Wednesday, July 17, 2013

Deadword's Phantoms I.- La casa de los fantasmas



Un bote de nata montada, helado de chocolate y tentempiés variados. Esa era mi compra cuando me acerqué a la cajera india y lo dejé todo sobre el mostrador. Miré a través de los cristales de la fachada como la lluvia caía en forma de cascada sobre mi todoterreno color bronce, y pensé en la posibilidad de que el río que comenzaba a formarse en la carretera se lo llevase pero, francamente, me alegré de tener un vehículo tan robusto que ni se inmutara ante ese torrencial. Mi camino de vuelta a casa estaba bastante asegurado. Sólo faltaba saber si el factor humano también era tan fiable.
   La cajera era una mujer, como he dicho, india, o al menos lo parecía, alrededor de los cuarenta años, con las típicas facciones de los indios nativo americanos y con el cabello negro y largo, sin canas, recogido en una coleta bajo su oreja derecha y los ojos pardos, grandes dentro del hueco en el hueso. Tenía rasgos masculinos pero en su rostro se veía un instinto maternal que denotaba feminidad absoluta. Era una de esas personas que sólo con mirarlas sabes que te van a caer bien. Es algo natural.
-          ¿Eres la nueva vecina? –me preguntó ella con una voz grave y amable, como esperaba.
-          Sí –respondí, un tanto avergonzada. Hablar con la gente no es lo mío, así que nunca sé que decir y, cuando me hablan, me crispo y me pongo nerviosa. Dejé de mirarle a los ojos y comencé a toquetear las golosinas cercanas a la caja, añadiendo un paquete de chicles a mi compra.
-          Eres muy joven –notó ella.- ¿Qué edad tienes?
-          Diecinueve –dije en un susurro, con las manos temblorosas y deseando que la conversación acabara.
-          Yo soy Susan –cambió de tema, notando mi incomodidad. Avanzó una mano hacia mí, que acepté con cordialidad, y de repente me sentí mejor, notando la calidez de su piel.
-          Ann –musité, con los hombros encogidos y sin mirarla directamente a los ojos.
-          Pues son diez con sesenta, Ann –me sonrió, mientras me mostraba la pantallita con los números en verde.
   Busqué entre mis bolsillos el billete de cincuenta que había sacado de la cartilla y se me cayeron las llaves del coche, viéndome obligada a agacharme mientras Susan contaba rápidamente el cambio de mis cincuenta y esperaba con amabilidad a que me levantase. Pero cuando lo hice me sorprendió que ella mirase a través de mí y me volteé, viendo a un hombre recorrer los pasillos del establecimiento con las manos en los bolsillos de la cazadora y miradas dubitativas.
   En aquel hombre hubo dos cosas que me extrañaron: la primera fue que no lo había oído entrar pues en la puerta había una campanita y no había sonado; y la segunda, y más extraña aún, fue que estaba completamente seco cuando fuera llovía a cántaros. Podía haber venido con paraguas, lo sé, pero es que ni siquiera tenía los bajos de los pantalones húmedos. A veces no sé por qué me fijo en esas cosas.
-          Aquí tienes, cielo –me informó Susan a la vez que me daba mi compra dentro de una bolsa y el cambio. Su sonrisa era radiante.
-          Gracias –le sonreí en respuesta, intentando ser todo lo amable que me permitía mi apática cara.
   Seguidamente, cogí mi paraguas del paragüero, donde yacía solo, y salí al exterior no sin antes mirar de reojo al otro cliente. Estaba claro que no había venido con paraguas. No señor. ¿De dónde habría salido?
A un lado, al otro, izquierda, derecha y vuelta a empezar. Los limpiaparabrisas se movían con energía mientras conducía tranquilamente por la carretera. A mi derecha, bosque, y a mi izquierda, más bosque, más hondo y profundo si cabe.
   Aquel día estaba tremendamente cansada por la mudanza. Todo el día arriba y abajo transportando cosas bajo la lluvia e intentando que las cajas no se me deshiciesen en las manos. Aquella zona llamada Deadwords era, oficialmente, mi lar desde aquel día. Al parecer, la lluvia era algo propio del otoño por allí, donde los árboles no perdían su follaje en invierno, e incluso del invierno, así que se me planteaban muchos días grises como aquel, cuando preferiría estar en casa acurrucada al lado de la chimenea en vez de conduciendo con el sueño pesándome en los párpados.
   Una curva, otra y otra más, así todo el rato. Por lo menos eso me mantenía despierta. Solo me quedaban cinco minutos para llegar a casa. El pueblo, diez minutos atrás en sentido contrario, era un pequeño núcleo urbano que casi podría decirse despoblado. Pocas tiendas estaban abiertas todo el año por allí así que, soledad por soledad, había preferido la del medio de la montaña, cerca de un lago y con preciosas vistas desde el desván. … Debía recordar limpiar la buhardilla a fondo pues aún había cosas de los anteriores a los anteriores propietarios, que no habían entrado en aquel lugar en los diez años que habían vivido allí antes que yo. Me esperaba mucho trabajo, sin duda.
   Miré por el rabillo del ojo la bolsa de plástico que me hacía de copiloto y cogí el paquete de chicles de su interior. Moras. Bueno, ya que los había comprado no iba a tirarlos, ¿verdad? Saqué uno con una mano mientras miraba a la carretera y me lo metí en la boca, tirando de él con los dientes para sacarlo del envoltorio. Mm… Ahora que lo recuerdo, no estaba mal. Me gustaron aquellos chicles.
foggy_road205.jpg   Entonces vi como se comenzaba a formar una espesa niebla ante mí y sentí como si me hubiera adentrado con el auto en una nube de algodón de azúcar de color gris albo. No veía nada más allá de un par de metros así que reduje la velocidad pero, antes de que redujese a una velocidad segura, algo saltó sobre el capó y, del susto, viré bruscamente, perdiendo el control del todoterreno //
Cuando recobré el conocimiento, noté un líquido espeso y caliente bajarme por la frente así que, instintivamente, coloqué mi mano sobre la herida mientras me incorporaba. El airbag no había saltado y solté un improperio innecesario de especificar. Por otra parte, la herida no parecía grave, más bien era un pequeño rasguño pero sin querer me miré por el retrovisor y tuve que taparme la boca para no vomitar mientras buscaba un pañuelo en la guantera. No soporto la sangre.
   Finalmente saqué un pañuelo y me miré unos segundos en el espejo del retrovisor, colocándolo para poder verme la herida y taparla de inmediato.  Luego volví a ponerlo en su posición correcta cuando, por un segundo, vi a alguien en la parte trasera. Una sombra del tamaño de un adulto. Y grité, girándome para asegurarme, asustada, pero no vi a nadie. Estaba sola. Así que pensé que necesitaba tomar el aire y salí del auto aguantándome el pañuelo en la cabeza y viendo que en la carretera no había nadie y la niebla había desaparecido.
   Decidí escudriñar el morro del todoterreno para cerciorarme de que no le había pasado nada y al verlo suspiré de alivio. Me había chocado contra un árbol pero la defensa lo había mantenido intacto. Todo estaba perfecto menos yo y el árbol, que estaba a punto de caerse. ¿Y el animal? ¿Dónde estaba lo que me había saltado encima del capó? Sobre este último no había nada, ni rastros de pelo ni de sangre. Nada. Ni siquiera una abolladura en la chapa. Qué extraño, sin duda.
   En ese momento reparé en que la radio seguía encendida y en esta sonaba la canción Un gato en mi capó. Una tremenda ironía. La apagué en seguida pues no estaba de humor para reírme de la situación.
   Vi entonces que tenía varias llamadas perdidas cuando me dirigí a coger el móvil del suelo del copiloto, donde yacía todo el contenido de la bolsa de plástico y de mi bolso. Poca cosa. La nata estaba bien, el helado no se había deshecho aún y los tentempiés estaban igual. Por suerte no se me había abierto el monedero  y todo el suelto seguía en su sitio. Mm… ¿Y mi cuaderno? El estuche seguía dentro del bolso pero… «¡Ah!», dije, sorprendida al verlo bajo el asiento.
   Me estiré para intentar llegar al cuaderno, tocando toda la suciedad que había bajo el asiento. Puaj. Debía limpiar pronto, y a fondo. Solo un poco más y ya llegaba. ¿Cómo había llegado tan al fondo? Venga que casi está. Ya falta poco…
-          ¡Ah! –grité cuando sentí mi pecho comenzar a vibrar. Era mi móvil. Y la llamada era de mi madre.- ¿Sí? –contesté mientras conseguía coger el cuaderno y me incorporaba.
-          ¿Ann? –preguntó mi madre desde el otro lado de la línea.- Querida, ¿estás ahí?
-          Sí, mamá. Estoy aquí –le dije, colocando las cosas en su sitio y dando la vuelta al vehículo para arrancar, dispuesta a volver a casa de una vez. Ahora que lo pienso, también había dejado de llover.
-          ¿Por qué no me has llamado? –preguntó, histérica. Miré la hora y vi que eran casi las doce. A las once y media debía haberla llamado así que no tenía otra opción que disculparme y decirle llanamente la verdad.
-          He tenido un accidente, lo siento –afirmé, sacándome el pañuelo de la frente.
-          ¡Cariño, ¿estás bien?! –gritó al otro lado, viéndome obligada a apartarme del aparato.
-          Sí, sí –me apresuré a decir. Me erguí un poco para mirar el capó de nuevo.- El coche está intacto –concluí, girando la llave y oyendo el rum-rum del motor.
-          ¿Pero estás bien tú? –me preguntó de nuevo.
-          Que sí… ¿Crees que si me hubiese herido te estaría hablando? –Mi madre sabía bien que estaría vomitando si de mi cuerpo chorreara sangre de forma considerable. No era necesario mencionar aquel rasguño. Para nada.
-          No. Es cierto –se calmó.
-          Nos vemos… -me despedí.- Besos a ti y a papá.
-          Te quiero –dijo, cariñosa, antes de colgar.
A la mañana siguiente, mi despertador sonó a las nueve, como siempre, aunque no me levanté hasta las diez, cuando Donatello vino a lamerme la cara porque quería salir a hacer sus necesidades. Por si no lo habéis notado, Donatello es mi perro. Un labrador negro muy inteligente. Cuando una vive sola, necesita compañía así que lo adopté antes de mudarme. Al parecer, lo habían abandonado porque, en un accidente, casi había perdido una pata y era medio cojo. Al verlo me dio tanta pena que casi me vi obligada a llevármelo en brazos.
-          Sí, sí. Ya voy… -le gruñí para que se bajase de la cama y me dejase levantarme.
   Antes de siquiera poner un pie en el suelo, cogí unos calcetines gordos del último cajón de la mesita y me los puse. Después me coloqué los tejanos que había dejado la noche anterior a los pies de la cama y, por fin, me levanté mientras me quitaba el camisón y lo tiraba sobre el lecho. Del interior de una caja cogí una camiseta negra de cuello alto y mangas largas. Ya estaba vestida.
   Donatello me trajo, el pobre, las botas como pudo. Y no pude más que sonreírle y rascarle detrás de las orejas, viendo su cara de placer y sintiendo una oleada de calidez invadir mi pecho.
-          Buen chico –lo adulé, sacando una de sus chuches de un bote que tenía sobre la cajonera y dándosela.
   Bajé rápidamente las escaleras para prepararme un zumo de naranja con azúcar y, al ir a abrir el frigorífico, vi que tenía una auto-nota pegada sobre la puerta. «Comprar aceite, sal y una sartén» ponía en la nota, que directamente cogí y, arrugándola, tiré a la basura. Después saqué el tetrabrik de zumo y me serví un vaso lleno.
   Mientras ponía azúcar, Donatello comenzó a ladrar y a gruñir, cosa que me pareció extraña. Le miré para ordenarle que callase cuando reparé en que ladraba a algo o alguien de fuera, con todo el pelo erizado y enseñando los dientes. Miré por la ventana que había un poco a mi derecha y vi que había alguien en el muelle de la casa.
   Desde tan lejos, solo puedo decir que me pareció una chica abrigada solamente con un camisón blanco y brillante, con la cabellera negra y larga y la piel pálida como la nieve. Casi parecía estar… muerta.
   Entonces ella me miró, clavándome unos ojos vacíos y decantando su cuerpo hacia el agua helada. No podía permitirlo.
   Salí disparada al exterior, seguida de Donatello. Bajé todos los escalones tan rápido como pude, nerviosa porque desde allí no podía ver bien el muelle. La pequeña caseta que era mi almacén me lo impedía.
   Cuando salté los últimos cinco escalones, ya no había nadie allí. Igualmente corrí, haciendo crujir los tablones de madera húmeda bajo mis pasos y me asomé en el borde. Ni siquiera había ondas en el agua que indicasen que alguien había caído allí. Pero vi algo moverse bajo la superficie y me puso de rodillas para verlo mejor. Era… ¿una sudadera? Sí. Era una sudadera de color celeste que parecía emerger del fondo del lago así que alargué una mano para cogerla.
   El agua estaba fría y las yemas de mis dedos se resintieron, notando como se me helaba todo el brazo y se me ponía la piel de gallina. Toqué una de las mangas de la pieza y la agarré. Tenía prisa para sacar la mano del agua –pues hacía frío- así que tiré de ella. Pero no se movió y me extrañé. Tiré más fuerte pero no pasaba nada.
   Y una mano blanca me agarró el brazo. Grité a pleno pulmón y, sacando mi mano del agua, me alejé tanto como pude de esta. Sentía mi corazón latir a mil por hora dentro de su caja torácica e intenté calmarlo respirando profundamente a la vez que me levantaba y, temblorosa, me acercaba de nuevo al final del muelle. «No seas tonta. Ahí no hay nada.», me repetía interiormente. ¿Dónde estaba Donatello? ¿Por qué no estaba allí para protegerme?
   Miré, no muy segura de mí misma, el interior del agua, donde no había nada. Fue entonces cuando reparé en que algo se oía a lo lejos. Algo así como el motor de una lancha. Y me quedé escudriñando entre la espesa niebla casi un minuto hasta que vi un navío acercarse lentamente. En su interior solamente había una persona y, por la figura, parecía un hombre. No tengo vista de lince pero estoy segura de que nunca me ha fallado. Y en ese caso tampoco pues, en efecto, era un hombre el que se acercaba. Sin saber porqué, me quedé allí, esperando a que se acercase. Aunque puede que fuera por curiosidad.
   El hombre parecía venir hacia la casa puesto que iba en línea recta y, poco antes de llegar, sacó una cuerda de un lado de la lancha blanca con una línea blanca horizontal para atracar en mi muelle.
-          ¿Eres la nueva vecina? –me  preguntó, amable, mientras ataba con fuerza la cuerda con unas manos grandes y ásperas, seguramente. Su voz era ni grave ni aguda. Estaba en un punto intermedio pero denotaba dulzura, como si antes de salir de casa se embadurnase la garganta con miel.
-          Sí –me reí, pensando en que si me hubiesen dado un dólar cada vez que me preguntaron eso ahora sería millonaria y no estaría aquí. O no, quién sabe.
-          Soy Roger Torchwood –se presentó, apoyándose con una pierna en el muelle para mayor estabilidad y estrechando mi mano suavemente.- Encantado de conocerla, señorita.
   Seguramente pensaba que yo era muy pequeña a su lado ya que él seguramente medía alrededor del metro ochenta –y parecía aún más grande por lo delgado que era– y yo a penas llego al metro sesenta y cinco. Tenía los ojos pequeños tras unas gafas de montura ligera y marrones como el cartón de mis cajas de la mudanza. Lucía un bigote de cabello castaño fino a conjunto con su cabello de toda una capa hasta la nuca escalado y flequillo horizontal a media frente. Me producía la sensación de ver a alguien de otra época o a un hombre de letras que parece estar siempre encerrado en una habitación sin ventanas. Fuera como fuese, el Sr. Torchwood no me cuadraba con aquella lancha –o barco de pescador aficionado, depende de cómo se mire– ni con su personalidad abierta.
-          Por favor, llámeme Ann, Sr. Torchwood –le pedí amablemente, sonriendo. Me giré un momento para buscar a Donatello pero no lo veía. Talvezestaba en casa. ¿Había cerrado la puerta o me la había dejado abierta? ¿Y la nevera? Muchas preguntas comenzaron a formarse en mi cabeza.
-          Oí gritos así que vine a ver qué pasaba –me llamó la atención Roger, sacándome de mis pensamientos.- Y llámame Roger, Ann, por favor –apuntó. Me fijé en su aspecto un poco más y adiviné que tenía alrededor de los treinta y cinco, más o menos.
-          Mi perro… -comencé a decir, no muy segura de cuál iba a ser mi escusa para defender mi infantil comportamiento. Es imposible que alguien aguantase tanto tiempo bajo el agua e intentase hacerme daño. Yo no tenía enemigos. Y entonces un cuervo voló hacia algún lugar desde un árbol cercano.- Es que me ha traído un pájaro muerto y me he asustado, lo siento si te he alarmado –sonreí, nerviosa y abrazándome los brazos por el frío.
-          Sería mejor que te pusieses la sudadera, Ann –me aconsejó él, señalando la sudadera celeste que antes estaba dentro del agua y ahora en mi mano. Lo más sorprendente es que estaba completamente seca. De todas formas me la puse. Estaba helada.- ¿Sabes? –comenzó a reírse él.- Se parece a la que llevaba la chica que se ahogó en el lago hará unos tres años. –Me quedé de piedra ante el comentario, apretándome con fuerza los brazos. No sabía si vomitar o arrancarme esa sudadera de encima pero, de todas formas, sentía el corazón bajo la lengua, esperando un descuido mío para botar y lanzarse al agua.
-          Vaya –dije, fingiendo sorpresa y riéndome de forma nerviosa.- Qué coincidencia, ¿no?
-          A-así que la casa de los fantasmas, ¿no? –apuntó él, señalando mi casa. Yo me giré ante su explicación, algo asustada. Pero me calmé a mí misma: «Idiota. No puedes haber visto a un fantasma y llevar ahora su sudadera. ¡Por Dios! No seas incrédula.»
-          ¿Fantasmas? –le pregunté, alejándome un poco del agua. No sé como interpretó él aquel movimiento.
-          Bueno… Cada casa de la zona se llama de una forma diferente. Todo depende del bosque, ¿sabes? –empezó a explicar, apoyando sus brazos en la pierna que tenía en ”tierra firme”.- La mía es la de los lobos porque hay muchos alrededor//
-          ¿Y la mía por qué es la de los fantasmas? –demandé. No sé si mostrando algo de pánico en mi temblorosa voz débil.
-          ¡Ah! No te asustes por eso, Ann. Solo la llaman así porque, cuando hace mucho aire por las noches, se oye un ulular por entre los árboles. Nada más. Es solo una tontería. –Pues se lo podría haber callado. Guardarse esos comentarios es lo mejor cuando la dueña de la casa es una chica que vive sola y que, además, tiene miedo hasta de su sombra.
   En ese momento, vi como Roger miraba a algo tras de mí y bajaba la pierna del muelle, cosa que hizo que me girase para ver a un hombre abrigado con un enorme chubasquero negro que no me dejaba verle ni la cara. Aquella persona me produjo una especie de escalofrío que recorrió desde mis pies hasta la última neurona de mi cuerpo. Era algo que me impulsaba a apartarme de él.
-          Buenos días, Sr. Alexander –le saludó Roger, algo seco y distante.- Debo irme –se recordó, medio susurrando- pero, por cierto, Ann –dijo alegre mientras se agachaba a buscar algo en la lancha.- Esto me lo ha dado mi mujer para ti. –Y me entregó una caja llena de manzanas rojas como la sangre.- Nos gustaría que una noche de estas te pasases por nuestra casa y te quedaras a cenar –me ofreció. ¿Aquello era una verdadera invitación? Nunca me habían convidado a ningún sitio hasta el momento.
-          M-me encantaría aceptar vuestra invitación pero antes quiero hacer limpieza del desván –le informé.- Ya sabes, quiero acabar de mudarme antes de nada. –Él desató la cuerda y, antes de irse, miró hacia la casa. Más concretamente miró la ventana del desván.
-          Je –rió en un murmullo.- Qué tengas suerte con eso.
   Y se fue.
   En ese momento recordé al hombre del impermeable, que seguramente seguía, estático, en el principio del muelle. Así que me giré deprisa para mostrarle una sonrisa cordial cuando me lo topé de frente y me sobresalté, botando hacia atrás para poner una distancia de seguridad entre los dos. ¿Cuándo se había colocado detrás de mí? ¿Cuándo exactamente? Los tablones de madera, como están podridos, crujen cuando los pisas. Es imposible que no lo hagan.
-          Perdona si te he asustado, Ann –se disculpó el hombre, hablándome con confianza. Noté que su voz era bronca y grave, seguramente por la edad pues en ese momento, estando uno tan cerca del otro, pude ver su rostro.
   El Sr. Alexander –o así lo había llamado Roger-  era un hombre de unos cincuenta y seis o cincuenta y siete años, de cabello entre blanco y gris, largo hasta un poco por debajo de la nuca y flequillo a mechones hasta media cara, más o menos. Parecía llevar siempre una barba de dos o tres días cortada por una cicatriz que partía por completo su mejilla izquierda de forma vertical. Y sus ojos, o su ojo, depende de cómo lo mire, era de un azul pálido casi celeste, como la sudadera. Lo del ojo lo he dicho porque, como la cicatriz de su mejilla, tenía otra que rajaba su ojo derecho, manteniéndolo cerrado para siempre. Me pregunté si había algún ojo debajo de aquella horrenda marca pero tampoco pensé mucho en ello pues era horriblemente desagradable. Por suerte, supe mantener la compostura y ver algo de la belleza que tuvo que tener en sus años mozos.
-          No se preocupe, Sr. Alexander. Soy bastante asustadiza. Me pasa a menudo –decía mientras seguía con una sonrisa imperturbable y me dirigía hacia tierra firme.- ¿Qué le trae por aquí? –pregunté con curiosidad.- ¿Acaso es la hora de visitas? –bromeé.
-          Creo que tuviste un “pequeño” percance ayer con mi gato –me informó, un tanto avergonzado y siguiéndome. Parecía sincero pero no recordaba haberme topado con ningún gato. A no ser que Donatello hubiese hecho de las suyas en mi ausencia.
-          ¿Su gato? –pregunté por nada en particular, pensativa.
-          Si tu coche tiene algún problema puedo arreglártelo, soy bastante mañoso –se ofreció, haciéndome recordar el accidente de auto de la noche anterior.
-          ¡Ah! –me sorprendí, parándome en mitad de las escaleras y girándome hacia él, que llevaba la caja de manzanas en las manos. Las había olvidado. Pero no dije nada sobre eso.- ¿Era su gato lo que saltó sobre mi capó? –me preocupé.- ¿Está bien? –le pregunté.- No le hice nada, ¿verdad? Busqué a ver qué era lo que había “atropellado” pero no vi nada así que//
-          No se preocupe, él está bien –me anunció, adelantándome y subiendo hacia la puerta trasera de mi casa, que estaba abierta.- Me preocupabas más tú, parece que tienes un buen chichón en la frente.
   Me toqué la frente, extrañada, y me hice daño yo sola a la vez que sollocé en silencio. Luego, cuando me mirase en el espejo, vería un horrible moratón alrededor del rasguño rojo.
-          Esto no es nada, señor. Estoy bien –afirmé, aguantándole la puerta para que pasase a la cocina.- Pase, por favor.
-          ¿Seguro? –se extrañó.- Vives sola, ¿no es así? –notó, mirando a su alrededor. No sé qué veía de especial en mi cocina o el salón, que se podía ver desde allí.
-          Exacto.
-          Creía que estarías casada pero con lo joven que eres…
-          Ya. De momento no pienso casarme. Sé cuidarme de mí misma –le informé amablemente, pensando «¿Y a usted qué le importa?»
-          Tienes una casa bonita –aduló él, aunque no sé si lo hizo por amabilidad o por otro motivo. No dejaba de escudriñar todos los rincones con su ojo azul mientras sostenía la caja de manzanas, que sin problemas pesaba los cuatro o cinco quilos.
-          Gracias. Es la casa de los fantasmas, ¿no es así? –quise bromear en un intento de acercamiento psicológico con aquel ser de psique cerrada.
-          Sí.
-          La llamas así por el bosque, ¿verdad?
-          Sí.- Aquello comenzaba a cabrearme pues no me hacía caso. ¿Qué tenía de interesante el papel aguamarina de las paredes?
-          Y usted a qué se dedica.
-          Ajá.
-          Em… ¿Quiere café? –le ofrecí.- Así tengo una excusa para estrenar la cafetera nueva –reí, sacándola de un armario cercano.
-          ¿Eh? –se sorprendió, mirándome.
-          ¿Si quiere café? –repetí.
-          ¡Ah! Sí, por favor. –Luego continuó mirando las paredes. ¿Pensaba estar mucho rato con la caja a cuestas?
   Nos quedamos un tiempo en silencio mientras yo llenaba de agua y ponía el café tostado en la cafetera de cuatro tazas. ¿Dónde estaba Donatello? ¿Acaso se había quedado fuera?  Miré un momento por la ventana pero no vi a nadie. Estaba claro que el golpe de la cabeza me había hecho ver a aquella chica. Era imposible todo aquello del agua y la sudadera de secado instantáneo que, por cierto, seguía sobre mí.
   Seguidamente, puse la cafetera en la parte pequeña de la vitrocerámica y la encendí. No sé cuantos minutos estuvimos en silencio pero, mirando al Sr. Alexander de vez en cuando, vi que seguía observando la casa. Incluso se miraba el techo, como si pudiera adivinar cómo era mi habitación o el cuarto de baño. Aquel hombre era muy extraño. Raro. Creo que puedo decir que le faltaba un tornillo. O eso pensaba.
-          ¿Y qué haces por aquí? –me preguntó con una sonrisa forzada que deformó su cicatriz de la mejilla.
-          Eh… Soy ilustradora –le dije, observando la cafetera para cerciorarme de que el café no había acabado de salir.- Me dedico a escribir novelas ilustradas y también dibujo para otros autores. –Saqué de una caja cercana uno de mis libros, Las pesadillas de Temperance, y lo dejé sobre la pequeña mesa que ocupaba el centro de la estancia para que viese la portada.- ¿Lo ve?
-          Ajá –dijo. Pero esta vez ni siquiera abrió la boca para expresarse. Se limitó a hacer un sonido gutural.
   En ese momento el café acabó de salir y, mientras servía una taza, el Sr. Alexander volvió a su estado de, por así llamarlo,, ausencia mental.
-          ¿Azúcar y leche? –le pregunté, sacando una cucharilla del cajón a mi izquierda y viendo mi zumo de naranja.
-          ¿Qué? –me preguntó él, despistado. Parecía que le hubiese interrumpido mientras estaba concentrado en algo importante.
-          El café –le recordé.
-          Solo azúcar, por favor. Tres.
   Le puse azúcar y dejé la taza frente a él, cogiendo mi vaso y bebiendo rápidamente. ¿Dónde estará ese perro tonto?, me pregunté mentalmente mientras me asomaba hacia las escaleras que subían desde el salón al piso superior. Pero no había rastro de Donatello por ninguna parte.
-          Y… ¿Cómo está su gato? –pregunté, sin saber exactamente qué decir o hacer.
-          ¿Cuál? –me preguntó él, olvidadizo.
-          El que saltó sobre mi capó –le recordé, de nuevo. ¿Es que no podía seguir una conversación normal aquel hombre?
-          ¡Ah! Sí. Está bien. Me preocupabas más tú –se repitió. Parecía un casete volviendo a comenzar la grabación.
-          ¿No va a quitarse la capucha? –le pregunté, cambiando de tema y reparando en que la llevaba puesta.
-          ¡Ah! Es que a veces se me olvida que la llevo. ¿Te molesta? –se preocupó.
-          No. En absoluto. –Pero es que no se la iba a quitar ni por educación, el viejo.- ¿Y cómo decía que estaba su gato? Por cierto, ¿de qué color es?
-          ¿Mi gato? Negro. Está bien. –Parecía un telegrama.
-          ¿Sabe? Me recuerda a un personaje de una película de terror con esa gabardina negra. Esa en la que… Sí. ¿Ha visto Sé lo que hicisteis el último verano? Solo le falta el gancho –intenté bromear, haciendo la forma del gancho con el índice de la mano derecha mientras dejaba el vaso sobre la encimera. Pero él me ignoraba, por supuesto.
-          Debo irme –dijo de repente, recordando algo y saliendo por la puerta.
-          Espere –le dije, deteniéndole en seco.- La caja –le señalé.
-          ¡Ah! Sí. Perdona –se disculpó, dejando la caja de manzanas en el suelo.- Adiós –se despidió.
-          Aún no me ha dicho a qué se dedica –le recordé.
-          Ja, ja –comenzó a reírse.- Digamos que no tengo gancho pero sí un buen hacha y fuerza –dijo antes de desaparecer, caminando a toda prisa, hacia la espesa niebla del bosque.
   Entonces Donatello apareció, lamiéndome una mano y entrando en casa mientras se sacudía. Tenía el pelo húmedo. Yo le seguí con la mirada y reparé en que la taza de café estaba intacta sobre la mesa. Pero sin darle importancia cogí una manzana de la caja y, limpiándola contra la sudadera celeste, le di un mordisco.
-          Mm… Está buena.
Mi primer día de limpieza no había sido muy lucrativo, que digamos. A penas había terminado la planta baja y aún me quedaban muchas cajas de ropa por subir a mi cuarto. En el desván, ni había entrado. ¿Para qué? Dependiendo de lo que hubiera allí arriba acabaría deprimida. Creo que hablé un rato con mi madre por teléfono mientras comía y, a media tarde, jugué un rato con Donatello a tirarle la pelota en el jardín frente a la casa. Tampoco me detuve a pensar mucho en mis vecinos pero seguía teniendo una extraña sensación en el pecho que me duró todo el día. Era todo tan extraño… ¿Y la chica del muelle? ¿Quién o qué era ella y por qué llevaba yo puesta su sudadera?
Por la noche, me di una ducha de agua caliente y me fui directamente a dormir. Entonces reparé en que no había trabajado nada pero bueno, daba lo mismo. Tenía mucho tiempo por delante hasta la fecha de entrega.
El llanto de un bebé, desgarrador y atormentado, llegaba a mis oídos, partiendo mi profundo sueño por la mitad. Luego, comencé a escuchar a Donatello ladrando y no tuve más remedio que levantarme y, poniéndome la bata sobre el camisón, salir al pasillo del segundo piso.
   Al parecer, la calefacción se había apagado pues el frío y la humedad me calaban los huesos, viéndome obligada a frotarme los brazos con las manos y unir las piernas en un intento de entrar en calor. Cosas de las casas viejas y el tener el motor en una caseta externa –la cercana al muelle-  en cualquier momento falla. El llanto ya no se oía así que pensé que lo había soñado pero la angustia, como una serpiente que me oprimía el corazón, seguía degustándome con sus afilados colmillos de ácido y bilis. Seguía oyéndolo cerca, tan cerca que casi podía palparlo con las yemas de los dedos. Tan cerca que podía sentir su aroma. Tan cerca que era capaz de desgarrar mi alma con sus pequeñas y tiernas manos. Y no pude contener una lágrima.
-          ¿Donatello? –susurré, medio sollozando medio temerosa, llamando a mi perro mientras caminaba por el pasillo con prudencia. Aquello me daba mala espina.
   Pero la única respuesta a mi llamada fue un ladrido que no supe de dónde venía así que me asomé por el hueco de las escaleras, buscando una sombra negra que se moviese por allí. Un rabo alegre, un hocico húmedo, unos ojos saltones y brillantes… cualquier cosa mientras fuera Donatello. Necesitaba abrazarlo y ponerme a llorar sin sentido pues él era el único que no me preguntaría y se asemejaba en el calor corporal a un ser humano.
   De repente, una puerta se abrió a mis espaldas con un molesto y tenebroso rechinido. La miré. Era lo que anteriormente había sido el cuarto de un niño, el hijo menor de la familia que vivía antes que yo aquí.
   Me asomé por la pequeña obertura de la puerta para ver que allí no había nadie pero que una ventana se había abierto. Así que entré para cerrarla y, cuando eché el pasador y corrí las cortinas para mirar la caseta del motor, comencé a oír una nana. Una dulce canción de cuna que provenía de mis espaldas.
   Mi cuerpo comenzó a temblar y el sudor frío comenzó a recorrer mi frente y mis manos. Luego sentí como se me helaba todo el cuerpo, comenzaba a hacer más frío allí. Y la nana seguía su curso. Aunque volvió a comenzar antes de que, armándome de valor, me diese la vuelta para ver quién había allí. Pensaba salir corriendo y cerrar la puerta para que, quien fuera que estaba conmigo, se quedase allí dentro. Pero no pude al ver la escena. Me quedé plantada en el suelo y con una tonelada de cemento  sujetándome las piernas.
   Frente a mí estaba la chica del camisón blanco, moviéndose al son de la canción de cuna y sujetando algo entre sus brazos. ¿Qué era? No podía verlo porque estaba de espaldas a mí. No me veía y parecía contenta, como en una película romántica. Todo parecía incluso estar en blanco y negro. Y el frío seguía helándome mientras veía aquella inhóspita escena.
   Se giró de repente, mirándome con sus vacíos ojos y una macabra sonrisa en la boca. Pero reparé entonces en que sus ojos no eran así, si no que simplemente no estaban. Se los habían arrancado y por sus mejillas goteaba la sangre que caía de las cuencas profundas y oscuras. Y yo, de horror, retrocedí y me choqué contra las ventanas, notando el frío del cristal y dando un respingo.
-          ¿Quién…? –quise preguntar, pero ella me habló antes con una voz mortuoria y rasposa, metálica y con un ligero eco. De todas formas espeluznante.
-          ¿Quieres cogerlo? –me preguntó con una sonrisa, mostrándome al bebé que tenía en brazos.
-          ¡Dios! –grité, tapándome la boca para no vomitar, al ver a la criatura manchada de sangre, con el cuello degollado y un extraño símbolo en el vientre marcado a cuchillo.
-          ¿No quieres? –continuó ella, acercándose a mí.- Pero si es tuyo.
-          ¡NO! –grité.- ¡ALÉJATE DE MÍ! –chillé, llorando y corriendo hacia la puerta. Pero esta no se abría. Alguien la había cerrado desde fuera con llave.- ¡NO!
   Y deserté, sudorosa, en mi cama. Donatello estaba a mi lado, durmiendo, y un cuervo pasó frente a mí ventana. La luna se erigía en el cielo cuan grande era, brillante, y yo me quedé llorando bajo las sábanas.