Wednesday, July 17, 2013

DW: Sons of Sun (fragmento)



  -      Me quedo –le dije, y sus pupilas se dilataron. Su flujo mental pasó de ser el filo de un precipicio a un mar de miel.
       Me quedé completamente quieto cuando Astrid tiró de la apertura de mi chaleco. Tiró de él para quitármelo de los hombros y, en vez de dejarlo caer, se hizo con él y lo tiró a un lado con inesperada fuerza. No tuvo paciencia con mi camiseta y la rompió para tirar los restos junto al chaleco. Casi no pude contener una sonrisa cuando se encontró con el traje autoajustable. Frunció el ceño como sólo ella sabe hacer y convirtió sus labios en una mueca diminuta de desagrado. Me cogió las muñecas para inspeccionar la tela e, incapaz de esperar, agarré una de sus manos y la llevé a mi nuca para que encontrara el botón que pliega el traje. Hice que lo pulsara y me quedé en pantalones.
       El dispositivo del traje cayó al suelo con un repiqueteo y la uber me sostuvo la mirada mientras separaba sus manos de las mías y se arrodillaba para desatarme los pantalones. Por suerte para ella, eran de cremallera y enseguida cayeron al suelo. Volvió a sorprenderse cuando vio que no llevaba calzoncillos y las mejillas empezaron a arderle. Casi parecía querer apartar la mirada pero se quedó ahí, mirando y con las manos en mis rodillas. Me estaba poniendo nervioso.
       La levanté de las muñecas y la puse de espaldas a mí, bien pegada para que notase el bulto en el que se centraban sus pensamientos.
      -      No es justo que sólo yo esté desnudo, Astrid. –Cuando dije su nombre la recorrió un escalofrío. Ahora sus ojos estaban centrados en los míos de nuevo. El iris castaño parecía más oscuro y vi cómo se oscurecía más cuando hipnoticé su subconsciente para que no notara el frío de mi piel.
       Lentamente la llevé a su cama y la tumbé boca abajo, sus pupilas aún en las mías; yo a horcajadas, sobre ella. Abrí su camisa y dejé su nuca al desnudo para morderla justo en la espina dorsal. La respiración se le aceleró y apreté más los dientes, sin dejar que los colmillos perforaran la piel. No pretendía alimentarme aún. Agarré su pelo mientras mordía todo su cuello y hombros. Sabía que le dolía, pero sus pensamientos en forma de onda armónica con colores mezclaba dos curvas de negro y rojo y me decían exactamente lo que esperaba. El dolor oscuro se sincronizaba con el placer carmesí y lo aumentaba. La respiración de Astrid se hizo más evidente y la temperatura de su cuerpo subió.
       Acabé de quitarle la camisa y la levanté de la cintura para quitarle el pantalón y las bragas. No llevaba sujetador y los pechos desnudos se le aplastaban contra el colchón, rodeados por la suavidad de las sábanas. En algunas zonas, el color crema de su piel se había vuelto de color rojo melocotón. Casi tenía ganas de decirle que era preciosa.
      -      Reiji –me suplicó mientras miraba cómo mis manos acariciaban su culo perfecto.
      -      Dime –decidí jugar con ella.
      -      Para… –le temblaba la voz, y paré.− No… No pares…
      -      ¿Entonces qué quieres, Astrid? Dímelo. –Podía ver en sus ojos mi sonrisa orgullosa de siempre.
      -      Métela, por favor. –El color escarlata de su cara había llegado al punto álgido.
      -      ¿El qué? –la obligué a decirlo.
      -      Tu… −No podía apartar la mirada de sus labios, rojos como la sangre.− Tu polla, Reiji, métela –dijo de carrerilla, cerrando los ojos.
      -      ¿Dónde? –seguí el juego, esta vez sin esperar a que respondiera. Deslicé una mano entre sus nalgas para notar la humedad de su hendidura.- ¿La quieres aquí? ¿En tu coño?
      -      Sí –gimió.− Mete tu polla en mi coño, por favor, Reiji. –Me encanta obligarla a decir obscenidades. Sobre todo cuando mi nombre va en la frase.
      -      Aún no –sentencié, y me tumbé sobre ella.
       Le mordí un hombro mientras metía los dedos dentro de ella, dos juntos que sus músculos apretaron. Casi parecía que iba a tragarme. Metí la otra mano entra la sábana y su pecho y pellizqué su pezón, suave y duro como un caramelo. Astrid se removía debajo de mí como una serpiente, contorneándose con cada gemido, con cada aspiración. Intentaba callarse a sí misma mordiéndose un labio pero enseguida se pasaba la lengua por toda la boca, ansiosa.
       Saqué los dedos y le pellizqué el otro pezón mientras le frotaba el clítoris con mi punta. Cada vez estaba más mojada y se me resbalaba un poco más adentro. Estaba viscosa y caliente como no lo había estado antes. Su mente se había convertido en un remolino y comenzaba a sudar. Poco a poco empezó a dejarse llevar y a acompañarme en el movimiento.
       De repente se me resbaló del todo y toqué fondo, haciendo que Astrid gritara de puro gozo. Bajé una mano y la agarré del pubis para levantarle el culo y penetrarla mejor. La mano se me empapó en seguida y los dedos se me perdían entre sus labios. Ella suspiraba mi nombre como si fuese aire y me miraba con la vista nublada. Cada vez que se me ponía más dura, ella gemía más fuerte y soltaba mi nombre como si fuese una palabra erótica. Eso hacía que sintiese como un calambrazo por todo el cuerpo que me empujaba a metérsela con más fuerza.
       Cuando se corrió, una ola de calor me llegó hasta los huevos. Los músculos me la tragaron como si me estuviesen haciendo una mamada y la saqué para restregarla contra su culo. Aún me quedaban muchas cosas por hacerle.
      -      No, espera –me suplicó ella. Me la agarró y quiso meterla de nuevo por delante.− Me va a doler
      -      Para nada. –Me la cogí y apoyé la punta en su culo. La recorrió una descarga.− Te va a encantar –le iba diciendo mientras la metía poco a poco. Tenía que ir con cuidado para que no se me resbalara dentro de lo suave que iba.
       Astrid contuvo un rebuzno y el dolor le penetró las entrañas. Se mordió el labio y suspiró profundamente mientras me quedaba quieto dentro de ella. Tenía el culo demasiado tenso y le di un azote con la palma para que se relajara. Estaba casi más caliente por detrás y noté un temblor en el perineo.
       Ya cómoda, me la soltó y deslizó la mano entre sus piernas para acariciarme mientras la empujaba poco a poco. Su piel estaba aún más caliente y había hundido la cara entre las sábanas, incapaz de aguantarse a cuatro paras con una sola mano. Sus gemidos, medio ahogados, a veces roncos y tímidos, hacían que acelerase la marcha. Quería verle la cara y la levanté. Me senté sobre mis tobillos y la sostuve de las piernas para agarrarle las tetas y moverla con facilidad.
      -      ¿Te gusta, Astrid?
      -      Me encanta –admitió entre gemidos.− Quiero que te corras dentro.
       Y la empujé más fuerte. Quería que se corriera otra vez. Quería hacerla gritar más fuerte. Se me agarró del pelo con ambas manos mientras sus pechos botaban con mi bombeo. Ya no podía pensar. Lo único que oía de ella eran sus gemidos, que me pedían más y más fuerte. El cosquilleo que sentía cada vez que la hundía en ella hacía que no quisiese parar. Me gustaba demasiado. Era demasiado adictivo.
       La saqué y tumbé a Astrid en la cama con los tobillos en alto y cruzados a la altura de la cabeza. De esta forma se aplastaba las tetas con los muslos y tenía el culo completamente abierto para que siguiera follándomela por ahí. Apoyé todo mi peso sobre ella y aguantó una exhalación que corté ahogándola con una mano. Primero con suavidad, después un poco más fuerte. Poco a poco se iba quedando sin respiración y yo notaba cómo sus músculos me apretaban con fuerza.
      -      Córrete para mí –le ordené cuando los ojos se le llenaron de lujuria. Me miraba pero no me miraba. Sus gemidos se habían convertido en berridos de súplica. Como si fuese un animal.− Venga, Astrid, córrete otra vez.
       Aumenté la velocidad cuando me volvió a llegar la ola de calor. Con mis dedos clavados en su cuello, Astrid empezó a gritar cada vez más fuerte y sus músculos volvieron a chuparme la vida mientras era bañado por su humedad espesa y suave. Hasta chorreó un poco en las sábanas, como si fuese miel.
       Se la saqué de golpe y me tumbé debajo de ella, moviendo su cuerpo dócil y ligero como si fuese una muñeca. El segundo orgasmo la había dejado como si fuera de plastilina y con la mirada ida. Se lamía los labios de placer antes de mordérselos con esa cara de viciosa que se le estaba poniendo. Tan sexy, tan apetecible. Se deslizó hacia abajo como una pantera en celo y se me la tragó hasta el fondo con un ansia que estremeció. La agarré del pelo y la llevé como me gustaba, fuerte pero no demasiado rápido aún. Movía la lengua arriba y abajo por el tronco e incluso redondeaba la punta.
      -      Sigue así, más fuerte –le iba diciendo. Cuando le daba tirones de pelo gemía y cuando se la tragaba hasta el fondo parecía que se estaba comiendo el helado más bueno del mundo por cómo lo disfrutaba.
       Al poco tiré de ella hacia mí y la besé mientras volvía a metérsela en la hendidura chorreante. Me mordió el labio y enroscó su lengua con la mía. En ese momento podría haberla obligado a mostrarme el mundo de los muertos pero me interesaba más el presente y el vaivén de sus tetas mientras me cabalgaba cómo una amazona. Tenía un ritmo irregular que le engarrotaba las piernas y me miraba fijamente aun sin mirarme. Me clavaba las uñas en el pecho y yo no podía hacer más que agarrarla del culo para evitar que se cansara. Esa expresión… Esa cara de vicio me estaba volviendo loco y me daba la sensación de que en cualquier momento iba a estallar. Quería morderla. Quería verla gozar de nuevo y casi como si me hubiese leído la mente empezó a ir más rápido mientras cerraba los ojos y se mordía los labios en un intento fallido de disimular otro orgasmo.
       -       Eres una pervertida, ¿eh? –la reñí mientras metía los dedos en su boca mientras se corría y la obligaba a sacar la lengua como a una perra.
      -       Shi –mascullaba, perdida de lujuria. Casi no la entendía con la lengua fuera de la boca.− ¡Dame mash! –Y comenzó a magrearse los pechos con fuerza.
      -      ¿Quieres correrte otra vez?
      -      ¡Shi! –comenzó a suplicar. Parecía estar ebria de lujuria con esa cara de vicio que me ponía.
       Cogí una de sus muñecas y la mordí para beber. Mientras yo me llenaba la boca con su sangre, el placer que le producía mi veneno la hizo correrse otra vez. Empezó a montarme con tanta fuerza que parecía que iba a comerme. Tuve que soltarle la lengua para cogerla de la cintura y moverla para darme más placer. Ya tenía ganas de llenarla y hacerla chorrear.
      -      ¡No puedo más! –admitió Astrid, dejando de moverse por completo, cansada.− Para, por favor, Reiji –me suplicaba.
       Volví a tumbarla boca abajo en la cama para ponerme a horcajadas sobre ella y morderle el cuello mientras me la follaba. Iba tan suave y entraba tan bien que no quería parar. Me gustaba demasiado. Me hacía sentir vivo de nuevo, como si volviese a ser mi yo humano.
       Agarré a Astrid del pelo y le eché para atrás para oír sus gemidos. Dejé de morderla y lamí su cuello para cerrar las heridas y succionar el lóbulo de su oreja.
      -      Voy a llenarte –le dije mientras le cerraba las piernas con las mías y usaba mi otra mano para meter mis dedos en su boca.
       Empecé a no poder controlar velocidad, a ir demasiado rápido. Ella gritaba y lamía mis dedos mientras la agarraba del pelo. Me gustaba demasiado. Era demasiado adictivo.
       Cuando noté que iba a soltarlo todo, se la metí hasta el fondo y ella gritó, corriéndose otra vez al sentir cómo la salpicaba por dentro y la llenaba. Sin embargo, aún no tenía suficiente. Giró el cuello para que la besara y me agarró del culo para tenerme bien pegado a ella. No pude contenerme.
       Empecé a moverme de nuevo, notando mi semen dentro de ella. Podía perderme en esos ojos ciegos de vicio que me miraban mientras su lengua me recorría toda la boca.
       Cuando me mordió la lengua sentí un calambrazo que hizo que me corriera otra vez, desbordándola.