Wednesday, July 17, 2013

DW: Gabriel's Diary (fragmento)



Respirar un poco y llenar mis pulmones de aquel oxígeno gélido hizo que me despejase y, después de un día aletargado, pudiese pensar en lo que me convenía. ¿Cómo me alimento?, me pregunté. Conocía bien el qué pero no veía la forma de hacerlo bien y sin que me descubriesen… Debía ingeniármelas bien y talvez, sólo talvez, podría apoderarme de un poco de vino metálico aquella noche… Pero no podía perder el tiempo con tonterías. Buscar una presa era mi prioridad en aquel momento pues me sentía débil. La vista se me nublaba como si hubiese perdido varios litros de sangre y el cuerpo me pesaba toneladas… Tampoco podía pensar con claridad… Creo que nunca más he vuelto tener aquella sensación que, en cierto modo, era como sentir mi humanidad abandonar mi cuerpo hasta quedar reducido a ser un animal en busca de algo que llevarse a la boca. Con toda la vista enfocada en un pequeño punto nítido en el centro de la pupila borrosa.



   Comenzaba a verlo todo en un delicioso tono rojizo que daba una sensación especial a la situación. Parecía como si siguiese el rastro de una presa herida con la sangre caliente aún latiendo por sus venas, moviéndose aceleradamente al ritmo de su corazón por sus cables internos hasta llegar a la herida y desperdiciarse. ¡Dios! Pensar en aquella sensación de ansiedad, necesidad extrema, me da escalofríos. Me parece imposible haber aguantado tanto… Pero lo hice. Eso es lo importante, creo.
   De repente, noté cómo mi propio corazón comenzaba a fallar, latiendo cada vez más lenta y arrítmicamente. Y me asusté. Comencé a darme golpes en el pecho, lleno de ansiedad. Luego agarré la ropa que tenía sobre la zona del corazón en un intento de hacer algo. Cualquier cosa con tal de seguir con vida. Con aquella miserable existencia. Me escocían los ojos de tenerlos tan abiertos y me lloraban. Mi boca estaba seca de tanto respirar por ella a grandes bocanadas. Los pulmones me ardían por culpa del aire frío. Mi corazón latía cada vez más despacio y, cuando creía que se había parado y el miedo me envolvía por completo en un sudor frío, volvía a latir débilmente.
   Tenía miedo. Mucho miedo. El pulso me temblaba y casi no podía moverme. Quise volver a casa. Buscar refugio. Pero estaba desorientado. No sabía dónde estaba mi casa o por dónde volver. Aun así comencé a caminar, dando tumbos, hacia ningún lugar en concreto, apoyándome en las paredes de los callejones, sin ver, oír o decir nada. Pero, cuando quise llegar a la siguiente esquina caí de rodillas sobre la calzada. Y me creí perdido. Abandonado allí. Destinado a morir.
   Y una mano se posó en mi hombro… Una mano cálida y fina. Una que había trabajado mucho a lo largo de su vida. La mano de una modesta muchacha de ojos negros y mates. No era una belleza pero tampoco era fea. Tenía algo especial. Talvez el olor de su sangre era lo que me obligaba a tragar saliva y a, en cierto modo, quedarme sin respiración.
   Mi corazón seguiría latiendo por un rato pero necesitaba alimento o aquella noche acabaría mal. Por supuesto, sabéis que no morí entonces pero, de todas formas, me pareció interesante que ella… Ella… Esa inocente mortal. Sí… Ella sería mi presa… Sus ojos eran mates y su cabello castaño oscuro y sucio por los trabajos de campo. Liso, si no recuerdo mal. Y su piel… Creo que era morena por estar tantas horas al sol pero, en el fondo, tampoco me fijé en ella demasiado porque lo que más me llamó la atención fue la vena aorta que pasaba por su cuello latiendo deliciosamente rápido. ¿Estaba nerviosa? Mejor. Así sería más divertido. Podría oírla gritar, correr hasta el cansancio y caer al fin en mis garras, pudiendo saborear aquella metálica y ardiente ambrosía palpitando en mi lengua y deslizándose por mi garganta hasta perderse en mí y desaparecer de ella. Ya podía verla, como una masa de carne seca y sin vida, en mis brazos. Luego ya pensaría como deshacerme de ella. Lo más importante era vivir, ¿no? En aquel momento los remordimientos no importaban lo más mínimo pues creía que podía superar el hecho de matar a alguien.
-          ¿Estáis bien? -me preguntó ella, con una voz un tanto ronca. Estaba enferma.
   La chica me ayudó a levantarme y, sin querer evitarlo y con mala intención, me apoyé en su hombro para aguantarme en pie. Dios… Olía tan bien que todas las células de mi cuerpo parecían arrastrarme hacia ella aunque yo intentaba retenerme, detener aquella atracción que me instaba a aferrarme a sus carnes, a aquellos frágiles y delicados huesecitos, y desgarrar su garganta para derramar toda su roja sangre en mi boca, notar sus últimos latidos en mi lengua y sentir como todo su sabor metálico y salado inunda mis papilas gustativas. Dios… Cuánto hace que no pruebo la sangre fresca y latente… Bueno. Como iba diciendo… La chica seguía allí, intentando ayudarme, mientras yo cavilaba sobre cómo matarla para beberme su sangre.
   ¿Debía engañarla y hacer el paripé un rato antes de matarla? ¿Tenía que seducirla para poder atraparla con facilidad? ¿O matarla sin más era la mejor opción? De cualquier forma, lo que ocurrió fue lo siguiente… Primero… Mm… ¿Cómo decirlo? Ella seguía sosteniéndome, sin comprender nada, cuando usé la fuerza que me quedaba -que era la suficiente para retener a una simple muchacha-, la agarré y la acorralé contra una pared que a saber qué hacía allí. Ella, de todas formas, parecía no darse aún por enterada. Qué gracia. Por muy cerca que estén del peligro, la mayoría de los mortales prefieren aferrarse a la realidad como a la vida misma. Ilusos… ¿Tan seguros están de que no existimos? ¡Menuda tontería! Bueno… Pues ella continuaba aferrada, porque no se puede decir otra cosa, a la realidad cuando, al mostrarle yo mis afilados colmillos, su expresión cambió a esa que es una mezcla de «¡no me lo creo!» y «¿qué es esto?» a la vez que «¡dios mío, qué horror!» y «seguro que estoy soñando». Todo eso se traduciría a: miedo, confusión, sorpresa e incredulidad. Un puzzle francamente… interesante, si se le puede llamar así.
-          Por favor… -creo que suplicaba ella, musitando y sollozando. Pero ya era tarde, supongo. Yo, por mi parte, sin prestarle la menor atención, me dedicaba a regocijarme en mi superioridad pues me sentía tan… increíblemente frenético que ya casi no recordaba que iba a matarla.
   Sentía  como, a la vez que mis caninos crecían, mis ojos se tornaban rojos -lo veía en las pupilas de la chica, tan húmedas que me reflejaban a la perfección-. Mis iris parecían inyectados en sangre y mis colmillos, largos y curvados hacia atrás como los de las serpientes, estaban tan desarrollados que me obligaban a tener la boca entreabierta. Volvía a sentir aquel dolor en las encías pero ahora era más grave pues sentía como un hilo fino y helado pasase por el centro de mis encías y caninos.
   Me pasé la lengua por los dientes superiores e inferiores en un intento de mitigar el dolor, que era como si me estuviesen clavando agujas heladas en las encías, pero lo único que conseguí fue notar un amargo sabor en la lengua. Era un líquido similar a la saliva pero, eso, amargo.
   Entonces, algo dentro de mí me dijo: «¡Deja ya de pensártelo y mátala!». Seguramente mi estómago así que, como no tenía ganas de discutir y mi conciencia comenzaba a despertarse, me apresuré en arrancar la ropa que tapaba su cuello, inmovilizarla y besar su cuello con los dientes. Decidí no ser rudo y hacerlo con suavidad, penetrando con delicadeza y cortesía su piel con la punta de los colmillos a la vez que sujetaba firmemente su cuerpo contra la pared, manteniendo sus piernas con las mías, sosteniendo sus brazos con los míos y dominando su torso con el mío. Podía notarla por entero. Todo su cuerpo latía descontrolado, haciendo llegar la adrenalina a todas partes para luego volver y llegar hasta mí.
   Recuerdo que fue como si algo se apoderase de mí y, desde el momento en el que la primera gota de sangre llegó a mi lengua, un frenesí eufórico y alocado me invadió por completo… Ya no pude parar. No dejé de tragar, cada vez más, hasta que únicamente me quedaba la mitad del recipiente lleno, cuando la masa de carne se desplomó en el suelo y se separó de mí unas milésimas de segundo. Las que tardé en abalanzarme sobre ella de nuevo y volver a morderla, recogiendo con la lengua toda la sangre que pretendía escapárseme. Me sentía completamente dependiente de esa sangre… Mi droga… La droga de la que todos los vampiros somos dependientes.
   Su cuerpo comenzó a convulsionarse de forma extraña. Aún se aferraba a la vida y eso me molestaba por lo que, con un simple movimiento de mi mano, partí su cuello en dos. Y el movimiento cesó, por supuesto, pero tampoco sirvió de mucho puesto que enseguida se vació por completo y, con ese fin, únicamente quedó en mi lengua un sabor agridulce. Y mi conciencia volvió a su lugar.