré el anillo de oro cuadrado con un brillante que en esos momentos presionaba mi dedo y cortaba la circulación de mi sangre O+ y una infinidad de sentimientos angustiosos se me echaron encima. No sabía si reír o llorar pero mi libertad de movimientos mundiales iba a acabar y una vida tranquila y sosegada se imponía ante mí. Tenía miedo.

El aeropuerto de París era un caos de carteles, gente, maletas y encuentros emotivos pero yo sólo buscaba una cara con mis ojos empañados por las inminentes lágrimas de caballo que retenía. Una cara que no se sorprendiera de verme llorar y pensara que el motivo no era otro que el reencuentro, aunque así había de ser. Al igual que no debería estar sintiendo al maldito enanito de las angustias pegado a mis espaldas, hundiéndome.
Con las maletas a cuestas, estaba intentando aislar los sonidos con mi mente para estar atenta a que me llamasen cuando mi cuerpo reaccionó, virando a la izquierda –pues me sentía como una gran transatlántico de lo cargada–, instantáneamente al oír el sonido de mi nombre en los labios de mi prometido, que me saludaba levantando su brazo izquierdo con una sonrisa ya que en la mano derecha llevaba un paraguas negro para dos. Este vestía la americana marrón que le había mandado por Navidad y unos de los tejanos de los que tanto le gustaban. Me dirigí con demasiada prisa a su encuentro y entonces el suelo mojado y resbaladizo me jugó una mala pasada, haciéndome caer de bruces. Por suerte, mi caballero andante evitó mi caída con una felicidad en el rostro que inundaba el ambiente en torno a nosotros, haciendo gruñir al enanito. Nos abrazamos fuertemente sin mediar palabra y noté su calor, que realmente no recordaba de aquella forma. Algo en mi interior me decía que algo iba mal porque noté en su olor algo diferente, casi imperceptible.
Simplemente comencé a temblar, haciendo que mi pulsera favorita tintineara débilmente. Esta pulsera me ha acompañado desde donde me alcanza la memoria, aunque lo único que tiene de especial es el colgante, una campanita de plata que tintinea como un cascabel con el movimiento de mi muñeca.
             ¿Tienes frío, Bell? -demandó Jacques con su suave y gruesa voz en francés (el único idioma que hablaba), separándonos ligeramente para verme la cara sollozante y suplicante- ¡Estás temblando! –se preocupó/rió. Sus formas ahora eran extrañas para mí
             No, estoy… - quise contestarle pero en ese momento vi su americana- ¡Mierda! –voceé, aunque el bullicio en derredor acalló el eco.
             ¡¿Qué ocurre?! -se asustó, examinándome cuidadosamente y buscando el posible daño en mí. Era tan protector conmigo como siempre, pareciéndose así a un caballero andante como los de las novelas, faltándole únicamente el caballo blanco y las medias.
             Nada, pero mira tu americana -sollocé, enrabiada conmigo misma. La americana estaba toda mojada por mis lágrimas.
             No pasa nada, tranquila -me dijo con una sonrisa consoladora que calmó mis nervios por completo. Muy típico de mi Jacques.- “¿Dónde quiere que la lleve, mademoiselle Le Blanche?” -se burló, de forma irónica. Reí, dejando por completo de llorar. Ahora estaba en casa, no tenía por qué temer al compromiso… Aunque, de todas formas, ya no había marcha atrás.
             “Por favor, lléveme a mi nuevo piso, monsieur Le Blanche.” -le seguí el juego, acompañándome de una sonrisa burlona.

Mi nuevo piso era un ático equivalente a un onceavo que estaba más o menos en la “Avenue Victoria” del 4º Distrito, cerca de la catedral de Notre Dame. Era más pequeño que un piso normal pero tenía una habitación y el suelo era de mármol negro en toda la casa. Todas las paredes eran de color rojo melocotón, con carpintería de aluminio carmesí y, por un plus, habían hecho una capa de absorbe-polvo en toda la casa, muebles incluidos.

Nada más entrar estaba el salón-comedor y la cocina americana. A mi derecha quedaba el frigorífico de color rojo fuego -como el resto de electrodomésticos- seguido de la vitrocerámica con el horno debajo, la pila y la encimera de mármol negro que consistía en la esquina de la derecha, un trozo que seguía la pared y otro tramo que dividía la cocina del comedor. En la parte inferior de la encimera había numerosos cajones y armarios de madera gris, un lavavajillas y una lavadora/secadora -un invento realmente práctico y económico que ya tenía por la mano. Sobre el mármol tenía el microondas y la cocina inteligente y, en la pared, diversos armarios grises con los alimentos, que pronto compraría, y la vajilla, toda cuadrada: los platos eran de vidrio negro los planos y los pequeños y vidrio gris los hondos; los vasos eran cuadrados y de vidrio negro; las tazas eran de vidrio gris; y toda la cubertería era de acero inoxidable de color rojo. La vajilla era regalo de mis padres y una antigualla, así que de momento usaría los platos reciclables del supermercado.
   Saliendo de la cocina, el comedor consistía en una mesa rectangular de madera gris en las patas y negra arriba (pegada a la pared de forma paralela a la barra de la cocina) con cinco sillas a juego y cinco mantelitos de tablillas rojas. Y el resto del gran espacio que ocupaba el salón tenía solamente un sofá de cuero negro para cuatro personas con cojines rojos en forma de corazón pegado a la pared de la derecha y, frente a él y pegado a la pared de la izquierda, un enorme mueble de madera gris y negra dónde guardaba la pantalla multifunción (TV, climatizador, calendario, etc.) de cuarenta y dos pulgadas, que tardaría una eternidad en configurar a mi gusto, y el equipo de música (siempre me ha gustado tener uno de verdad en vez de una aplicación), el resto del mueble tenía que llenarlo con mis CDs y mis numerosos libros de mano. Suerte que los cristales protectores estaban instalados.
   Al fondo del salón-comedor había un enorme ventanal con preciosas vistas a la catedral que tenía acceso a un pequeño balcón que pronto llenaría de plantas de menta, mis plantas favoritas.
   Siguiendo la pared de la izquierda desde la entrada, había un guardarropa de puerta roja donde seguramente guardaría el robot de limpieza que debía comprar. La siguiente puerta, negra, daba al baño y, antes de llegar al mueble con estanterías,  había una puerta gris que llevaba a mi cuarto.
   En proporción al resto del piso, el baño era bastante grande. A la derecha, al fondo y metida en la pared, estaba la bañera negra (en la que cabía estirada perfectamente) con una pequeña estantería de plástico gris para poner la esponja, el champú, el acondicionador y el gel de ducha a la altura de la mano (realmente gastaba mucho dinero en productos que oliesen a menta, era una menta andante). A la izquierda tenía el lavamanos negro con un armario encima para mis cosas con un espejo en la puerta y, frente a la bañera, el WC, también negro. Las paredes del baño eran de tejas rojas con un dibujo de rombos a líneas negras que se formaba en cada grupo de cuatro.
   Finalmente, mi cuarto. A la izquierda tenía el armario de dos puertas correderas de espejo empotrado (que pronto llenaría), seguido de mi escritorio, que hacía esquina, con sus cajones ya repletos de material y diccionarios de múltiples idiomas (quien sabe, talvez algún día los utilice). Sobre él, mi ordenador de última generación y la impresora multifunción (con sus “tablets” vírgenes a un lado). Jacques ya había traído mi sillón con ruedas de cuero negro y respaldo vibratorio.
   A mi derecha tenía una enorme estantería que debía llenar con los montones de “t-books” (tablet books) de la universidad y otros manuales. Quizá también pusiera allí mis libros favoritos en sus versiones sin papel.
   Frente la estantería, mi cama de 2x2 haciendo esquina. Jacques me había ayudado a comprar sábanas que quedasen bien con la casa, rojas con un bordado negro muy peculiar, como tallos de rosas sin flores (me gustaban tanto que había comprado cinco iguales por si acaso). En la pared de la derecha había una ventana con las mismas vistas que el comedor a la que también le faltaban las cortinas, un pequeño detalle que había pasado por alto. No me agradaba la idea de que algún vecino me viera desnuda.
   En conclusión: el piso era maravilloso. Lo había elegido un mes antes por la red y Jacques había estado preparándolo. Únicamente quedaba instalarme.

Como en el ático no había nada, decidimos comer en un restaurante cercano que hacía esquina con la “Rue du Renard”, era un italiano dónde la lasaña estaba de muerte, casi no pude acabármela pero necesitaba energías. Mientras comíamos, Jacques me contó lo que había hecho durante los últimos tres años y no me había podido escribir y, como yo ya se lo había contado todo por e-mail, me callé, escuchándole atentamente. Incluso se podría hacer un libro de viajes con mis mensajes y fotos.
             ¿Así que tres años fotografiando modelos? –medité en voz alta mientras el camarero recogía nuestros platos.- Habrás conocido mujeres muy guapas, ¿no? –me entristecí, un poco, sin poder dejar de desconfiar un poco en él. Ojalá hubiese tenido un polígrafo mental.
             Bell… -dijo en su tono calmante mientras asía mi mano esposada con las suyas, cálidas y protectoras, y clavaba sus ojos, de aura amarillenta entonces, en los míos. Y no pude más que sonrojarme. Sin duda él sabía cómo hacerlo.
   Aquel día tenía dos cosas muy claras: Jacques había cambiado, convirtiéndose en un hombre más maduro y atrayente; y yo no podía evitar sentir como la golosina insípida de mi pecho se inflaba con el amor, latiendo fuertemente y manteniendo mis mejillas encendidas. Pero el enanito gruñón seguía picándome en los hombros, pretendiendo que echase una ojeada a la realidad. ¡Qué pesado!
   Pero, simplemente, le di un manotazo y miré, con ojitos de enamorada, a mi prometido, que seguía observándome, admirándome por entero a través de mis pupilas. Y no pude más que besarle tiernamente, inclinándonos ambos sobre la mesa para fundirnos en un dulce y meloso, frutal beso que me agarró el corazón, sintiendo como se me henchía tras las costillas.

En fin, por la tarde, nos dedicamos a instalarme e ir de compras para llenar los armarios de la cocina. Yo esperaba mantener la casa tal y como el primer día pero me sería difícil.
    Mientras desempaquetábamos, Jacques recibió una llamada:
             Lo siento. Esta noche no puedo, saldré con mi novia… Sí, lo sé… Lo haré esta noche… Adiós. -Era realmente extraño pero me pareció la voz de una mujer, no sé. Talvez estaba un poco trastornada por los numerosos cambios horarios así que lo dejé estar, centrándome en ordenar mis libros en la estantería de mi cuarto.
   Pero, por sorpresa para mí, Jacques no me comentó nada de la llamada, como si no la hubiese respondido. Y yo comenzaba a cabrearme sola con mis paranoias cuando, a las ocho de la tarde…
             Bell, ¿te apetece salir esta noche? Conozco un buen local –me comentó, abrazándome por la espalda. Yo le miré con curiosidad. No éramos de las parejas que salían un lunes ya que solíamos ir a pasear o a cenar cuando no llovía pero normalmente nos quedábamos en mi casa viendo películas. Él sabía bien que no toleraba el alcohol y que la música “tecno” me taladraba el cerebro y hacía que me doliese la cabeza. Siempre he sido un poco retro, ya sabéis. Prefiero la música del siglo pasado, cuando  volvieron los clásicos como Mozart, Vivaldi, Grieg,…
             Claro… -le mentí, no me apetecía enfadarme con él tras tanto tiempo.- ¿Dónde está?
             Está en el “Boulevard S. Germain”, frente el “Musee de Cluny”. No está muy concurrido pero tienen buena música. -Me preguntaba a qué se refería con lo de “buena música” pero, otra vez, me callé.
             De acuerdo, me daré una ducha y me vestiré, no tardaré mucho –fingí sonreírle, besándolo.
   «Voy a tardar tanto que se te quitarán las ganas de ir», pensé, llena de ira. No quería enfadarme con él pero parecía dispuesto a conseguir cabrearme.
   Mi mente conspiraba con un posible cambio de personalidad o talvez en que los extraterrestres me lo habían cambiado por uno de ellos. Aun así, el baño consiguió calmarme pues el sonido del agua era relajante y estaba tan caliente que se me adormeció el cuerpo al contacto de sus caricias. La corriente pasaba entre mis cabellos y seguía las curvas de mis senos, perdiéndose camino a mi ombligo o redondeando mis muslos para luego caer en picado por mis piernas hasta desaparecer por el desagüe… Me parecía increíble que algo tan vano como una ducha hiciese desaparecer todas mis preocupaciones, despejando mi mente y apaciguando la tormenta que ajetreaba mis ideas.
   Cuando me coloqué el albornoz para salir, me dí cuenta de que me había creado un pequeño Londres en el cuarto de baño. Casi no podía verme en el espejo así que cogí el peine y comencé a desenredar mi cabello rubio platino con pericia para que quedase liso hacia atrás, cosa que no me llevó mucho tiempo. Y luego sequé con suavidad mi piel nívea, ahora rosada por el calor, con una toalla que seguidamente usé para secar un poco más mi cabellera.
   Me encajé en un vestido negro largo hasta las rodillas, -de mangas largas acabadas en punta sobre las manos y escote en V desde los hombros hasta el punto central entre pecho y pecho, obligándome a no llevar sujetador-, unas medias bronceadas para parar el frío y los zapatos negros de charol con tacón de aguja de cinco centímetros. Todo junto con un poco de rimel para resaltar mis ojos verdes y pintalabios carmesí hacían que pareciese una vampiresa con olor a menta… Como las de los libros de mi autor favorito, Gabriel De Noir.

Salí del baño cuando eran casi las nueve esperando que Jacques me diese su opinión, es decir, que me alabase como tres años atrás. Pero se limitó a mirarme unos segundos y decir «Estás bien.», aunque casi lo dijo en un gruñido. Como si tuviese prisa por irse de mi casa y apartarse de mí, sumiéndose en el frescor de la noche. Aquella noche de luna llena que iluminaba las calles tan típicas del París cinematográfico.

Hice bien en ponerme la chaqueta de cuero -tres cuartos con tres botones hasta la cadera y cinturón ancho en la cintura- ya que hacía mucho frío. Demasiado para mi gusto. Tenía las manos heladas, así que le di la mano a Jacques, que parecía estar pensando en sus cosas, ya sabéis, en otro mundo. Poseía un semblante ausente y no me gustaba esa sensación de lejanía que transmitía.
             Jacques… -llamé su atención, preocupada. Y me miró, aún con el rostro ausente.- Te quiero -le sonreí, recordándoselo con los ojos un poco llorosos, creo, y la voz temblorosa. Necesitaba que me mirara, que me recordase, que sus ojos fuesen igual que antes. Mi interior pedía a gritos que me correspondiese con una muestra de amor sincero o acabaría en un templo budista del Nepal para huir del matrimonio. Deseaba más que nada en el mundo estar segura de que me quería para dar aquel paso al que tanto temía, o me pondría histérica.- Te amo más que a mi vida –susurré, suplicante y desesperada, con miedo al rechazo.
             Y yo –dijo, sonriendo, antes de besarme fugazmente. Fue un beso caliente pero sin sentimientos. Mas no podía retraérselo o se daría cuenta de que desconfiaba de él y su fidelidad.

Pronto llegamos al boulevard, una calle realmente larga dónde había restaurantes y varios locales de ocio en los que uno podía conocer gente.
   Pasamos cerca de un restaurante chino, un “fast food”algún que otro “pub”, salas de baile y de juegos,… y llegamos frente a un local con el que me quedé maravillada.
   Un bar del que salía una relajante música chill-outla ambientación y las copas que llevaba la gente eran exóticas -estoy segura de que no había alcohol en la mayoría de ellas-, para mí, fascinantes.
   Aunque pronto se derrumbaron mis ilusiones cuando Jacques me condujo a un oscuro y húmedo callejón, el cual llevaba a unas escaleras hacia el subsuelo y una puerta de la que salía una música realmente estridente, “electro”Sólo con pensar en el alto volumen y el bullicio la cabeza me comenzó a doler, como si me estrujasen el cerebro.
   Estuve a punto de decirle que nos fuésemos pero parecía tan contento que me callé, concentrándome en relajarme y dejar que aquella “música” dejase en coma mis neuronas, convirtiendo mi materia gris en puré.
   Él bajó las escaleras con tres saltos, abriendo la puerta y manteniéndola de forma que pasara yo antes. Yo, mirándole a los ojos, pensé que mi Jacques sabría perfectamente que odiaba esa música, y no pude más que indignarme. Talvez me estaba gastando una broma de mal gusto o no era mi Jacques. No obstante, estaba segura de que en los tres años que habían pasado había ocurrido algo que desconocía y quería averiguarlo porque había una pregunta que me carcomía por dentro: ¿Por qué está pasando esto?
   Aun con todas mis dudas, bajé las irregulares y mojadas escaleras con cuidado para no caerme, adentrándome en el bullicio y mirando a Jacques de forma que supiese que estaba en desacuerdo con entrar en aquel lugar ya que sé que no soy una señorita pero odio esa música… la odiaba de verdad.
   Ya dentro, me sorprendí al ver que aún había otras escaleras para bajar a una pista circular, que estaba llena a rebosar de elementos cárnicos móviles y luces de colores hechas con focos y láseres. La música era ensordecedora y hacía vibrar mi cuerpo. No quise imaginar cómo sería estar en medio de la pista, y sentí un escalofrío. No sé si mi novio sabía lo que decía cuando afirmó que no estaba muy concurrido o si no sabía contar porque el aforo sería de unas cien personas y, por lo menos, habría más del doble, convirtiendo aquella escena en algo casi imposible.
   Mientras bajábamos las escaleras –obligada a ir con las manos tapándome los oídos-, la gente me hacía rebotar de un lado para otro, como si no me hubieran visto. Y me apoyé en Jacques para evitar caerme pero él ni siquiera me preguntó si estaba bien, haciendo que cada vez me sintiese más desencajada, sacada de mi caja y arrojada con otras piezas de aquel puzle, tan distinto al mío.
   Cada vez estaba más cabreada y el calor me empezaba a agobiar, haciendo que desease sentarme y tomar algo sin alcohol bien frío y con hielo. Era increíble el cambio de fuera a dentro y, para mi sorpresa, el enano gruñón volvió a pegarse a mi hombro.
   Ya en la pista, intenté seguir a Jacques, que se movía con total libertad entre la humanidad danzante. Pero yo me iba quedando cada vez más atrás. Casi parecía que la gente me lo hacía a posta, eso de ponerse entre él y yo.
   Entonces choqué con un muro de carne móvil y lo perdí finalmente de vista. Intenté llamarle pero la música acallaba mis palabras. Y me di por vencida, quedándome sola ante el enemigo sonoro.
   Probé volver hacia las escaleras pero otro muro me impedía el paso, estaba atrapada. Comencé a odiar el lugar en silencio cuando reparé en el círculo que se había hecho en mi contorno. Estaba en medio de la pista.
   Entonces, empecé a notar miradas fijas en mí, que me atravesaban y sonreían de forma burlona. Sentía escalofríos pero los bajos, que inundaban mi pecho, obligaban a mi corazón a ir a un ritmo rápido e irregular, que comenzaba a agobiarme. Además, la música estaba tan alta que mi cuerpo se movía por inercia, haciéndome vibrar.
   Sentía el pánico en mí pero la música no dejaba que me moviese, hacía que mi cuerpo se agitase a su ritmo y me taladraba el seso de tal forma que tuve que taparme los oídos, de nuevo, pero esta vez oprimiéndome la cabeza el doble, casi haciéndome daño. Aun así, las miradas seguían allí así que también cerré los ojos con toda mi fuerza.
   Intentaba dejar de notar las vibraciones de la música en mi pecho cuando una mano tocó mi hombro, haciendo que me sobresaltase y girase para encarar a la persona que lo había hecho: Jacques, que sonreía de forma radiante. Parecía divertido con mi estado.
   No había reparado en ello hasta el momento pero yo estaba llorando y temblando, casi encogida y semi-agazapada en el suelo de la pista, como un gatito.
        ¡¿Estas bien, Bell?! -preguntó a voz de grito para hacerse oír sobre la música y cambiando su cara a una de preocupación mientras me ayudaba a ponerme en pie.- ¡Te he estado buscando! –me aclaró, acercando mi oído a sus labios como una muñeca ligera como el viento.
        L-lo siento, es que no me puedo mover bien en este lugar -confesé a modo de excusa en una voz casi inaudible que dudé que escuchara. Sin saber cómo, había comenzado a temblar de forma involuntaria, sintiendo miedo por su fuerza.- ¡Hay demasiada gente! –concluí, sacando la voz del fondo de mi garganta y poniéndome de puntillas para acercarme a su oreja. Sentí entonces un arrebatador aroma varonil que me hacía arder por dentro.
        ¡Tranquila! -me consoló mientras me abrazaba y besaba fuertemente, casi haciéndome daño. Me pareció realmente extraño que oyese mi justificación.- ¡Soy consciente de que no estás acostumbrada a estos sitios! ¡Toma! –me ordenó, entregándome una bebida rojiza y espesa en vaso de plástico que llevaba en una mano.
        ¡¡No bebo alcohol!! -dije, enfatizando cada palabra, mientras intentaba devolverle la copa. Mientras tanto, por dentro luchaba contra aquella quemazón que me invadía todo el vientre y no podía hacer desaparecer.
        ¡No te preocupes! -contradijo, retornando el vaso a mi mano casi a la fuerza.- ¡Es la bebida menos alcohólica del local! –sonrió bobaliconamente, con una mirada altamente persuasiva.
        Sopesé las consecuencias de tomarme aquel sospechoso brebaje: vómitos, mareos, posibles alergias,… ¿Pero qué más daba? Confiaba en mi Jacques por encima de mi instinto.
        ¡Vale! -me rendí, mirando el vaso con un poco de asco. Para ser franca, soy de las personas que, si algo no me entra por la vista, no me entra por la boca. Soy muy desconfiada y, para ser sincera, poca gente tiene mi confianza plena: una era Jacques.
        ¡Bien! –se alegró, con una sonrisa triunfal, colocando una de sus manos sobre mi cabeza a lo «buena chica». Y no pude más que sentirme ofendida mientras me besaba en la frente lentamente, dejándome sentir todo su calor- ¡Espera aquí, voy a buscarme algo! -voceó en mi oído antes de alejarse entre la multitud.
   Suspiré de abandono, allí, en medio de la pista, mientras mi cuerpo volvía a vibrar al son de la “música”. Jacques se había ido, sí, pero sentía que estaba a mi lado o, por lo menos, su atractivo olor y dos quemazones que se habían quedado en mí: el que había provocado su beso en mi frente, el cual tocaba yo con los dedos, pensativa; y el que seguía en mi vientre, provocado por mis ansias y descubierto en el lugar más recóndito de mi mente, el cual no había visitado antes. Y una sola palabra revoloteaba alrededor de mi cabeza: Traición. Casi parecía que la llevaba gravada a fuego en la frente y me sentía avergonzada. ¿Por qué ahora no podía confiar ciegamente en Jacques, mi prometido? Él era el amor de mi vida, ¿no? Por eso nos íbamos a casar… ¿verdad?
   Dubitativa, me quedé allí parada, fuera de lugar. Iba demasiado arreglada como para intentar bailar aquello así que eché un vistazo en derredor. Ya no había miradas intimidantes. Parecía como si ahora fuese parte de la pista, invisible.
   Miré el bebedizo, que vibraba al son de la música, y me dio rabia que tuviera más ritmo que yo. Y por eso me lo bebí de un trago, notando como se incendiaba toda mi garganta hasta llegar a la boca del estómago.
   Gimoteé de dolor y todo comenzó a dar vueltas, haciendo que me marease y perdiese el equilibrio. Pero unas manos me cogieron a tiempo por la espalda.
   Repentinamente, boté: el mareo se me había pasado de golpe. ¡¿Aquella persona estaba helada o yo estaba muy acalorada?! No tengo la respuesta pero al girarme vi al hombre más perfecto y atractivo que haya existido jamás:
   Tenía los ojos penetrantes y sátiros, del color de la hierba mojada, de piel albina -más que la mía-, cara angulada, varonil, nariz recta, pulcramente afeitado, cabello negro azabache, brillante, con flequillo hacia un lado y largo hasta los hombros -lo llevaba un poco despeinado pero le quedaba divino-.
             ¡¿Está bien, mademoiselle?! -me preguntó él, que taché de treintañero, con una voz realmente sensual e incitante.- ¡¿Mademoiselle?!
             ¡¿S-sí?! -No me había fijado en que me lo había quedado mirando, embobada. Fue un fallo muy grande y le doy las culpas al alcohol.
             ¡¿Está bien?! –se preocupó, moviendo sus apetecibles y sensuales labios, que aceleraban mi pulso.
   Advertí entonces que era más alto que Jacques -supuse que un metro noventa y pico-, ancho de espaldas y, bajo la larga chaqueta entera de cuero negro, me habría apostado cualquier cosa a que escondía el cuerpo de un dios. Era un Adonis de negro.
             ¡Sí, gracias! -respondí, tomando el control de mí misma.- ¡Sólo estoy un poco mareada!
             ¡Me alegro! -Tenía una sonrisa encantadora. Aquel hombre me parecía tan atractivo que, si me lo hubiese pedido, me habría ido con él, dejando a Jacques, por muy cruel que suene.
             ¡Soy Bellatrix Mallet! ¡Encantada! -me presenté, entregándole mi mano como saludo amistoso.- ¡Puedes llamarme Bell!
             ¡Igualmente! -sonrió. Por un momento me había parecido que la cara se le desencajaba del horror y los ojos se le desorbitaban pero fue tan fugaz que lo dejé estar. Serían alucinaciones provocadas por la sangre acumulándose en mis órganos sensitivos.- ¡Yo soy Louis Foster! -dijo mientras tomaba mi mano con delicadeza y besaba suavemente el dorso. Me miraba fijamente con sus ojos, sonriendo.- ¡Puedes llamarme Louis! -Me estaba poniendo más colorada por momentos. Pronto comenzaría a abanicarme con una mano, riendo de forma nerviosa y sufriendo taquicardias.
   Louis me propuso ir a sentarnos a la barra para que yo descansara del mareo y le dije que sí. Me sentía como si no pudiese retraerle nada. Nada de nada. Casi me sentía como una anciana emparejada con un jovencito que la cuida y vive de su dinero. Parecía una inútil de verdad.
   Me dejé llevar por él entre la muchedumbre, asombrándome de la facilidad con la que nos movíamos y lo delicada pero fuertemente que me sostenía la mano, sin dejar que nos separasen. No podía dejar de mirarle, como si lo tuviera impreso en la retina, como si estuviese hipnotizada, como si, al dejar de mirarle, fuera a desaparecer. Extrañamente, con cada torpe paso que daba, mi corazón latía más deprisa, talvez de miedo, talvez de pasión. Louis me hacía sentir como si estuviera en una nube, rodeada de encantamientos.
   Como por arte de magia, en el extremo izquierdo de la barra había dos taburetes vacíos, esperándonos. Louis me invitó a sentarme -como caballero inglés que era- antes que él, apartando el taburete de la derecha y, tras sentarme yo, poniéndolo en su sitio con una facilidad espeluznante. Vale que estoy delgada pero no tanto, creo.
             Eres inglés, ¿no? -le cuestioné en mi lengua natal. En la barra se podía hablar en un tono moderado ya que la música era menos fuerte allí. Aquello fue todo un alivio para mi persona pero los oídos me pitaban un poquito, no demasiado.
             ¿Tanto se me nota? –preguntó, con tono de evidencia, antes de sentarse a mi izquierda, ponía su codo izquierdo en la barra y apoyaba la cara en su mano. Me miró fijamente, de nuevo, con aquella mirada sátira que había advertido en él antes, que me desnudaba, quitándome capas y capas hasta ver mi alma.
             Cabía la posibilidad de que tus padres fuesen ingleses pero tú hubieras nacido aquí -le repliqué. No aguantaba que me discutiesen o me tratasen de tonta, como estaba haciendo él de un modo descarado.
             Ahí te doy la razón -me sonrió. Daba gusto hablar inglés y su acento era perfecto. Delicioso.
   Cogí el vaso de agua con hielo que había aparecido frente a mí y tomé un trago, bastante largo, que calmó el ardor de mi faringe. Seguidamente miré de reojo a Louis, que seguía observándome, y no supe si dejar el vaso o no porque no sabía como entablar conversación con él. No se me ocurría nada inteligente que decir y estaba segura de que, si abría la boca, metería la pata. Ya había gastado toda mi buena fortuna encontrándome con tan maravilloso espécimen. Pero, para mi suerte, fue él quien comenzó a hablar de un tema que desconocía todo aquel que no fuese familiar mío o Jacques.
             ¿Puedo saber qué hace una chica como tu en un sitio como este? Y que quede claro que te pregunto por tu estancia en París –preguntó, con interés, mientras cogía un vaso con un líquido rojo, semblante al de la copa que me había dado Jacques, y comenzaba a beber.
   Decidí decir la verdad llana y claramente sin mentiras.
             Pronto me voy a casar.
   El pobre se atragantó y me supo mal dar por terminada la posible amistad entre nosotros. Lo había ahuyentado con paños más helados que su piel. Una mujer casada difícilmente es interesante y no me habría extrañado que se hubiese levantado e ido en aquel preciso momento.
   Entonces, él me sorprendió agradablemente:
             ¿Tan joven? –carraspeó. Dejó el vaso en la barra, aún con la voz áspera y me sentí culpable, de nuevo, por haber estropeado aquella voz tan bonita.- ¿Es un matrimonio concertado o algo así? –dudó, incrédulo.
             ¡No, en absoluto! -me defendí, alzando un poco mi voz y casi levantándome de mi asiento.
   Avergonzada por mi comportamiento, desvié mis ojos de su sorprendida mirada y miré en lo profundo del vaso, en el agua, buscando algo sin saber qué. No quería volver a mirarle a los ojos. Tenía la sensación de que podía leer mi corazón con esos iris verde menta.
             Mi novio me lo pidió y…  -Volví a mirarle a los ojos, un tanto preocupada- ¿Podrías hacerme el favor de no decirle esto a nadie? –casi lloré. Me sentía vulnerable en eso momentos, y lo odiaba.
             Por supuesto -tornó a sonreírme. Era demasiado bueno para ser real. Y yo volví a mirar el vaso, esta vez con vergüenza, mientras daba vueltas a la campanita de mi pulsera sin que hiciese ruido.
             En realidad le dije que sí por miedo a perderle. -Toqueteé nerviosamente el anillo también.- Yo no quiero casarme aún pero estoy contenta de que la boda sea dentro de unos meses, así tendré tiempo de controlar mi miedo.
             Eres una chica muy buena, -me sonrió dulcemente, colocando su mano derecha en mi rostro- y muy guapa. -Esta vez hablaba en tono divertido, consolándome. Qué exagerado. Él se reía mostrándome unos dientes blancos y perfectos, seguramente fríos como la nieve.- Tu novio tiene mucha suerte.
             Yo también -reí, mirándole a los ojos. Me había contagiado su divertimiento.
   Silencio. Extrañamente no me incomodaba estar en silencio con él, me sentía como en casa, tranquila y relajada. Cada uno con su mirada en el vaso y dándole vueltas a la cabeza, como dos desconocidos solitarios.
             ¿Vas a trabajar o a ser ama de casa? –preguntó de repente. Parecía interesado en mi vida.
   Cuando lo miré, estaba dándole vueltas al hielo de su copa vacía, a la altura de su cara y con mirada aburrida, distraída. Me habría gustado saber en qué pensaba en aquellos momentos.
   En un intento de despertar su atención, presumí de mi trabajo, mirando mi vaso como si no fuese nada importante.
             Voy a trabajar en la editorial Nôtre-Dame como traductora oficial de Gabriel De Noir –solté rápidamente, como lanzándoselo a la cara. Entonces dejé de oír el ruido del hielito rodando y, cuando le miré, vi que tenía los ojos desorbitados, clavado en el sitio.- ¿Ocurre algo? -me preocupé, frunciendo el ceño.
             N-no –negó, y sacudió la cabeza ligeramente, girándose más hacia mí.- Simplemente me ha sorprendido –se ilusionó.- Soy un gran fan de monsieur De Noir y me parece increíble que vayas ha ser su traductora –decía, gesticulando exageradamente.
             ¿De verdad? -me alegré. Fue una grata sorpresa averiguar que teníamos algo en común: ser amantes de la literatura de Gabriel De Noir.
             Sí. Me encantan sus novelas. Son tan fantásticas e irreales que te hacen soñar, ¿verdad? –Parecía gustarle de verdad el tema.
             Discrepo. Yo prefiero sus personajes. Tan reales, tan sentidos, tan bien tratados psicológicamente que parecen personas reales. Casi parece que todo eso lo haya vivido pero que esté camuflado en un ambiente artificioso y arcaico.
   Se hizo el silencio de nuevo. Me había exaltado demasiado. Mierda.
   Miré a Louis y vi que se había quedado de piedra, con la boca abierta.
             Vaya… -alucinó.- ¿En serio? –volvió al mundo real.- creo que supones mucho.
             Lo dudo.
             ¿Por? –se extrañó.
             No sé. –Medité unos momentos, sin mirar a mi acompañante.- Supongo que lo noto en sus palabras… Ese sentimiento de añoranza, de tristeza. Puedo ver que él se siente culpable por todo… Todo –dije, bajando el tono de mi voz hasta acabar en un susurro.
             Bell… -musitó, y puso una de sus manos sobre las mías, moviendo la campanita y haciéndola tintinear.
             ¿Sabes qué le diría a Fray Louis? –solté, mirándole duramente.- Que se deje de tonterías.
             ¿Qué? –se extrañó él, y apartó su mano, como si se sintiese ofendido.
             Lo que te digo –reafirmé.- Que se deje de tonterías. –Pero él no parecía entender lo que yo pretendía decir.- Alguien tan humano como él, que lo siente todo con el corazón, muy profundamente, es imposible que no tenga alma. ¿Por qué cree que es malvado cuando ayuda a la gente? ¿Por qué se siente culpable de todo cuando lo que tiene es mala suerte? ¿Por qué no quiere ir a buscar a Sophie cuando la ama tanto? –confesé, y una lágrima recorrió mi mejilla. Me avergoncé de mi comportamiento y giré la cara para esconderme.- Lo siento mucho –me disculpé, con las mejillas ardiendo. ¿Por qué siempre me exaltaba tanto hablando de un personaje?
   Sophie, para los que no lo sepan, es el amor platónico de Fray Louis. En el noveno libro, ellos fueron separados porque los vampiros y los licántropos no pueden estar juntos. Pero Louis, aun estando enamorado de ella profundamente, es incapaz de quebrantar las normas y desobedecer a su maestro para ir a buscarla. Y yo me pregunto por qué no lo hace cuando ya quebrantó las normas una vez para salvar a su mejor amigo, que era un licántropo igual que Sophie.
             Si te soy sincero, Bell -espetó él entonces, cambiando de tema y llamando mi atención- me parece una pena que ya estés comprometida. ¿Crees que puedo hacerle la competencia a tu novio? -dijo con tono insinuante mientras se me acercaba más a la cara. Sabía que sólo quería distraerme pero, aun así, aquello hizo que me abochornara.
             Creo que debo decirte que me pareces realmente atractivo pero… -Mi mente empezaba a bloquearse y pronto hablaría de forma totalmente incorrecta.
             ¿Pero? -se me acercó un poco más, inclinando la cabeza para acercar su oreja derecha a mis labios. Con ese acto provocó que sintiese su aroma, extrañamente ceniciento pero agradablemente a azahar.
             No se me ocurre nada -me reí de mi misma. Era tan vergonzoso que alguien me hubiese pillado así, con la guardia baja. Yo, que siempre tenía repuestas para todo, había caído en su juego.
   Louis también comenzó a reírse, satisfecho de haberme despojado de mi coherencia. Por una parte, mi lado racional y decente me decía que estaba haciendo mal porque sabía que Jacques me estaba buscando por la pista y que, si le seguía el juego a aquel desconocido, le acabaría siendo infiel, talvez. Por otra parte, mi yo irracional y libertino me decía que no era malo divertirse un poco. Al fin y al cabo, aún no estaba casada.
   Mi parte irracional ganó con un ochenta por ciento de razón así que, cuando Louis me invitó a bailar, dije que sí sin pensarlo dos veces, casi ansiosa. No nos fuimos muy lejos de la barra, por supuesto. Fue un detalle muy bonito, eso de ponernos en un lugar donde la música no me taladrara los tímpanos.
   Asió mi mano con pericia para hacerme voltear y colocó mi cuerpo frente al suyo. Mi espalda contra su pecho. Lo tenía tan cerca… Pero, igualmente, no pude sentir calor alguno procedente de él. Y eso me extrañó, pero hice caso omiso a mi mente, que me avisaba de que algo andaba mal, muy mal.
   Él me abrazó por la cintura con una mano mientras con la otra desabrochaba los botones de mi chaqueta por completo, dejando todo mi escote al descubierto. Siempre mantenía esa sonrisa pícara que me hacía temblar. Casi parecía aprisionar mis pupilas con sus dientes y sus iris verdes, tan insólitos y tan poco naturales de este mundo.
             ¿Sabes…? -comencé, casi riendo. Estábamos tan cerca que podía hablarle de forma normal, sin preocuparme por que no me oyese.- Odio el alcohol y esta música pero estoy tan bien aquí… -Mi cuerpo se dejaba llevar por el suyo, moviéndonos al ritmo de forma perfecta y elegante. No me lo podía creer.
             Vaya… -se medio rió.- y yo que creía que eras una experta bebedora cuando te he visto con la copa con más grados del local. Je.
   Me sentí traicionada de nuevo por Jacques. Y mi lado irracional ganó porcentaje con una bonita carambola. Debía hacerle pagar todas las traiciones de aquella noche, por duplicado. Me reí con ironía.
             ¿Sucede algo? –preguntó Louis entonces, curioso.
             No… -Dejé de pensar en Jacques por completo. Pero mi corazón lloraba, suplicando a gritos y desconsolado en contra de mi voluntad.- Nada -le sonreí, poniendo mis manos en las suyas. Eran tan gélidas que se me puso la piel de gallina, la de todo el cuerpo. No paraba de pensar en que Louis no era real. Casi podía asegurarlo por muy tangible que fuese.
   Cada vez sentía los labios de Louis más cerca de mi cuello, poniéndome la piel de gallina con su aliento helado y provocándome placer. Me sentía como en el cielo. Mi atención estaba abocada en él. No me importaba nada más. Mi lado racional me susurraba desde lo más profundo de mi mente pero ni siquiera escuché lo que decía… Ni siquiera lo recuerdo.
             Bell… -susurró. Mi nombre en sus labios sonaba de tal forma que hacía palpitar mi corazón.- Estás preciosa con este vestido. –Ya casi no podía respirar y mi corazón temblaba como un colibrí. Parecía a punto de salirme del pecho y echar a volar.
   Comencé a sentir el rozar de sus labios en mi cuello desnudo y no pude más que suspirar. Se me ponía la piel de gallina irracionalmente. No sabría decir si de frío o placer porque sentía ambas cosas al mismo tiempo. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él lo oía y sentía con los labios. Creía que el alma se me iba a salir por la boca de la excitación. Me mareaba. Las fuerzas me fallaban. Pero Louis me sostenía con sus brazos de hierro. Aun así, mi cuerpo temblaba. Mi instinto me decía algo pero era incapaz de descifrarlo. Decía algo como… ¿cuidado?
   Entonces noté como sus dientes, que parecían cuchillas dispuestas a rajar mi piel, acariciaban la base de mi cuello a la vez que mi cuerpo caía a su merced, como una muñeca. Suspendida en sus brazos, sólo podía ver los hipnotizantes ojos verdes que me miraban y se acercaban a mi cuello de nuevo, esta vez con la boca abierta, una sonrisa macabra y unos prominentes y relucientes colmillos en su interior. Mi corazón temblaba pero mi cuerpo no hacía nada. No me movía.
   Tenía los cinco sentidos colapsados, como si me hubiesen sumergido en agua y el tiempo se estuviese comenzando a detener: cada vez la música se oía más baja; la luz menos intensa; cada vez sentía los dientes de Louis rozar mi piel con más intensidad; el olor que había comenzado a sentir en él, un olor ceniciento y antiguo, se comenzaba a perder; el gusto del alcohol desaparecía; todo se movía más lentamente. Lo que era “yo”, se estaba quedando en nada. Incluso me podía sentir desaparecer.
   Comenzó a presionar más fuerte mi cuello entre sus dientes de acero. Sentía levemente el dolor, pensé en mover las manos y apartarlo de mí, pero me pesaban tanto como si fuesen de plomo y estuvieran encadenadas al suelo. Podía sentir en todo mi ser un hormigueo extraño que pensé que eran los resquicios del miedo pero que nunca supe realmente qué era. Recuerdo vagamente que, lo único que aumentaba de intensidad, era la presión que impedía mi cuerpo moverse.
   En el instante que sus dientes comenzaban a perforar la fina piel de mi cuello, se apartó de mí y me incorporó, agarrándome con tanta fuerza que sentía mis huesos crujir bajo sus manos. Eso conseguía mantenerme en pie y a su lado, en contra de mi voluntad.
   A duras penas enfoqué la vista en su rostro, antes de un ángel, ahora de un diablo. Tenía los ojos inyectados en sangre, sus pupilas eran las de un gato, y una sonrisa perversa y soberbia ocupaba todo su rostro en un semblante fanfarrón y orgulloso. Casi no podía leer sus expresiones pero me pareció que eran las de un ganador que había conseguido una buena presa. «La serpiente que abraza al ratón», pensé.
   Con fuerzas mil, miré en la misma dirección que lo hacía él y vi a Jacques, mi Jacques. Su cara mostraba la furia que sentía con tanta claridad que dolía. Advertí también que refrenaba sus impulsos apretando fuertemente sus puños y mordiendo su labio inferior hasta el punto de hacerlo sangrar.
             ¡¡Suéltala!! -Su grito resonó en la pista, cortante ¿Cuándo se había parado la música? Noté entonces que mis sentidos comenzaban a volver.- ¡Bell! ¡Ven aquí! -Me extendía los brazos pero yo estaba paralizada. No sentía para nada mi cuerpo. Era como una muñeca frágil y rompible.
             Vale… -rió Louis por lo bajo.- ¡Lo siento! -Se dirigía a Jacques- ¡No sabía que era tu presa! -Hablaba en tono de burla, de forma despectiva. Entonces pude ver que se había formado un círculo en torno a de nosotros. Aquella inmundicia esperaba una pelea llena de sangre y golpes traicioneros. Se les veía en los ojos.
             ¡No es mi presa! –gruñó mi prometido, acercándose a nosotros con gran rapidez y tirando de mi mano, liberándome así de la hipnosis.- ¡Es mi novia! -dijo, con un tono que no logré descifrar. Ni siquiera recuerdo su voz en sí, sólo las palabras, gravadas en mi cerebro.
   La gente se apartó de nuestro camino, decepcionada sin duda. Yo casi no podía seguir los pasos de mi prometido pero él me sostenía con gran fuerza y no me caí. Llegamos a las escaleras para salir a la calle. Ahora no había nadie para impedir el paso o empujar.
   Ya en la puerta, lancé la vista atrás antes de salir a la calle. Louis estaba como antes de comenzar a bailar, con los ojos verdes y sin colmillos pero, al cruzar nuestras miradas por última vez, vi una mezcla de prepotencia y contrariedad en él mientras lamía un líquido carmesí y espeso de su dedo índice -¿era sangre? ¿Mi sangre?- que parecía agradarle mucho.

Entre el mareo, que seguía levemente en mí, y el frío de la noche, me sentía desorientada hasta que llegamos frente a Notre Dame, a medio camino de mi piso. La catedral estaba bien conservada e iluminada por la Luna en un cielo despejado. Parecía una postal antigua, tan cerca y tan lejos a la vez. Como si se hubiese parado su tiempo.
   En ese momento, volvió a mí el miedo que hasta el momento había retenido dentro de mi corazón. Me flaquearon las piernas, caí de rodillas y me solté de la mano de Jacques. Mis hilos se habían partido. Ya nada sostenía aquella marioneta que era mi cuerpo.
             ¿Q-qué ha pasado? –susurré. La voz se me quebraba. Casi no podía articular palabra. Temblaba tanto mi cuerpo que sentía vibrar el suelo debajo de mí. Miré mi mano y reparé en que tenía un corte en ella que antes no estaba. Me preguntaba si me lo había hecho Louis y vi que mi novio tenía restos de mi sangre en su mano.- Jacques… -musité, hipando y sollozando, pero él se iba alejando cada vez más de mí.- ¡¡Jacques!! -desafiné, desesperada. Me levanté, tropezando, y corrí como pude hacia él, con las lágrimas resbalándome por la cara.
   Entonces vi, a la luz de la Luna, como mi novio se convertía en un monstruo de orejas caninas, con una cola que le llegaba a media pierna, la respiración profunda pero acelerada y garras en las manos. ¿Había crecido en segundos? Ahora medía casi un metro más, era el doble de ancho que antes y su musculatura hacía casi estallar la ropa ancha que llevaba. Sus venas, antes casi imperceptibles, parecían cobras bajo su piel, ahora oscurecida.
   Me detuve en seco a pocos pasos de él, que se mantenía de espaldas a mí. Sabía que pronto me desmayaría del horror y despertaría en mi nuevo piso, que Jacques estaría allí, criticando mi poco aguante. Lo que pasaba era seguramente un sueño de borracha. Es más, necesitaba creer que Louis no era real, que no me había intentado matar y, sobre todo, necesitaba confiar en que mi novio no era un monstruo de cuento de hadas, que Jacques no era lo que estaba pensando. Que no era un licántropo.
             ¿J-Jacques? -demandé, acercándomele lentamente.
   No estaba segura del todo de que fuese seguro pero quería cerciorarme de que aquella monstruosidad no era mi prometido y de que él estaba en otro lugar, buscándome desesperadamente y con el rostro ahogado de la preocupación. Todo mi ser pedía a gritos que todo aquello no fuese real, prefería morir en manos de un monstruo desconocido que en las manos de mi traidor y embustero novio, que me había escondido su verdadera naturaleza durante años.
   Aproximé mi mano izquierda a su brazo, con tanta lentitud que mi corazón tuvo tiempo de calmarse. La coloqué finalmente sin crear efecto alguno en él -estaba ardiendo-, pero quería mirarle a la cara. Aún tenía la esperanza de no ver a mi prometido en aquella cosa o, por lo menos, tener una explicación razonable de porqué no me lo había contado.
   Pero, en cuanto me acerqué un poco más, él se giró como un rayo y me agarró del pescuezo, elevándome hasta que mi cara quedó por encima de la suya. La Luna me iluminaba el semblante. Me apretaba el cuello sobremanera. La respiración se me cortaba. La sangre no me circulaba por la cabeza y se me quedaba acumulada en el cerebro de tal forma que me presionaba. Hacía tanta fuerza con aquella sola mano desconocida que, antes que ahogarme, iba a romperme el cuello.
   Grité su nombre como pude, mirándolo a los ojos. Unos ojos dorados, irreconocibles, como los de un lobo. Ahora tenía unas facciones más duras, como si en él se hubiesen desarrollado músculos inexistentes que hacían cambiar incluso su rostro a uno grotesco y demoníaco, más horrible que el de Louis. Su mandíbula se había convertido en algo que parecía un hocico sin llegar a serlo. Todo él estaba a medio camino entre hombre y bestia.
   Él reía, mostrando su enorme dentadura con colmillos desarrollados. Disfrutaba con aquello. Gozaba viéndome sufrir. Se complacía matándome de aquella forma tan cruel. Y eso me dolía mucho en el corazón, y en el cuello. Seguía pidiéndole clemencia pero sus orejas parecían no notar el más leve sonido aunque, a veces, cuando conseguía gritar mucho, se echaban hacia atrás en señal de molestia, irritadas. Pero eso sólo hacía que resoplase y que las venas de sus ojos convirtiesen el liso dorado en un rayado rojo intenso.
   Intenté zafarme de la prisión de su mano pero tenía demasiada fuerza, por mucho que me revolvía, era como comparar un niño desnutrido con un luchador de boxeo de la categoría de pesos pesados. Mi vista ya comenzaba a hacerse borrosa. Me mareaba y apenas podía coordinar mis movimientos para intentar deshacer la presa que me cerraba las vías respiratorias.
   Entonces, mi respiración cesó al tiempo que un crujido se creaba bajo la mano del monstruo y me hacía gritar a pleno pulmón. Pronto moriría, la presión en mis ojos me hacía llorar, intenté vocalizar el nombre de mi amado pero el sonido de un tuvo que se rompía también había destrozado mis cuerdas vocales. Estaba muda pero, aun así, intenté seguir rogando por mi liberación pero me desmayé antes de terminar.

Me despertó un golpe demoledor en la espalda, que me hizo rebotar y caer al suelo.
   Mi espalda y mis costillas estaban astilladas. No me podía mover. Sólo mi cabeza estaba semi-consciente y medio lúcida pero noté caer por mi frente un líquido caliente y espeso que pronto tapó mi ojo derecho. Era sangre. Seguramente, tenía una brecha en el cráneo pero no notaba casi el dolor, sentía en todo mi cuerpo un hormigueo punzante y molesto pero, del dolor, ni rastro.
   Mi corazón iba a salirse de mi pecho de lo acelerado que iba. Luchaba por mantenerme despierta, por mover aquel cuerpo roto que se mantenía por pura cortesía divina sobre algo que parecía madera. Quería huir de aquel horror, despertar o morir, pero tenía que ser ya, no podía aguantarlo más y mi cardio tampoco, porque el hombre que había amado durante casi seis años lo acababa de tirar a la basura del fondo de mi pecho astillado. Creí que aguantar la respiración para morir era lo correcto pero, antes de intentar probarlo, escuché sus pasos subir las escaleras que nos separaban.
   Seguí sus pasos, acercándose por unas escaleras de piedra, de una forma entrecortada pues mis ojos pestañeaban inconscientemente y, a veces, casi tenía que hacer esfuerzos para abrirlos de nuevo.
   Mi corazón latía ahora por puro temor a aquellos pasos lentos y cada latido era una agonía que me hacía pensar que el Infierno podía ser incluso un Paraíso en comparación.
Tras pestañear pesadamente otra vez, vi a Jacques agacharse para agarrarme fuertemente por los hombros, elevándome para ponerme en pie. No sentía el dolor pero mis ojos lloraban. Intenté hablar pero no pude, tenía rota la mandíbula y, el mero intento,  hacía que doliera horrores.
Podía ver su cara tapada por una membrana roja y acuosa -la sangre se había mezclado con las lágrimas- y eso hacía que le temiese más y mi cuerpo tiritase como una hoja. Ahora estaba histérica y aterrorizada.
             ¡Mírate, Bell! -se reía de mí, con una voz fúnebre y grotesca.- ¡Estás horrible! -Le miré como pude. Se me nublaba la vista por la pérdida de sangre.- Pero tranquila, -me susurró al oído, azotándome con su aliento de fuego- te haré gozar antes de sufrir. Al fin y al cabo, eras mi prometida.
   Me echó hacia atrás, golpeándome contra lo que creí que era una puerta de madera ya que sus astillas se clavaron en mi nuca y espalda. ¿Eran las puertas de Notre Dame? Poco me importaba. Iba a morir. Estaba segura de ello.
   Me besó con rudeza y comprendí lo que me quería decir. Iba a usarme para matarme después. Movía su lengua de forma que me producía asco, repulsión. Me daban arcadas. Cerré mis ojos con fuerza, rogando a Dios, si existía, que me matase. Escuché el sonido de mi ropa rasgarse y mi piel sintió, si aún podía, el frío y más astillas. Me rendí, sólo podía esperar a la muerte.
   Tardó poco en llevar una de sus manos a mi sexo, penetrándome vilmente con sus garras como a una muñeca hinchable, que no siente nada. Mis ojos lloraban más y más. Ahora podía sentir sutilmente el dolor de mi castidad desvanecerse y mi virginal sangre, caliente y espesa, caer por mis piernas y formar dibujos en mi piel. No podía permitir aquello, tenía que luchar hasta el último momento, morir con honor. Abrí los ojos, mordiendo su lengua con toda mi fuerza y sufriendo las consecuencias. Pero surtió efecto. Jacques se apartó de mí, tapándose la boca para acallar un aullido de dolor y con los ojos lacrimosos colmados de ira mientras yo caía de nuevo al suelo, al frío suelo, berreando de dolor en mi interior pero segura de haberle hecho sangrar ya que notaba un sabor a óxido y sal en mi lengua. Ahora si que estaba perdida, perdida pero salvada de ser violada.
   Cerré los ojos a espera de la muerte, escuchando los latidos de mi corazón. Pum-pum, pum-pum. Amedrentando el miedo. Pum-pum, pum-pum. Mi corazón se aceleró, se oían los pasos acercarse. Pum-pum, pum-pum. Podía sentir su calor cerca. Pum-pum, pum-pum. Sería una de sus manos, dispuesta a aplastarme el cráneo. Pum-pum, pum-pum. Mi corazón no aguataría mucho más. Pum-pum, pum-pum. Pum-pum, pum-pum. Pum-pum, pum-pum… ¡BANG!
   Abrí los ojos al instante tanto como pude para divisar la procedencia de aquel extraño disparo que había hecho saltar mi corazón y acelerarlo sumamente. Jacques había desaparecido. Mi corazón latía de felicidad. El miedo se había evaporado. La pesadilla había terminado.
   Lloré de deleite, podría saborear la vida de nuevo si corría a un hospital, denunciaba a aquel cabrón y me marchaba de París para siempre. Al cuerno con la traducción, a la mierda Gabriel De Noir. Estaba viva. Sentía que podía estallar de felicidad, salirme de mi cuerpo magullado y astillado.
   Miré la Luna, que me abría una nueva puerta, iluminándome el camino. Era preciosa y sentí una atracción mágica hacia ella, que me hipnotizaba. Pero algo la tapó, una extraña sombra se hallaba frente a mí, me sentí obligada a adaptarme a su oscuridad.
   Lentamente, entrecerrando los ojos, pude ver sus rasgos. Era una persona:
   Hombre de raza negra. Cabello oscuro, largo y con rastas recogido en una cola. Llevaba gafas de sol pero podía sentir su mirada analizarme de arriba a bajo a través de los azabaches cristales. Vestía una larga chaqueta de cuero negro hasta los pies que me producía deja-vû y, por último, me fijé en la brillante y humeante pistola que lucía en su mano izquierda. Aquel insólito hombre de más de dos metros me había salvado.
             ¿Estás bien, chica? -El hombre negro hablaba inglés, seguramente americano, con una voz realmente grave e intimidante.- ¿Te ha mordido? -¿Acaso nadie estaba cuerdo en París por la noche? Me fijé en que mi cuerpo, antes molido y astillado, estaba como nuevo. No me dolía nada y pude levantarme. Era algo verdaderamente extraño, la verdad.
             ¡No! -Mi voz de campanilla (por eso me llamaban Bell) estaba intacta y era firme. Y eso también me sorprendió.
   En un momento que pestañeé para volver a la realidad, el hombre de negro se había volatilizado. Me había quedado sola.
   Aquella noche algo cambió en mí. No sólo se rompió mi corazón, sino también mi alma. Pero desconocía que, aquel mundo que se movía en la oscuridad de la noche, pronto formaría parte de mí y yo de él.