Wednesday, July 17, 2013

DW: Gabriel's Diary (fragmento II)

-          Entonces…¿esclavo sexual eras de Reiji? –me pregunta Ego, divertido, únicamente con su voz masculina.
-          Nunca he sido esclavo sexual de nadie, Ego –le respondo mientras paso los dedos distraídamente por las cuerdas de un violín. Echo de menos tocar, tocar para Bell.


-          ¿Por qué no te vas de aquí? –me propone la rubia, con su siempre maliciosa máscara.
   No sé exactamente cuándo pero se ha sentado a mi lado, en la cama de la celda, mientras el otro está apoyado contra el marco de la puerta, abierta. Me están tentando, ambos, aunque normalmente Ego se mantiene al margen. Ya no salgo de aquí ni cuando sueño. Es tan deprimente…
-          Sabes que puedes irte de aquí cuando quieras, Gabriel. Nosotros te ayudaremos –pretende persuadirme, y me abraza para rozar mi espalda con todo su sinuoso cuerpo. Sus generosos y blandos pechos se aplastan contra mí y hacen cosquillas en mi piel con los duros pezones, excitados.
-          Ni hablar –se expresa Ego, enfadado. Al fin y al cabo son las dos caras de la misma moneda, el bien y el mal, aunque con unas enormes comillas.- Quedarte debes, Gabriel –me ordena, como si fuera un juego, como si únicamente ellos pudieran decidir.
-          No voy a convertirme en un proscrito –zanjo la cuestión, y la rubia se aleja de mí, decepcionada.- No vale la pena.
-          Razón tienes –sonríe él, con cara de gilipollas, si se le puede llamar así a la mueca que se ve en la máscara.
-          Eres un cobarde –me desprecia ella en un siseo viperino que no hace más que definirla como la arpía que es.
   Pero no respondo a sus palabras. ¿Para qué? No tengo nada que decirle a esta invención mental. A veces me pregunto si tengo un tumor que sólo sabe tocarme los cojones ya que no puede matarme. O simplemente estoy loco.
   De todas formas, la ignoro, sin mirarla; aunque ella no se da por vencida y vuelve a abrazarme, esta vez con una jeringa dorada en mano.
-          ¿Qué es eso? –gruño mientras intento alejarme, pero el peso de mi cuerpo es excesivo para mi fuerza, nimia. ¡Maldita sea!
-          Estoy muy aburrida, ¿sabes? –comienza ella, traviesa a la vez que perversa.- Siempre estás pensando en ella, sólo en ella, y el sexo con Ego es taaaaaaaaan predecible. Compartir el mismo cerebro hace que la diversión sea nula.
-          ¿Qué pretendes? –le suelto, casi como un insulto, con la garganta seca mientras miro a su yo masculino, que nos ignora. Está más harto de ella que yo, o simplemente no quiere entrar en una batalla perdida.
-          ¿Recuerdas los efectos de esto? –me pregunta mientras zarandea la jeringa frente a mí.- Sed, pérdida de control, inhibición del sentido común,… Lujuria y deseo desenfrenado, querido Gabriel. Eso es lo que quiero.
   Acto seguido, y sin que pueda hacer nada para evitarlo, clava la aguja  áurea en mi brazo, allí donde están las cicatrices invisibles de las múltiples dosis que llegué a inyectarme, muchas de ellas no obligadas.
   Extrañamente,  el efecto de la droga mental no es el mismo que el de la verdadera, el que consigo recordar. Es demasiado parecido a la primera vez, aunque no es real y no puedo desmayarme. Tengo sed, mucha sed, y siento que voy a perder la cabeza. Sin embargo, a ella no le interesa eso. El efecto que ella hace que la droga tenga en mí tiene que ver más con sus deseos de ser violada, esa fantasía sexual tan brutal que Ego no le puede ofrecer. Yo sí, ahora sí. Quiero follármela hasta matarla y partirla en dos, y consigo moverme. La agarro del pelo para hacerle daño y aplasto su cabeza contra la mesa de metal. Se queja y gime, pero le gusta. Disfruta como una loca. Es sadomasoquista. Aprieto su cráneo entre mis dedos y goza. Azoto su culo con la otra mano y babea, casi llegando al éxtasis.
   Comienzo a insultarla y me pide más, me ruega que la mate, que la destroce por dentro mientras intenta en vano llegar a mi ropa para arrancármela. Y no la hago esperar pues yo mismo vaporizo mis ropas y se la meto hasta el fondo de una sacudida mientras la azoto y la golpeo, la abofeteo mientras la penetro una y otra vez, manteniéndola en el suelo a cuatro patas. Quiero destrozarla. La odio. Quiero que desaparezca. La veo en el suelo, boca abajo, y me hierve la sangre. No me reprimo cuando saco los colmillos y se los clavo en la yugular entre sus gemidos y gritos de placer. Le arranco un brazo con mis garras y pide más, llega al orgasmo, a la cresta de la ola, al éxtasis extremo. Babea y tiene la mirad nublada por el placer mientras le arranco una pierna y el pedazo de carne que tengo entre las fauces. ¡Muere puta! ¡Muere!, rio sádicamente…
   Soy un puto animal.

   Cuando recobré el sentido, me notaba todo el cuerpo agarrotado y dolorido. Me sentía como si me hubieran dado una paliza brutal, aunque a lo mejor fue así. No lo recuerdo demasiado bien. Quise moverme pero tenía los brazos encadenados por encima de la cabeza. El metal de los grilletes medievales y oxidados tintineaba y gemía, taladrándome los oídos. Ni siquiera intenté desatarme pues la zona alrededor de mis muñecas estaba bañada en oro y me abrasaba la piel, adormeciéndome los brazos, dislocados. El dolor podía hacerme incluso lagrimear pues incluso en carne viva, la piel seguía ardiendo, y la sangre que se acumulaba en la zona para regenerarla se desperdiciaba y chorreaba por mis brazos. Dios… cómo dolía.
   Casi me sentía incapaz de procesar lo ocurrido. No estaba muerto, pero tampoco estaba a salvo. Me habían encerrado en una habitación oscura y húmeda, parecida a una sala de tortura medieval. De ahí los grilletes, supuse. Este Reiji es un retorcido freak del medievo. Inclusive había una “dama de hierro”.
   De repente, me ensordeció el ruido chirriante de la puerta al abrirse y quedé cegado por la luz del exterior, procedente de unos fluorescentes muy potentes. Demasiado contraste en tan poco tiempo. La silueta que eclipsó la luz era la de Yamada, vestido de forma casual y con una bata de médico por encima. El instinto se me revolvió en las entrañas, pero decidí no quedarme callado:
-          Tú –le gruñí mientras intentaba moverme un poco, lo mínimo para hacer que no se me adormecieran las extremidades. Sentía en la cabeza el zumbido de un fluorescente a punto de morir.
-          ¿Ya te has despertado, Banken? –me saludó tras entornar la puerta y atenuar la dolorosa luz blanca.
-          ¿Qué quieres de mí? –rugía y le miré de forma desafiante. Mi parte más animal enseñó los colmillos.
-          He estado investigando un poco, ¿sabes? –me ignoró y sacó una libretita del bolsillo. Se acuclilló y comenzó a leer las notas que tenía escritas:- Gabriel De Noir. Discípulo de Louis Foster. Se desconoce el nombre de quién te transformó pero fue en 1706. No tienes un status determinado y tu único cometido es ser Darkwalker. –Me miró, divertido y prepotente.- Tienes suerte, Banken.
-          ¡Deja de llam//!
-          Según mis fuentes, -me interrumpió, mirándome fijamente y guardando el bloc de notas en uno de los bolsillos de la bata.- tienes algo diferente a los demás –me señaló.- Dicen que no eres un vampiro normal y algunos del consejo creen incluso que no eres de los nuestros –me informó. Por entones yo no sabía nada de aquello.
-          ¿Qué…? –me sorprendí. ¿El consejo creía que no era un vampiro?
-          Pero los grilletes funcionan así que dudo que seas diferente a los demás –concluyó, algo decepcionado.- Pero no puedo decir que no eres raro.
-          ¡Yo no soy diferente! –me defendí, pretendiendo tomar el control de la situación.- Siento defraudarte, enano prepotente –me mofé de él.
   Aquello seguramente le tocó la fibra sensible porque sacó de a saber dónde un arma de electrochoque del tamaño de un bolígrafo y me la enchufó en el abdomen. No pude más que gritar de dolor. El calor de la electricidad fundía mi piel cual mantequilla y me hacía sangrar.
-          ¿Qué te parecen las modificaciones que le he hecho? –rió de forma sádica, con los ojos rojos de ira y dándole más potencia.
   Cuando el arco voltaico recorrió mi cuerpo, sentí cómo se me fundían las neuronas y los músculos me fallaban, quedando inertes. Aun así, los pasmos eléctricos que el vampiro provocaba cada vez que apretaba el interruptor convulsionaban mi cuerpo. No tuve más remedio que apretar los dientes para evitar morderme la lengua. Se me formaba espuma en la boca y comenzaba a notar arritmias.
-          Pide perdón –me ordenó, macabro, y aumentó más la potencia. En las pupilas podía ver las estrellas de mi interior centelleando como fuegos artificiales. Ni siquiera era consciente de mis propios gritos de dolor.- ¡Pide perdón, Banken!
-          ¡P-perdón! –balbucí, con grandes dificultades. No lo soportaba más. Quería que parara. Estaba demasiado débil para soportarlo durante mucho más. ¿Cuánto llevaría sin alimentarme? ¿Sería otro efecto de las drogas que mi sangre no consiguiera coagularse?
-          ¡Di: perdón Reiji-sama! –mandó, apretando el aparado contra mis costillas, que se quejaban, a punto de partirse.
-          ¡Perdón, Reiji-sama! –grité, llorando a lágrima viva, berreando y retorciéndome de dolor. Y apartó el arma de mí. Las convulsiones cedieron y mi cuerpo quedó como hecho de mantequilla.
-          Bien hecho, Banken –me felicitó tras guardar el bolígrafo en un bolsillo interior de la bata. Me hablaba con ignorancia y perversidad, dulzura y desprecio, con una dualidad que me erizaba el vello de la nuca.- Ahora estate quieto y te haré el favor de quitarte ese localizador que tanto te molesta –me sonrió.
   Pero antes de poder hacer nada para defenderme ya había clavado las garras en la carne de la parte posterior de mi cuello, arañando la columna vertebral. Volví a gritar en un intento de zafarme de él mientras me removía, pero entonces me dolía más. Él me agarró la cara con la otra mano y me obligó a mirarle fijamente. Realmente disfrutaba viendo mi rostro de agonía y dolor. No paraba de sonreír con esos colmillos entre los labios y esos ojos almendrados, ahora tornados de sangre y caramelo fundido. Notaba como hurgaba en el agujero de mi nuca con los dedos y la sangre espesa caía por la línea de mi espalda mientras mis muñecas estaban en carne viva y mi abdomen se quejaba de las quemaduras. Y yo me veía obligado a mirarle mientras apretaba los dientes en un intento de reprimir mi dolor. Quería matarlo, desmembrarlo y torturarlo. Eso era lo único que anhelaba en esos momentos. Y mis pensamientos parecieron divertirle.
   En cuanto encontró el localizador, lo sacó y lo convirtió en polvo entre sus dedos. Lo siento, Louis, lloriqueé en mi interior, dejándome a peso muerto. El dolor de las cadenas era en mismo lo hiciera o no.
-          No te sientas culpable, Gabriel –me consoló cruelmente Reiji, y levantó mi mandíbula para observar mejor mi mirada perdida.- Tu única preocupación ahora es hacerme feliz, Banken.
-          Mátame –pedí, reprimiendo una súplica y medio susurrando.
-          ¿Qué? –Se acercó más a mí y dejó si oído al alcance de mis labios.
-          ¡Mátame! –voceé en una orden, clavándole la mirada y removiéndome. Las cadenas se doblaron un poco, pero no cedieron ante mi nimia fuerza.
   Al oír eso, Yamada agarró mi cuello y me levantó por encima del suelo. Los brazos me crujieron y, desencajándoseme, las manos me quedaron a la altura de los riñones. Aguanté el dolor como pude, echando mano de mi orgullo e intentando en vano dejar de pensar que el brazo malo se me despegaría. Es una estúpida obsesión que nunca me he quitado de encima. El nipón, por su parte, parecía mirar más allá de mí, con el ceño fruncido. Pronto averiguaría que, cuando hacía eso, estaba leyendo la mente. Hoy día ya no le supone tanto esfuerzo.
-          El único que decidirá si vives o mueres –aclaró- soy yo, Banken. –Me soltó y tuve que apoyarme en la pared para no caer y hacerme polvo los brazos. Sentía tanto dolor que casi ni lo notaba.- Y cuanto antes te entre en la cabeza, mejor para ti –me aconsejó mientras se dirigía a la puerta.- Te evitarás mucho sufrimiento. –Apretó un botón cercano a la puerta.- Por cierto, -Unas persianas comenzaron a abrirse a mi izquierda y la luz solar comenzó a penetrar por las rendijas de estas.- intenta no dormirte o salirte de la sombra de los pilares o te quemarás –comenzó a reír.
-          ¡No! ¡No me hagas esto! –grité hasta desgarrarme la garganta. La sombra de dos malditos pilares de menos de un metro de diámetro no me dejaría sitio ni para respirar, y menos cuando llegara la tarde. No podía cómo sobrevivir a aquello.- ¡No me dejes aquí! –Pero él ya se había ido, cerrando la puerta con llave y dejándome solo con el brillante asesino.
   Poco a poco la luz llenaba la estancia y cada vez me apretaba más contra la pared en un intento de encajarme en la sombra de los pilares. Para no quemarme las retinas con la luz, me observaba a mí mismo, sin poder ver otra cosa que no fuera el pasado: la ropa hecha jirones, sangre, suciedad, desamparo y… miedo. Los recuerdos del día en que “nací” se superponían al presente, sin dejar que me concentrara en los rayos de luz que me acechaban. El cuerpo se me resentía del dolor y temía perder el control de las piernas en cualquier momento. Entonces estaría perdido. No podía gritar porque nadie me ayudaría… Creo que lloré.

Bell… Bell… Te amo. Te necesito a mi lado. Cada día aquí es una tortura constante. Por mucho que lo intente no puedo olvidarte. Soy incapaz. Siento que me estoy rompiendo, que no aguantaré más. Cada vez tengo más miedo de mí mismo. Me estoy volviendo loco. Cada vez me sorprendo pensando en… Me estoy volviendo un retorcido. Quiero estar a tu lado pero siento que quiero matarte. Quiero hacerte desaparecer. Si no fuera por ti, yo no estaría aquí. No… Quiero morir. Soy incapaz de hacerlo solo. Soy un cobarde. Quiero verte. Quiero abrazarte y estrangularte. Quiero matarte y conservarte para siempre a mi lado. Cada minuto que pasa siento que el tiempo se te echa encima y que te voy perdiendo. Quiero que se detenga. Quiero detener tu tiempo. No quiero ver como tu pelo se vuelve blanco y tu piel pierde el brillo de la juventud. No quiero que la rosa se marchite. Quiero disecarla y mantenerla verde y viva. Esos ojos… Los quiero. Quiero esa fragancia a sol y vida. Quiero que seas como yo. Quiero que entiendas lo que yo siento… Tengo miedo.

Llegó la noche y pude al fin respirar tranquilo. Nunca había agradecido tanto ver la luna creciente. Había sobrevivido a plena luz. Pocos podían decir eso. Sí, es verdad. Puede que tuviera el cuerpo lleno de quemaduras, partes de mi piel carbonizadas y quebradas. Me sentía débil, tembloroso y contento, contento de vivir una noche más. Jamás había valorado tanto ese tiempo que inevitablemente no puedo apreciar por esta maldición. Me han pasado tantas cosas, tantas, que a duras penas puedo recordarlas todas. Es posible que algunas se hayan perdido, escondidas en los innumerables pliegues de mi materia gris, la única parte de mi cuerpo que considero viva.
   Durante unos minutos, me quedé mirando afuera, sonriendo y llorando. Gracias… Gracias a Dios, lloriqueaba, reteniendo el llanto.
   Quería salir de allí a toda costa. No me veía capaz de soportar otro día más allí, atado y sufriendo el dolor de los rayos del sol. Así pues, hice de tripas corazón y me retorcí como pude para poder darme la vuelta y quedarme de cara a los grilletes. Ignoraba como podía el dolor de los hombros dislocados con la única intención de arrancar las cadenas de la pared… Voy a salir de aquí, me repetía. Mataré a ese cabrón. Lo degollaré y lo colgaré de los huevos hasta que se seque, pensaba mientras daba fuertes tirones a las gruesas cadenas de metal. Las oía taladrarme los oídos con sus gritos al doblarse y ceder sin dejar de castigarme las muñecas.
   Al oír el pasador de la puerta, me detuve. Miré la puerta por instinto y esperé, paciente, sin saber exactamente qué. Podía olerlo… Las flores y el aroma dulzón de las drogas me decían quién era: Reiji.
   No tardó en entrar y cerrar las ventanas con el botón cercano a la puerta. El tenue fulgor anaranjado de las luces de emergencia era suficiente para que ambos viéramos a la perfección. Noté un alivio inmediato en las retinas, que me dolían como si hubiera pasado horas en una habitación a oscuras y pegado a un ordenador.
   Vi la jeringuilla de inmediato, y bufé, de nuevo,, por instinto. No me avergonzaba mostrar mi parte más animal pero ser consciente de ello me provocaba una extraña sensación.
-          No me vas a pinchar con eso –lo amenacé en vano. Se acercó a mi unos pasos, ciertamente divertido ante mi posición.- No esta vez –dije, más para convencerme a mí mismo que a él.
-          Tu harás lo que yo te diga –me recordó, y estrujó uno de mis hombros para obligarme a quedarme de rodillas ante él. No pude reprimir un grito de dolor.- No te permito tutearme, Banken –rugió mientras clavaba las garras en piel y músculo. Volví a gritar. Apreté los dientes para no llorar.
-          Sí, Reiji-sama –me obligué a decir. Mi sentido común rechazaba el dolor y accedía a arrodillarse ante él aunque mi orgullo y mi deber dijeran lo contrario. Antes morir que cambiar de bando, pensaba; pero mi cuerpo estaba a su merced, en posición sumisa.
-          Ahora vas a estarte quieto mientras te inyecto esto –predecía mientras soltaba una de mis abrasadas muñecas y extendía el brazo para relajarlo.
   Ante la oportunidad, lo agarré del cuello sin pensármelo dos veces. Quería matarlo, ver como suplicaba por su vida, como lloraba, su rostro de miedo… Pero nada. Se quedó mirándome con las pupilas vacías aun cuando sabía que no podía respirar bajo la presión de mis garras. Ese cabrón estaba vacío del todo. Completamente. No temblaba. No sufría. Era un vampiro de verdad. No tenía debilidades de ningún tipo. No sentía. Me pareció un ser diferente a mí. Completamente distinto. El maldito vampiro perfecto, sacado de una probeta.
-          Suéltame o volverás a sentir la electricidad –dijo, sin rastro de amenaza en su voz. Seguramente pro eso surtió más efecto. Esa calma me provocaba pavor. Un miedo irracional que me parasitaba y se alimentaba de todas mis fuerzas.
   Mi mano lo soltó de forma automática, lentamente y volviendo a dejar a Yamada en el suelo. Aunque me obligaba a mí mismo a creer que no me iba a vender, esa parte de mí más conservadora y animal, mi instinto, no quería volver a sentir el táser. Odiaba sentirme como un lobo domesticado, impotente, pero me aliviaba saber que estaba vivo. Ese miedo irracional me volvía loco pero no podía controlarlo.
-          Bien hecho –sonrió, y esposó de nuevo mi muñeca.- Buen chico –me aduló, y por un momento creí que no iba a hacerme nada y se marcharía.
   A una velocidad casi imperceptible, sacó el arma electrizante y me la enchufó en el cuello, bajo la oreja. El dolor era tal que únicamente recuerdo trazos de lo que ocurría: dolor (debería hacer un superlativo para esta palabra), convulsiones, chiribitas en los ojos, pérdida de la sensibilidad de cuello para abajo, espuma saliendo a borbotones entre mis dientes, sangre,… Pocas veces he sentido cosas más desagradables.
   Repentinamente, me soltó y pisó mi cabeza contra la pared, de una forma demasiado elástica para un hombre. Noté cómo se me partían los huesos del cráneo en las partes anterior y posterior con un fuerte y desagradable estruendo. Notaba la presión de su bota en el cerebro y los pedazos de cemento rotos que se clavaban en mi nuca.
-          Si no quieres pincharte –comenzó mientras apretaba con fuerza mi cráneo- no voy a obligarte, pero tampoco comerás. –Y se apartó de mí. No puedo describir el alivio que sentí cuando me liberó de esa presión en la cabeza.- Ya te puedes morir de hambre.

-          ¿Hambre tienes, Gabriel? –me pregunta Ego, con su doble voz natural.- Preocupada estoy por ti. –Me mira y veo que sus ojos forman dos líneas con una lágrima.
-          Esta sangre animal me está matando –respondo pesadamente, tumbado en este lugar oscuro dentro de mi mente. Supongo que estoy en el suelo.- Quiero, no, deseo y necesito sangre humana. –Miro de reojo lo que hace ello y veo que se columpia en un trapecio cuyas cuerdas se pierden en la oscuridad.
-          Pensar en otra cosa debes –me aconseja mientras salta en el aire y se pierde en las tinieblas. Vuelvo a oír ese latido de fondo y un siseo inquietante.
-          ¿Ego? –lo llamo, confundido.
   Me levanto y miro en derredor. No hay nada. Ha desaparecido por completo. Me ha dejado solo. Así, sin más. Me extraña.
   Un rugido, un siseo. Miro entre la penumbra pero está muy oscuro. Otro rugido, un nuevo e inquietante siseo. Discierno algo: una sombra. Un bufido y aparece un enorme felino entre las oscura niebla. Un cascabeleo y siento mis piernas oprimidas por una gruesa y larga sierpe de músculos atroces. El Hambre me mira con sus ojos dorados, rodeados por un erizado pelo naranja a rayas negras. La Sed me estruja el pecho con su abrazo mortal. Me clava los colmillos en el corazón mientras la tigresa corre hacia mí con las fauces abiertas y las garras preparadas para despedazarme. El morro arrugado y las pupilas contraídas al límite. La cascabel me inocula su veneno, corrosivo, y este se me come por dentro. Me quedo sin respiración y mis pulmones se desintegran mientras mi cardio se derrite y me quedo como una carcasa vacía. El felino se lanza sobre mí, me desgarra el abdomen a través de la serpiente y mis tripas caen al suelo. Duele pero no duele. Es sólo un sueño. Únicamente es una sensación. El hambre que siento ahora no es nada en comparación a entonces.

-          ¡Reiji! –gritaba, golpeándolo todo.- ¡Tengo hambre! –rugía repetidamente día tras día bajo la luz anaranjada.
   Las primeras noches había  mantenido la compostura pero tres días después no podía decir lo mismo, ¿o eran más? La frustración y el orgullo habían dejado paso a la desesperación, la rabia y la violencia. Había sacado fuerzas desconocidas y había arrancado las gruesas y pesadas cadenas del muro. La puerta estaba cerrada y no podía abrirla así que la aporreaba constantemente con mis látigos de acero, desde lejos. La distancia medaba cierta sensación de seguridad ante la posibilidad de que apareciera con el táser. Seguía teniendo miedo de Yamada, pero me sentía tan irritado y tenía tanta hambre…
-          ¡Reiji! –me desgarré la garganta.- ¡Te voy a matar, hijo de puta! –jadeé, notando lo mucho que pesaban los grilletes.
   Estaba muy cansado y casi no podía moverme. Me senté en el suelo y miré mis muñecas, ensangrentadas. Toda la estancia estaba manchada de mi sangre, casi tan oscura como la misma. Me notaba muy débil, demasiado. Mi estómago ya no tenía fuerzas ni para rugir y mis colmillos ya no segregaban más veneno.
   Sonó un rechinido y se abrió la puerta. Apareció una sombra furiosa y se lanzó a por mí. Me agarró del pelo y me arrastró hacia la salida. No le di las gracias porque sabía que lo siguiente sería peor pero tampoco intenté soltarme. Únicamente podía pensar  en el hambre que tenía y en lo débil que estaba.

Abro los ojos y estoy bajo el agua. El mar… Siento frío, una sensación casi real de humedad en la piel; pero la pesadez de mi cuerpo y el hecho de que no necesito respirar me dicen que esto es un sueño.
   Salgo a la superficie y el cielo es de un color naranja calabaza, iluminado por un sol rojo de sangre y helio, que parece decantarse en el mar escarlata. El astro parece latir. Palpita pesadamente y exhala nubes de neblina cobriza con cada contracción, mientras que con cada extensión se infla y toma un matiz dorado. Respira… Está vivo. Las nubes de cobre se mecen, silenciosas, sobre mi cabeza y un viento inexistente las aleja de la estrella.
   Las sigo con la mirada y veo que, más allá, el vapor de cobre cae, como en un reloj de arena, sobre el agua y forma una isla, que brilla con destellos de rubí.
   Sin un motivo claro, comienzo a nadar hacia tierra firme. Parece una playa desierta. Alguien me espera allí. ¿Ego?, quiero llamarlo, pero la voz se pierde en mi garganta. No hay olas. Nadie me ayuda a llegar a mi destino. Sin embargo, ya puedo notar la arena metálica en mis pies desnudos. Mi ropa es tan liviana que no parece mojarse. Miro de nuevo a la orilla y veo allí a Louis, que me espera sin mirarme.
-          ¡Louis! –lo llamo mientras corro por la playa  hacia él, pero no me mira. Está de espaldas a mí y no parece oírme. Tiene la cabeza gacha y parece triste.
   Me detengo y lo agarro de un hombro para obligarlo a mirarme pero se deshace entre mis dedos y se convierte en polvo de cobre y cenizas. Estoy solo con el silencio y la calavera sobre mis manos.

-          ¡Despierta, Banken! –me ordenó alguien, y una oleada de frío y humedad me invadió. Me habían echado agua fría encima, obligado a despertar de mi profundo y seguramente efímero letargo.
   Abrí los ojos por completo y vi a Reiji con un cubo vacío en la mano. Este me miraba, divertido. En rededor veía algunos elementos que me parecieron herramientas de tortura. Sin ir más lejos yo mismo estaba sentado en un trono de tortura, repleto de bridas de cuero para brazos, piernas y torso. Me ha desnudado. ¡Genial!, pensé; aunque prefería eso a probar las otras máquinas de tortura.
-          Si colaboras, no será necesario –respondió Reiji a mispensamientos.
-          ¡Vaya, gracias! –dije, sarcástico, mientras lo miraba de forma desafiante. Sentía levemente la sangre correr por mis venas. Una mísera jeringuilla de sangre, seguramente. Lo suficiente para aclararme las ideas.
   Entones, él se inclinó hacia mí y apoyó sus manos en mis muslos. Me sorprendieron su suavidad y delicadeza, tan parecidas a la de una mujer. Sin querer me vi asaltado por ciertos pensamientos que me resultaron repulsivos  e impropios de mi persona. Eres un hombre, Gabriel. Te gustan las mujeres. Sólo es una artimaña de Reiji… ¡Maldito andrógino! Ya no podía mirarlo a los ojos así que intenté no pensar en nada y miré la sangre de mis muñecas.
-          Marica pederasta –se rió el nipón, y lo miré con furia.
-          No me leas la mente –rugí, acercándome a él. Me habría encantado darle un buen cabezazo y romperle la nariz pero no estaba a mi alcance. Además, aún no se me había soldado del todo el cráneo.
   Repentinamente, chocó su frente contra la mía y mantuvo mi cabeza contra el respaldo del trono. Teniéndolo tan cerca me sentía violento, con ganas de arrancarle el cuello de un bocado. Pero estaba demasiado débil como para siquiera intentarlo. Tampoco podía quitarme la palabra “táser” de la mente.
-          La verdad es que no la leo, Banken –confesó.- Al menos, a ti no. No siempre. –Y se rió.- Tus expresiones son increíblemente reveladoras…
   Y calló. Parecía mirar más allá de mis ojos. Estaba concentrado en algo y comenzaba a encontrarme mal. Fue la primera vez que sentí lo que es que te hurguen la mente. Te sientes débil, confuso y casi tienes ganas de vomitar. Es como un mareo constante y un fuerte dolor de cabeza. Como si te estrujaran el cerebro y lo removieran con agujas de acupuntura.  Mi masa cerebral quedó hecha un puré gris. Además, oía un constante zumbido, más fuerte cuando Yamada agarró mi cabeza entre sus manos y apretó su frente contra la mía.
   ¿Pero qué hace?, me preguntaba. ¿Qué coño estás haciendo? ¡Déjame! ¡Suéltame! Dios… ¡Qué mareo! ¡Cómo duele! Me van a estallar las sienes. Tengo ganas de llorar, de berrear, de patalear, de vomitar para deshacerme de esto. Haré lo que quieras. Me daré cabezazos contra una pared si quieres pero ¡déjame!
-          ¡Calla! –gritó, abofeteándome. La media cara que me abarcó se me hinchó en el acto. Me ardía y me dolía como una mala cosa pero era mejor que lo anterior.- ¡No puedo! ¡Si no te callas no hay quien se concentre!
-          ¿Qué? –pregunté, confuso. Pretendí mirarlo a la cara, pero otra bofetada me la giró hacia el otro lado. Ahora notaba dos planchas ardiendo en ambos lados de la cara.
-          No sé quién eres pero tu mente es tan… retorcida que no puedo. ¡No puedo! –repetía mientras se sacaba de quicio él solo y caminaba de un lado para el otro.
   Súbitamente, se detuvo y miró una mesa con el rostro desencajado y despeinado de los nervios. Podía ver extraños utensilios de tortura esparcidos sobre el frío metal, manchados con sangre de otros desgraciados. ¡No lo hagas!, pretendí ordenarle con la intención de usar mi superioridad de rango (la cual supuestamente hace que pueda influir en vampiros menores).
-          Si no hablas por las buenas –se sonrió, con ojos de sádico. Al parecer eso del rango o es una tontería o soy un inepto a la hora de usarlo.- lo harás por las malas.
-          ¡No!
   Martillazo en la cara. Se me desencajó la mandíbula. Ya no tenía pómulo izquierdo. Volvió a golpearme una y otra vez: hombros, codos, brazos, piernas, rodillas, abdomen, costillas,… No quedó parte de mí sin golpear. Los huesos se partieron, los órganos reventaron y la piel quedó desgarrada. Con cada golpe grité, pedí piedad; pero él rugía antes de volver a castigarme.
- ¡Por favor, Reiji-sama! -le supliqué una y otra vez en un intento de detenerlo, de evitar que otra parte de mí fuese destrozada por ese maldito martillo.
- ¡Dímelo! -me ordenaba, como si esa orden fuese un preludio al martillazo siguiente.
   Habría dado cualquier cosa por perder el conocimiento de una vez: mi fuerza, los ojos, mi inmortalidad,.. Cualquier cosa. Lo digo en serio. Hubiese preferido morir en aquellos momentos. Era demasiado doloroso y los golpes en la cabeza me han dejado algunas lagunas permanentes. El tiempo parecía distorsionarse y alargarse como la masa de una pizza cuando la están amasando.
   ¡Mátame, por favor! ¡Déjame en paz! No merezco esto. No te he hecho nada... ¡Mátame! Mátame o déjame libre porque juro que no me volverás a ver... Lo juro pero, por favor, ¡Déjame ya!
− ¡CÁLLATE! -aulló él, y lanzó el martillo a un lado para hundir su rodilla en mi estómago.
   Reiji había perdido el oremus. Se había vuelto loco. Lo veía en sus ojos, casi fuera de sus órbitas, y en sus movimientos: ahora golpea, ahora paralea; luego grita, después se tapa los oídos para acallar voces inexistentes; y solloza y golpea y comienza de nuevo.
- ¡Dime dónde está! -rugió de nuevo, mostrando los colmillos y los rojos iris.
- ¡No sé de quién hablas! -lloré, como si hubiésemos repetido esa misma escena más de una vez. Quería decirle lo que quería oír, pero mi cabeza no estaba para desmarañar los enigmas de aquel demente. A lo mejor yo era como un crío pero él era aún peor. No se tortura a la gente por frustración. Lo que tenía que hacer era leerme la mente como Dios manda y dejarse de polleces.
- ¡Louis! -dijo al fin. El alma, si tengo, se me cayó a los pies.
- ¿Q-qué quieres... hacerle? -Cada palabra era un suplicio con la mandíbula destrozada. Tenía la sensación de que se me iba a caer en cualquier momento.
   Entonces él, sonriendo, me susurró al oído:
- Voy a atarlo bajo el sol.
   Y aquello fue la gota que colmó el vaso. Él no podía tocar a Louis. Nadie mataría a Louis, a mi padre, a mi hermano. No podía permitirlo y yo no iba a ser quien ayudara a ese fin. Ya notaba la ira en las venas. Poco a poco y por primera vez, mi "instinto de supervivencia" se conectó e hizo hervir mi sangre. El corazón se me hinchó y comenzó a latir con una velocidad de vértigo. Mi conciencia se desenchufó, mis garras aparecieron y mis colmillos ansiaron desgarrar carne. Mis ojos se volvieron del color del Infierno y me cegué.
   No soy consciente de lo que pasó. Lo único que podía pensar era: Mátale, mátale. Arráncale la cabeza. Desgarra su cuello. Despedaza sus extremidades. ¡Mátalo!

De repente, volví en mí y abrí los ojos para ver a Reiji en el suelo, tapándose con una mano una enorme mordedura sangrante del cuello. En mi boca sentía el sabor de la sangre putrefacta de vampiro y supe lo que había hecho. Ahora mis manos estaban libres y me sentía más fuerte en pie, mirándolo desde arriba como si él fuese una cucaracha en mi camino.
   Sin embargo, tan rápido como había adquirido esa fuerza, la perdí y mi cuerpo se desplomó. Todo volvió a dolerme pero no me importó en absoluto. Lo único en lo que podía pensar era en los ojos de Reiji, aterrorizados. Sus pupilas temblaban y parecían querer escapar de allí, huir de mí. Yo mismo quedé contagiado de aquel horror, queriendo apartar la mirada pero sin poder. Estaba muy asustado. No sabía qué me había pasado ni porqué. No llegaba a comprenderlo.

Abre bolígrafo, cierra bolígrafo. Abre, cierra. Click, click. Extrañamente, es un ruido que a mí me gusta pero a los demás les molesta.
   Estoy en la playa cúprica, mirando el mar de sangre y el sol latiente. No hay nada. Estoy solo y no puedo evitar llorar. Llorar de miedo. Llorar de pena. Llorar como un loco en una celda; anhelando la vida pasada; deseando la muerte. Louis… Mi padre, mi maestro,… No supe estar a tu lado. Debería haberme opuesto a todo y obligarte en caso de necesidad. Así las cosas serían diferentes y seguramente tú me odiarías; pero estarías vivo. Lo merecías más que yo. Aunque elegiste morir por ella, morir por nosotros, defendernos… Debería haber ocupado tu lugar. Debería haber muerto yo. La culpa es mía. Única y solamente mía.

Desperté a medias, asustado por lo que hubiese podido pasar durante mi breve descanso. No parecía haber pasado nada de nada. Tampoco me sentía demasiado mal; mi cuerpo se había recompuesto y, sin contar la sed que me consumía, parecía estar a salvo.
   Aunque todo estaba oscuro, mi sentido del equilibrio me decía que estaba tumbado boca arriba, seguramente en una camilla o algo parecido. Sentía el cuerpo tapado por algo parecido a una manta ligera. Esperé que no fuese una sacada de una morgue o algo por el estilo. A saber qué habría tocado. Qué asco. Y además no podía moverme; estaba atado de nuevo. Cómo mínimo volvía a sentir la rigidez natural de mi cuerpo. Me sentía incómodo con la sensación blanda y débil de… ¿horas antes? ¿o eran minutos? Qué más da.
 - ¿Y bien? –oí la voz de Yamada. Un foco se encendió sobre mí y me dolieron las pupilas: se habían contraído demasiado rápido.
 - Tus perversiones no tienen límite, ¿verdad? –cambié de tema. Estaba en algo parecido a una sala de operaciones, aunque lo más seguro es que fuese la versión de la cabeza enferma de Reiji.
 - ¿Vas a colaborar o no? –Se apoyó con una mano en la camilla y pude verle la cara.
 - No voy a decirte nada de Louis, si es lo que preguntas –le giré la cara (la única parte de mi cuerpo que podía mover); pero no ignoré el mando que tenía en la mano.− ¿Qué es eso?
 - Un juguetito. –No me gustó cómo había dicho la palabra.− ¡Pero tranquilo! –Y dejó caer fuertemente su mano sobre mi caja torácica. Tosí en respuesta. ¿Había tosido alguna vez desde que me había convertido en vampiro?− Esta vez iremos con cuidado para que no te vuelvas loco, Banken. –Reiji parecía interesado en aquel extraño fenómeno en mí. En ese defecto que me hace diferente. Por regla general, los vampiros tienen las sensaciones, por redundante que sea, muertas. Más me valía actuar un poco.
 - Reiji-sama –lo llamé, y me miró. A lo mejor si creía que estaba a su servicio me soltaba. No iba a ir en contra de mis principios (sí, los tengo). No iba a convertirme en rata y tampoco traicionaría a los míos.- Haré lo que usted quiera. –Parecía interesado en mi propuesta.− Suélteme, por favor –supliqué suavemente, pretendiendo ser lo más persuasivo posible.
   Yamada, sin pensarlo dos veces, agarró mi cráneo con la palma apretándome la frente pero tiene las manos tan pequeñas que a penas me cogía un tercio de cráneo. Se agachó un poco y me dijo:
 - Dime dónde está. –Pero qué pesado el cabrón.
 - No-sé-dónde-está –admití, y era verdad. La reserva del motel había sido para el primer día. Louis ya no estaba allí.
 - Mientes.
 - Si crees que miento es que tienes atrofiado el don –lo acusé, y se apartó de mí para apretar el botón del mando a distancia.
   Cuando iba a preguntar, innumerables punzones salieron de la camilla y me atravesaron por completo. El corazón me dolió como una mala cosa; después, el cerebro ya había perdido el sentido del dolor y mis neuronas estaban medio apagadas. Ya no sentía nada, ni oía, ni veía, ni olía,… Todos mis sentidos estaban desactivados; inclusive el sentido del tiempo. La nada da miedo, pero tampoco podía sentirlo. A saber cuándo fue que Reiji apretó otro botón para darme una descarga eléctrica que me activó por completo.
   Mi cuerpo comenzó a tener convulsiones, espasmos, lo que sea; no me puse a analizar la situación porque me estaba doliendo mucho. Notaba cómo me salía espuma por la boca, cómo mis ojos se salían de sus órbitas, cómo mis dientes mordían mi lengua y la hacían sangrar. Tenía el cuerpo completamente tenso y mis puños, cerrados, clavaban las garras en mis palmas. No podía pensar. No podía hablar; y menos suplicar (parece mentira lo bien que se me da eso). Lo único que podía hacer, cada vez que abría boca, era gritar antes de volver a morderme la lengua. No veía a Reiji pero sabía que estaba ahí, y lo odiaba. Quería arrancarle los ojos y la lengua para obligarlo a tragárselos. Quería rajarlo de arriba a bajo y ahorcarlo con sus propias entrañas. Frisaba por hundir mis puños en su cara hasta dejarla como si fuese un hoyo.
   De repente, todo se detuvo.

 - Gabrieeeel… -me insta pícaramente la rubia mientras me llama con un dedo. Está con Ego en una enorme cama roja con sábanas de seda. ¿Podría volver a la playa, por favor? No quiero ver cómo mi subconsciente de auto-folla.
 - Hola, supongo –saludo a la Zorra y al Bobo.
 - ¿Podrías jugar conmigo? –me pide ella.- Este idiota dice que está cansado.
   ¿En serio sabe decir algo coherente? Sólo lo veo tumbado en el lado izquierdo de la cama sin hacer nada, como mirando las musarañas. Casi parece un cadáver despellejado con una máscara extraña.
 - ¿Quieres pasártelo bien? –me pregunta mientras me siento a su lado en la cama. ¿Quiero sentarme a su lado o lo ha hecho ella? Cómo odio se parezca al de Bell en mis sueños “normales”.
 - ¿No puedes pensar en otra cosa o qué? –la reprimo mientras saco su mano de dentro de mi camisa de presidiario. ¿Cómo ha podido crear mi mente a esta zorra insaciable?
 - Sólo quiero divertirme, mi querido Gabriel. ¿No me digas que no tienes ganas? –Y lleva su mano a mi entrepierna.
 - La verdad es que no –sonrío, amenazante. No estoy para juegos.
 - Nunca quieres “jugar” –me pone morritos. A saber por qué la máscara se ha convertido en un antifaz. Se me agarra del cuello y se sube sobre mí. ¿Cuñando me ha desnudado?
   Como hipnotizado, dejo que ella me estire y de ponga a tocármela y a lamérmela de la forma más obscena que se me pasa por la mente. Por algo es mi mente, ¿no? Se la come como si fuese un helado; lo disfruta y lo adora. La mira hacerlo y se me pone dura. Me está provocando con esos labios tan suaves, tan cálidos. Quiero tirármela pero no voy a darle esa satisfacción. Simplemente voy a dejar que me haga lo que quiera. Voy a dejar que me viole y ya está.
   Lentamente, la rubia se sienta sobre mí y mi miembro hace el resto del camino. Mientras gime de placer, apoya las manos a ambos lado de mi cabeza y coge el ritmo que le gusta. Sus pechos son suaves y cálidos cuando se arrastran contra mí y poco a poco se le endurecen los pezones rojos. Le gusta acariciarme y decir mi nombre entre gemidos, agarrarme el pelo y obligarme a mirarla a los ojos artificiales del antifaz. Lleva una de mis manos a su culo y me obliga a azotarla. Le va lo duro y lleva mi otra mano a pellizcarle el clítoris. Nunca me había fijado en la textura de su piel, suave y firme a pesar de tener la apariencia de la carne viva.
 - ¿Te gusta? –se ríe, y me da más caña. Se me escapa un gemido y me muerdo el labio.− Ego, ven –ordena ella mientras lo agarra del pescuezo.− Quiero que me des por detrás, ¡ahora! –manda la zorra mientras él se coloca tras ella y le magrea los pechos.
 - ¡No!¡Para! –le ordeno. No quiero que él se meta. Me da asco notarlo contra mí; sentirlo rozándose contra mí desde el otro lado.
   Me incomoda el silencio que hay. No hay gemidos; no hay calidez. La rubia ha dejado de dar órdenes y su máscara está completa de nuevo. Me siento vacío. Ya no soy nada.

Desperté en el sótano de las cadenas, aunque esta vez no tenía las muñecas atadas. Ahora Reiji me había puesto un collar parecido al de un perro. Por supuesto, viniendo de él no podía ser un collar normal. Abarcaba casi todo mi cuello; era de metal negro y, seguramente, pesado para un humano. De él salían algunas púas que lo mantenían a una distancia exacta de mi cuello. Si las púas se acortaban, mi cuello quedaría cercenado por una afilada cuchilla curva que cubría toda la parte interior del collar. Sin necesidad de observarla supuse que tenía el filo bañado en oro. Así, aun con esa amenaza constante sobre mí, como mínimo estaba vivo.
   De ninguna manera quería que esa cuchilla llegara a rozarme. No sería para nada como lo del brazo. Más bien una muerte instantánea. Lo mejor era ni tocarlo ni intentar sacarlo. Los inventos del enano siempre han sido impredecibles.
   ¿Habrá ido a por Louis? Seguro que no. De lo contrario estaría muerto... Tengo tanta sed que bebería hasta agua. Siento cómo mi estómago quiere comérseme. ¡Reiji-sama! ¡Déme de comer!
   Estaba seguro de que me estaría escuchando. Y cuando las súplicas mentales no bastaron comencé a llorar y a patear la puerta. Ni siquiera tenía la fuerza para abollarla. Me dolían los pinchazos, quemados y medio abiertos. Cada latido era un suplicio insoportable; cada suspiro, cada movimiento. Quería desaparecer. Con tan poca sangre en el cuerpo no podía regenerarme.
   Cuando se abrió la puerta y me llegó el olor de las flores bañadas en ceniza, mi cuerpo retrocedió por acto reflejo. No más dolor, me decía. Era débil y vulnerable. Ahora ya no. Aunque lleve una semana sin comer, no voy a ponerme bajo el servicio del Consejo. Por mucho que me cueste escribir. Por mucho que esté sufriendo. Por mucho que quiera ver a mi Dulce Bell. Si para protegerla debo quedarme aquí hasta que muera, eso haré.
- R-Reiji-sama -tartamudeé cuando lo vi entrar.
- Hola, Banken. -Y me mostró una jeringuilla y mi amigo el táser. Mi reacción a ambos fue un bufido felino que dibujó una sonrisa en su cara. Esa sonrisa inocente y amenazadora que me hacía desconfiar.- No te preocupes. Primero te voy a dar una alternativa -me explicó antes de guardar la pistola eléctrica.
   Sin embargo, no me moví. Cuando dio un paso hacia mí, retrocedí. Pero él tiró de una cuerda que tenía atada al pomo de la puerta y atrajo a mi guarida lo que más deseaba en esos momentos: un humano. Yamada me había traído una bolsa repleta de mi mismo grupo sanguíneo, O+. Creo que era un oficinista que suplicaba perdón en japonés. Lo siento. No podía concentrarme en él; sólo podía mirar su cuello. Bajo la piel sudorosa latía la vena reina, poderosa y palpitante que seguía el ritmo de un corazón aterrorizado. Ven, Gabriel, me decía la aorta, inquisidora. ¡Muérdeme!
   Al oír eso quise saltar sobre la presa, pero la cadena a la que estaba atado el collar me lo impidió. Lo único que conseguí fueron unos dolorosos pinchazos y que el asiático se asustara aún más. Al ver mi verdadera naturaleza, empezó a chillar y eso provocó que las agujas candentes atravesaran mis colmillos y amargaran mi lengua con su veneno. Las pupilas se me dilataron y comencé a sonreír. Ya me estaba imaginando su débil cuerpo entre mis garras y su cuello chorreando sangre sobre mi lengua.
 - ¿Lo quieres? –preguntó Reiji, satisfecho con mi reacción.
   Lo miré y asentí enérgicamente con la cabeza. No podía hablar. La única palabra que saldría de mi boca si articulaba sonido alguno sería «sangre». También ese era mi único pensamiento.
 - Quieres matarlo, ¿verdad? –se aseguró mientras enganchaba la cuerda que ataba a mi presa a un gancho que colgaba del techo.
   Y yo no dejaba de observar mi preciada botella de sangre mientras seguía sus movimientos con espasmos. A lo mejor moverme tan rápido era lo que hacía que se asustase aún más.
 - Te lo daré si dejas que te inyecte esto –sonrió perversamente el nipón antes de mostrarme la jeringa de nuevo. Mi desconfianza ante lo que obviamente era droga hizo que se le contrajesen las pupilas, de un amenazador tono escarlata.− Si no lo haces no comerás nada más en tu vida.
 - Vale, hazlo –respondió mi cuerpo por mí. Seguramente era mi instinto de nuevo. Yamada estaba dispuesto a matarme si no obedecía como él esperaba.
 - Ahora di: «Por favor, Reiji-sama, deme una dosis».
 - Por favor, Reiji-sama, deme una dosis –repetí a medida que él iba diciendo. No me importaban las palabras. Para mí en ese momento no tenían significado alguno. Mi voz fue un susurro a penas imperceptible.
   Yamada se acercó a mí y extendió mi brazo derecho.
 - Ahora prométeme que, cuando te suelte, matarás a ese hombre sin dudar, Gabriel. –Qué extraño sonó mi nombre en sus labios.
 - Lo mataré –dije sin dudar. No vacilé en absoluto. Era mi vida o la suya; aunque eso no significa que me sintiese mejor.− Quiero matarlo –añadí, para complacerlo. La ponzoña que soltaban mis colmillos se me estaba acumulando en la boca y me molestaba.
   Entonces, con sus suaves manos de hielo, Reiji clavó la que me pareció una aguja interminable en mi antebrazo. El oro me quemaba e inclusive tuve el impulso de empujar al vampiro lejos de mí. Ni siquiera miré la aguja cuando él apretó el émbolo porque lo supe en cuanto la droga entró en mí y abrasó mis venas a su paso. La dosis me pareció más suave aquella vez porque no me hizo efecto de inmediato; aunque tampoco tardó un minuto.
   Mi corazón comenzó a acelerarse. Mis colmillos segregaron tanto veneno que se me escurría entre los dientes para caer al suelo. Tenía calor y un sudor molesto empezó a recorrerme todo el cuerpo. Ya sentía en la entrepierna esa sensación efervescente que me hacía querer violar a algo o alguien. La sed era peor ahora. Miraba al oficinista y me sentía decepcionado. Era demasiado pequeño para saciar mi sed; aún tendría hambre aun dejándolo seco. ¡Menudo chasco! A la mierda todo eso de la piedad y matarlo rápidamente. Iba a hacerlo sufrir dejándolo al mínimo de sangre para luego desmembrarlo poco a poco. Quería oír sus súplicas. ¡Ja! Ni siquiera retendría el flujo de mi veneno. Cada gota de sangre que extrajese de él la sustituiría por tres de mi ponzoña. Así agonizaría y moriría.
   Súbitamente, Reiji soltó mi cadena y salté sobre el humano de tal forma que el gancho se desprendió del techo y cayó con nosotros al suelo. El hombre gritaba y taladraba mis oídos, pero no me importó. Más bien dejé de darle importancia en cuanto clavé mis colmillos en su cuello. Cerré completamente las fauces y lo hice aullar de dolor. Incluso pretendió defenderse pero volví a morderlo, inyectándole litros de veneno a medida que bebía. La deliciosa sangre salía en torrente y bañaba mis papilas gustativas con su delicioso sabor. Casi me vuelvo loco de tantas ganas, de tanta sed que tenía y que no había podido saciar hasta ese momento. Trago a trago, latido a latido, la sangre nueva llenaba mis venas. Era casi como un diluvio sobre una zona árida: una bendición. Mi corazón volvía a latir con fuerza y todas mis heridas se habían regenerado.
   En un suspiro, ya no quedó nada de mi presa. Su corazón dejó de latir; su cuerpo dejó de moverse; ya no respiraba y el cuerpo estaba frío… Estaba muerto, como Sophie.
   ¡¿Qué he hecho?! ¡Dios! ¡No! Yo no quería… Debería haber parado antes… Antes de que…
- Shh… −Reiji se me acercó. Yo no podía parar de llorar. Tenía ganas de vomitar.− Tranquilo, Banken. Ya pasó –me consoló mi dueño, abrazándome y tapándome los ojos con una de sus manos.
   Notaba cómo los músculos de mi cara se tensaban en una mueca de sufrimiento. Yo, que había prometido no volver a matar, había asesinado cruelmente a aquel pobre hombre.
 Este eres tú ahora –me recordó Reiji.− Olvídalo ya. Ahora eres un asesino Gabriel. “Mi” asesino.
-   Sí, lo sé –gemí, y me encogí sobre mí mismo. Las drogas habían dejado de hacer efecto tan rápido como habían empezado a hacerlo.
 -     No te preocupes. Yo me encargaré de que no vuelvas a sufrir –me aseguró mientras acariciaba mi pelo como quien acaricia a su mascota, a su perro.− Buen chico, Gabriel… Buen chico.
   Y así me convertí en Banken, el perro de Reiji Yamada. A cambio de cobijo, siempre tendría que hacer lo que me ordenara mi amo: matar, drogarme, intimidar, arrastrarme por el suelo, ladrar, dar la patita,… ¿Qué hubiese hecho si llega a ordenarme que mate a mi padre, a mi maestro, a Louis?