Wednesday, July 17, 2013

SilverCross



La otra mañana, mis amigos me hablaron de un nuevo local en la ciudad, "La cruz de plata". Un local de música electro en el que todo parece diferente y maravilloso. Pues bien,  finalmente he decidido venir esta noche. No sé si es verdad lo que dicen pero lo averiguaré.
   Y aquí me encuentro. Haciendo cola para entrar e intentando que los tirantes de mi vestido de lentejuelas plateadas no se caigan y dejen al descubierto todo mi pecho. Mierda, si lo llego a saber vengo con alguien más. Qué aburrimiento. Todas las chicas de la cola hablan con sus amigas. ¿Quién me mandaría a mí no venir acompañada? Uff… ¿Falta mucho para entrar? Ya me duelen las piernas de tanto esperar. ¡Llevo aquí más de una hora! ¡Que alguien salga para que pueda entrar!
   Comienzo a toquetear los bucles de mi pelo con nerviosismo cuando veo a un grupito salir del local, deseo más que nada entrar y sentarme en algún sitio. Me asomo por un lado de la cola y cuento cuántas personas hay delante de mí. Dos, cuatro,… ¡Bien! Puedo entrar.
   ¡Increíble! Sólo puedo decir eso de este local. El edificio es un cilindro hueco de tres pisos de altura. Las paredes son todo escaleras que llevan a plataformas, la cabina del DJ o salas VIP y toda la plataforma central es una enorme pista de suelo de espejo. En él se reflejan los láseres y los focos de colores que relampaguean en todas las direcciones, alternando medio segundo de luz con medio de completa oscuridad. Es sobrecogedor, excitante. Los bajos de la música me inundan el pecho con su “bum-bum” como el fuerte latido de una bestia y, en momentos álgidos, la luz me ciega.
   De repente, una chica tropieza con migo. ¿Sara? ¡Vaya! Intento saludarle pero se va. Parece como si buscase algo desesperadamente, medio loca. La miro marcharse mientras bailo. Ya no me siento cansada para nada, es más, me siento como nunca. No sé si será el ambiente de este lugar pero puedo notar mis sentimientos desbordarse. Todo da vueltas y no paro de reír. ¿Tenía algo la bebida? ... ¿Pero qué digo? Si no he bebido nada aún. Es más, no hay barra en este lugar. Qué extraño.
   A los pocos segundos, dejo de darle importancia a la rareza de este lugar y continúo bailando durante tanto tiempo que las piernas me fallan y estoy a punto de caerme. ¡Mierda! Me preparo para recibir el duro golpe del suelo en mi espalda cuando unas manos me cogen a tiempo.
   Pego un bote al sentir el tacto de sus manos. ¿Esta persona está helada o me lo parece a mí? Me giro para darle las gracias al individuo y le veo, quedándome clavada en el sitio.
   Cabello castaño medio claro con el flequillo hasta la mitad de los ojos y un poco ladeado hacia la izquierda, ancho de espaldas, complexión de deportista, un poco más alto que yo, mandíbula triangular y redondeada, brazos fuertes, nariz recta y redondeada en la punta y ojos azules. Unos ojos sátiros que me hipnotizan y aceleran mi corazón. No puedo evitar fijarme en sus pupilas, rodeadas por un aura amarillenta  y notar una punzada en el pecho. Él es hermoso y su piel blanca me tienta a tocarle.
-          ¡¿Hola?! -pregunta él, con una voz grave y sensual que me atraviesa el pecho y hace que me ruborice. Parece extrañado con mi reacción. De repente hace mucho calor aquí.
-          ¡Ho-hola! -le digo con una voz tímida que nunca había oído en mí y mirando hacia el suelo. Miro a cualquier lado con tal de no cruzarme con sus ojos.- ¡Gracias!
   Intento irme por otro lado pero él me detiene, agarrándome el brazo y agachándose un poco para ver de más cerca mi cara. Le tengo tan cerca que casi no puedo respirar. ¿Qué hago? ¿Lo aparto de mí o lo dejo quedarse así? Guau… Está demasiado cerca… ¡Apártate, por favor!
-          ¡Tienes un pelo precioso! -dice, cogiendo uno de los bucles de color bronce que reposan alrededor de mi cuello y enredándolo en uno de los dedos de sus grandes manos. El resto de mi pelo cae en cascada hacia atrás, sobre mi espalda desnuda.- ¡Es tan suave que no puedo evitar  tocarlo! ¡Lo siento!
-          ¡No pasa nada! -me apresuro a decir.- ¡No me importa que lo toques! -Entonces me sonríe, inspirando el aroma de mi pelo.
-          ¡Gracias! -Qué sonrisa tan arrebatadora.- ¡Hueles genial!
-          ¡¿C-cómo te llamas?! -le pregunto, haciendo que me mire con esos ojos que aceleran mi corazón.
-          ¡Mathew! -responde, irguiéndose.- ¡¿Quieres venir a mi habitación VIP?! ¡Allí podremos hablar tranquilamente!
-          ¡Y-yo soy Melinda! -me presento, siguiéndolo entre la gente.
   Pero no me responde, es más, me ignora así que me paro, pensando que lo había dicho en broma. Pero a los pocos pasos se para y se gira para mirarme, esperándome con una sonrisa amable. Continúa caminando haciéndome un gesto con la cabeza para que le siga.
   Sin saber porqué, le sigo como un cachorro perdido entre la multitud hasta que le alcanzo en las escaleras, donde me coge de la mano para ayudarme a subir por los pequeños escalones.
   Entramos en una habitación insonorizada y veo como cierra con llave. Quizás debería desconfiar de él, al fin y al cabo, es un extraño. Será mejor que le diga que he quedado con alguien y que tengo prisa, que lo siento. Si, eso es lo mejor.
-          Disculpa pero//
   Me besa. No puedo evitarlo. Intento separarme de él pero me empuja contra el cristal blindado que da a la pista y agarra mis muñecas para que no pueda escapar. Me retuerzo, intentando deshacerme de su presa. Tiene demasiada fuerza… Este chico no es normal. Esto no puede ser real.
-          Suéltame, por favor -le pido, apartando mis labios de los suyos. - No quería dar esa impresión. Yo no quiero nada contigo… ¡Suéltame!
   Estoy desesperada, asustada. Miro hacia fuera mientras él toca mi cuerpo. De repente ya no me parece tan perfecto. Me da asco. Necesito que alguien nos vea. ¡Sara! Sara está al otro lado del cristal, de espaldas a mí. Necesito que me vea.
-          No van a venir a ayudarte, princesa - me susurra él en el oído.- El cristal es un espejo desde el otro lado, no sé si me entiendes.- ¿Qué? ¿Sara no puede verme?- Tu amiga tiene buen gusto, ¿sabes? Ya me ha traído a varias chicas como tú. -No puede ser cierto. Sara no me haría algo así.
-          ¿Q-qué vas a hacerme? -le pregunto, aunque no quiero saber la respuesta.
-          No te preocupes Melinda -mi nombre en sus labios me produjo un escalofrío.- Morirás siendo virgen. Te lo juro.
   ¿Qué? ¿Va a matarme? ¿Por qué? Yo nunca le he hecho nada a nadie. No quiero morir. Aún no tengo los veinte. Por favor… No puedo parar de temblar, aterrorizada. Los ojos me lloran pero la voz no me sale. No puedo gritar. No puedo moverme.
   Él me mira, ahora con unos ojos rojos que se clavan en mi mente como un cuchillo, y me estremezco. ¿Quién es él? ¿Qué quiere de mí? Sonríe, mostrándome unos colmillos como sables en su mandíbula superior. ¿Qué cosa es?
-          ¿Qué… eres… tú…? -consigo decir, tragando saliva. No quiero saberlo pero no quiero morir… Necesito tiempo para escapar… Tengo que despistarlo…
-          Un vampiro -dice, riéndose a carcajadas.
   Sin poder aguantar un grito. Chillo del horror cuando intenta clavar sus fauces en mi garganta y me suelto. Corro hacia la puerta y la abro cuando él me alcanza y, de un golpe, me manda contra el cristal de nuevo.
   Esto no puede ser real. No… Noto mi sangre derramarse por mi frente y caer sobre mi vestido. Mierda. Lo veo todo nublado y no puedo moverme. ¿Nadie ha oído el golpe? Claro que no. La música lo tapa todo. 
   Él se acerca de nuevo e intento protegerme de él arrullándome y tapándome la cabeza. Esto es un sueño. Esto es un sueño. Sara no puede haberme traicionado. No puede haberme hecho venir aquí para que sea devorada por un vampiro. Cuando despierte mi madre volverá a reñirme por llegar tarde a la universidad. Volveré a ver a mis compañeros. Jamás volveré a salir sola por la noche. Nunca me fiaré de un extraño. Jamás…
   Casi sin notarlo, él me levanta y me mira a los ojos. Casi no puedo verle ya que las lágrimas empañan mis ojos. La cabeza me da vueltas y casi no noto el dolor de la cabeza y la espalda.
-          Tranquila… No te va a doler… Dulces sueños, princesa -me dice, clavando rápidamente sus dientes en mi cuello.
   Y ya no siento nada. Ya no veo nada. Sólo puedo oír unas últimas palabras de despedida de esa voz grave, sensual y macabra. «Realmente he disfrutado contigo, las vírgenes tenéis el mejor sabor y el mejor olor, Melinda. Espero que lo entiendas.»