Monday, August 5, 2013

Capítulo V.- El camarero

Me despierto de sopetón en la cama de Marco, a solas. Sin buscarlo, me levanto y me ducho porque no me gusta estar tan pringosa. Me visto con la ropa de ayer noche y salgo de la habitación para encontrarme en la cocina a Julio, que me mira como si hubiese visto un fantasma. Marco está a su lado haciendo café.
-                Buenos días –saludo. Tampoco sé qué más decir.
-                Podrías haberme dicho que no estabas solo, ¿no? –se enfada mi profesor con el sátiro. Parece que nadie va a contestarme.
-                ¿Ahora tengo que pasarte inventario de mis ligues? –se ríe el otro antes de darme un café demasiado cargado. Sin pedir permiso me acerco a la nevera pero no hay leche. Odio el café solo.
-                La hebilla –recuerdo.− Lleváis la misma.
-                Cierto –ríe Marco.− Misterio resuelto.
-                ¿Amigos? –pregunto. Tengo que despejarme; las frases largas no me salen.
-                De la universidad –me habla finalmente Julio, aun mirándome con una rara expresión.
-                Debí suponer que era alumna tuya –cae en la cuenta Marco, y lo miro hastiada. La rapidez no es su punto fuerte.
Al final no sé cómo he acabado en el coche de Julio pero Marco lo ha obligado a llevarme a casa. Me incomoda este silencio.
-                Puedes parar el coche, si quieres. Estoy cerca de casa.
-                No es molestia. –Esa expresión no me gusta, demasiado seria.− Me gustaría advertirte de Marco.
-                ¿Tiene alguna enfermedad? –Las ménades no podemos coger enfermedades de transmisión sexual, pero no somos inmunes al embarazo.
-                Sólo digo que no es lo que parece –continúa.− Puede parecer perfecto pero le falta un tornillo y//
-                No es un hombre normal –resumo. Sé que sabe lo que es Marco pero no quiere decirlo. Parece que se tienen mucha confianza.
-                ¿Te lo ha dicho? –se extraña, y detiene el utilitario frente a mi edificio. Salgo del coche sin prestarle demasiada atención.
-                Digamos que yo tampoco soy una chica normal, ¿vale? –le sonrío, apoyada en la ventanilla abierta. Los ojos oscuros de Julio parecen relajarse un poco, pero siguen con la curiosidad crispada.− ¿Te gustaría venir al puerto de Sitges conmigo esta noche? –Tenía una cita planeada con otro pero seguro que me falla al volver y no me apetece dormir en la calle.
-                Hasta el lunes, Minerva –me corta el rollo. Es demasiado profesional. Parece que no quiere acordarse del momento break-flies que tuvimos hace unos días en el aula.

Al final he venido al puerto con Silvia y las demás, como compensación por haberlas dejado tiradas en mi casa. Sin embargo, cada una se ha ido por su lado con el tiempo. Yo me he quedado al final en la barra, pensando en Julio. Hay algo en él que me atrae pero no quiero saber qué es. Mi tía se comió a su último marido y luego se suicidó porque no podía soportarlo. Ser una Ménade tienes algunos inconvenientes; el sonambulismo es uno. A veces me he despertado correteando en pelotas en medio de la calle…
-                ¿Quieres otra, guapa? –me pregunta el camarero. Tiene el mismo pelo que el profe y me lo miro de arriba a bajo. Tiene ojos de vicioso.
-                No, gracias. Si bebo mucho siempre acabo en pelotas. –A lo mejor debería haberme callado eso. Llevo demasiado rato pensando en Julio y en lo que le haría si lo tuviese bien atadito en mi cama, o en la parte trasera de su POLO.
-                Eso me gustaría verlo –se ríe, y me pone otro cubata.
-                ¿Me invitas? –le sonrío. A lo mejor él me sirve para desahogarme. Está un poco rechoncho pero espero que eso no le impida tener resistencia.
-                Claro. A las que quieras. –Se mira demasiado la puerta de empleados.

Después de cuatro cubatas, la gente empieza a irse de la discoteca. El camarero, Axel, me ayuda a levantarme y me lleva a ese proyecto de despacho para que tengamos intimidad. De momento me voy a dejar hacer; todo me da vueltas.
   Me sienta en el escritorio y empieza a toquetearme por encima de la ropa, con ansia. La de cosas que se habrá imaginado mientras me emborrachaba. A veces me gusta hacerle la débil y que me lo hagan todo pero no me gusta nada este tipo. Tiene las manos pringosas y es demasiado brusco al acariciarme. Encima se restriega contra mi rodilla, qué asco. ¿Se cree que soy una muñeca hinchable o qué?
   Cuando tira de mi corsé y rompe los tirantes, le suelto un rodillazo en los huevos antes de que me quite las bragas.
-                ¡Serás zorra!
-                Zorra o no, te he visto las orejas, lobo –le suelto antes de salir del local por la salida de emergencia.
   Y pensar que casi caigo… Qué tonta soy. Las chicas ya se han ido a casa y ahora, como no vaya hasta la estación y espere a las seis… ¡Buf! No puedo ni caminar, he bebido demasiado. Me quito los tacones e intento seguir sobre la acera. No tengo ganas de que me atropellen, y menos con estas pintas. Si alguien me ve seguro que piensa que me han violado o algo por el estilo. Suerte que no soy una chica normal y mi fuerza ha dejado KO a ese gilipollas.
-                Señorita, ¿está usted bien? –oigo una voz, y al mirar su procedencia veo una silueta oscura en un coche.
-                Profe –me alegro de verlo, sin poder aguantar una risa nerviosa. ¡Lo que me faltaba hoy!
-                ¿Minerva? –Sale del coche rápidamente y me sostiene cuando las piernas van a fallarme.− ¿Qué te ha pasado? ¿Te han hecho daño?
-                No, tranquilo –me río. No puedo evitar pasar los brazos alrededor de su cuello y apoyar mi frente en su hombro. Es tan cálido…− Le he dado una patada en los huevos a ese cabrón.
-                Bien hecho –se alegra con un suspiro. Puedo notar sus manos en mis caderas, grandes y suaves. El contraste con Marco es demasiado: uno es un limón y el otro un melocotón. Quiero verte desnudo, Julio; pero eso no te lo voy a decir.
-                Gracias por rescatarme, Profe. –Mierda. Odio tener ganas de llorar cuando alguien me abraza así. Me siento tan segura con él…
   Rápidamente, le doy un empujón amistoso y sigo caminando. No lo soporto… A partir de ahora iré a otra clase. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? No seas tan bueno, por favor. ¿Por qué eres tan amable conmigo aun sabiendo lo que soy? Eres un idiota.
-                Te llevo a casa, si quieres –se ofrece. Eres idiota de remate, de verdad. Ya me rugen las tripas.
-                Voy a quedarme en casa de//
   Y vomito todo los litros de alcohol que me he bebido intentando no pensar en él. Aún no puedo creerme que me esté aguantando el pelo mientras hago el mayor ridículo de mi vida. Vales tu peso en oro, Julio; de verdad.
-                No sabes mentir, Minerva –se ríe de mí.− Tengo algo de zumo en el coche. Haz gárgaras con él, si quieres.
   Cuando me trae el zumo lo miro con pena. No voy a poder aguantarme. Me odio a mí misma. ¿Cuándo fue la última vez que estuve con alguien de esta forma?... Sí, eso. Fue hace un par de años, y el pobre acabó perdiendo una oreja. Es mi destino: estar sola o acabar con un sátiro como Marco… ¿Tan mal está que quiera tener un novio con el que ir al cine?
-                Gracias –acepto el zumo a medio beber. Mientras me enjuago él me mira y me sonríe.
   Acerca una mano a mi cara y me pone el largo flequillo detrás de la oreja. Demasiado tierno… aunque es un hombre y no puede evitar mirarme las tetas; el corpiño se me ha roto del todo y tengo que aguantarlo para que no se me caiga.
-                Ponte mi camisa o no podré conducir –bromea antes de pasármela sobre los hombros y entrar en el coche. No estoy acostumbrada a este tipo de hombres. Es demasiado correcto; hasta lleva una camiseta interior.
   Sin decir nada más, me subo en el coche y me acurruco en el asiento del copiloto.
   ¿Por qué me tienen que pasar a mí estas cosas? Ahora comprendo lo que me dijo mi tía antes de casarse: “Fue un amor a primera vista. Cada vez que lo miro me rugen las tripas.” Ahora lo comprendo perfectamente, tía Helena. Lo que no entiendo es cómo he podido acabar así con un hombre que a penas conozco.