Sunday, August 4, 2013

Deadword's Phantoms II.- El baile de Halloween

De par de mañana, el despertador sonó a su hora de siempre y, aunque no quería, me vi obligada a levantarme porque Donatello se lanzó sobre mí, lamiéndome la cara, para que le abriese la puerta de la cocina. Así que lo hice, poniéndome la bata y bajando, perezosa, las escaleras.
   Para no quedarme mirando al perro mientras hacía sus cosas, decidí acercarme al cobertizo para encender el motor, que agradablemente rugió a la primera, y luego hacerme el desayuno con un poco de pop en el reproductor del salón. Aunque, para olvidar la pesadilla de la noche anterior, concluí comenzar el día fregando los platos mientras cantaba y bailoteaba despreocupadamente la melodía. Extrañamente me dolía la garganta, como si hubiera chillado mucho, pero tampoco le di demasiada importancia. Lo único que quería era dejar la mente en blanco y olvidar. No pensar en nada era lo mejor para olvidar las pesadillas.
   Creo recordar que no había rastro de niebla aquella mañana, incluso hacía sol y había algún pajarito canturreando sobre los árboles del jardín. Ni rastro de la chica de la sudadera ni de bebés llorando… Nada. Me sentía mucho mejor que antes, más ligera, como si el día anterior hubiera pesado sobre mí alguna carga extraña. De todas formas, comenzaba a sentirme a gusto en la casa aunque en un principio no me había acabado de gustar el hecho de que fuera tan vieja y que cada rincón de ella desprendiese un fuerte aroma a anticuario.
   Por otra parte, la suerte de vivir sola es el ahorro en friegaplatos porque es inútil tener uno cuando lo máximo que se ha de fregar son un par de platos, la sartén o la olla, los cubiertos y un par de vasos. Poco más.
   Como iba diciendo, yo estaba fregando una sartén al ritmo de Esto sí es un blues cuando de repente//
-          ¡AAHH! –grité, girándome de repente y golpeando con la sartén al ser que había tras de mí, que me había tocado el hombro.
-          ¡Ouch! –gimió este, con una mano en la cabeza. No había reparado en que era una persona hasta que fue demasiado tarde. En realidad, la culpa fue suya por asustarme. Yo había creído que era un ladrón o algo por el estilo. ¿Quién puede decirme que no actuaría como yo?
   Mi “agresor” parecía un hombre de entre veinticinco y treinta años de edad, con el rostro ovalado y de mandíbula trapezoidal con líneas suaves, que le daban un aire amable. Me transmitía seguridad a primera vista. Sus pómulos se veían elevados bajo los ojos almendrados y de color oliva entremezclado con arena, como hecho una pincelada sí y otra no, alternando los cromas. Su nariz era un poco grande, alargada y redonda en la punta pero bien proporcionada con el resto de la cara, y su boca también era grande, formada por unos labios carnosos y una suave línea ondulada que se curvaba en un lado en forma de sonrisa pícara, disimulada por la expresión de sus cejas al natural, en posición relajada. Sus orejas estaban un poco más arriba de lo normal y no eran ni grandes ni pequeñas pero una de ellas estaba ornamentada por una especie de placa metálica que abrazaba su lóbulo. Lo más extraño de él, que cuadraba a la perfección a la vez que se desencajaba de su rostro, era su cabello, de color entre gris y blanco, liviano y con mucho volumen, largo hasta la nuca y escalado de forma que formaba unas grandes ondas. Su flequillo estaba partido a un lado y creaba dos grandes ondulaciones que se separaban y volvían a caer sobre sus orejas, donde el cabello se mantenía sujeto de forma natural, y luego volvía a posarse en las mejillas. También tenía una perilla de forma triangular pero el resto de su cara parecía suave al tacto. Sin duda, era un hombre atractivo. No solo por la estética de su faz y su piel blanquecina, como la de casi todos del lugar, si no por su esbelto y formado cuerpo adulto que seguramente medía alrededor del metro setenta y cinco.
   Tampoco creáis que me lo quedé mirando como una boba, con los guantes de látex rebozados en agua jabonosa y sartén en mano. En unos segundos ya me había desprendido del material “homicida”, lanzándolo a un lado, y había cogido una hoja de papel de cocina para tapar la herida sangrante mientras pedía un millón de veces perdón e intentaba no vomitar al ver la sangre roja y brillante caer. Me estaban dando punzadas en el pecho, algo que no había sentido hasta el momento aunque posiblemente era la culpa.
-          ¿Estás bien? –le pregunté, cambiando el disco.- Lo siento mucho –volví a la canción anterior.
-          No –negó. No sé el qué.- Estoy bien –concluyó. Y entonces noté que su voz estaba entre tenor i barítono, no era ni aguda ni grave pero tenía un matiz que no sabría describir con propiedad.
-          ¿Seguro? –le pregunté, más por volver a oír su voz que por asegurarme. Tenía que averiguar qué era aquel matiz.
   Entonces se rió, incorporándose –pues antes estaba medio agachado por el dolor del impacto- y mirándome a los ojos. En ese momento noté que eran brillantes y que, como un espejo, lo reflejaban todo. No estoy segura del por qué se reía pero lo hacía, cosa que me forzó con suavidad a torcer los labios. Eso lo hizo reírse más aún.
-          La nueva vecina, supongo –me etiquetó, cogiendo la hoja de papel y apoyándose en la mesa de la cocina. Luego me miró por debajo del papel e inclinando un poco la cabeza, observándome de arriba a abajo con sus negras y centelleantes pupilas.- Bonito camisón –sonrió, haciendo que me fijase en que llevaba la bata abierta. La cerré al instante pues me avergonzaba mostrar aquel camisón precisamente. ¿Por qué justamente aquel día tenía que llevar el de satén blanco, corto y con escote en “V”? Qué mala pata. No podía sacar de mi cabeza los motivos rojos y negros a la altura de mis senos, que invitaban a ser tocados.
-          V-voy a buscar algo para tu herida –tartamudeé, desviando su mirada y abrazándome la bata mientras iba al cuarto de baño de la planta a buscar alcohol y una tirita recortable.
   Cuando regresé, me fijé en su indumentaria, desconocida para mí. Sí sabía que era un uniforme pero no de qué. Cabía la posibilidad de que fuese un vecino carpintero molesto por el alto volumen de mi música o alguien que pasaba por allí camino del trabajo. A saber…
-          Siento haberte asustado –se disculpó él, sacándose el papel de la herida, que resultó algo así como un corte. No lo recuerdo demasiado pues en seguida giré la cara y, sin mirar, se la tapé con un algodón húmedo de alcohol- ¡Ah!
-          No hagas eso –le pedí.
-          ¿El qué? –se sorprendió él, un tanto sarcástico.- ¿Quejarme?
-          No. Eso no –negué con la cabeza.- Tengo… –comencé, aunque en seguida me corregí.-   Odio la sangre.
-          ¿Ah? –se sorprendió. Y en seguida apartó mi mano de su herida, quitándome también la tirita.
   Se levantó de un salto y fue al salón, casi espitoso. Yo lo seguí, por supuesto, más por curiosidad que por desconfianza, y lo vi frente al espejo redondo que tenía colgado de una pared limpiándose la herida y, seguidamente, colocando la tirita cuidadosamente en el lugar para que no se infectara. Yo, por mi parte, me quedé embobada mirando su espalda, ancha y fuerte, y su… ¡ejem!, trasero. No sé por qué pero así fue. Tuve suerte de que no se diese cuenta o habría quedado como una pervertida. No sé… ¿Habría sido así de verdad?
-          ¿Vives sola? –me preguntó de repente, haciendo que dejase de mirarle fijamente, para romper el hielo.
-          Em… Sí –respondí, pensándomelo un poco. De repente me vino a la mente la chica de la sudadera pero me centré, sacudiendo la cabeza enérgicamente. A saber qué pensó él de eso.
-          Vaya… -medio rió, no sé si por mí o por la respuesta… ¿Cómo tengo el pelo?, pensé en ese momento, pasándome la mano para poner algunos mechones tras mi oreja derecha. Casi lo hice por acto reflejo, como muchas personas.
-          ¿Quién eres? –Me acerqué a él, inquisitiva y no muy segura del sentido de la pregunta.
-          ¡Ah! ¿Yo? –se sorprendió, mirándome mientras ponía bien su pelo y azotaba su camisa para ponerla bien. Tenía una mancha de jabón en el hombro pero no dije nada.- Soy el cartero –se presentó, haciendo el gesto de ponerse bien la gorra pero sin llegar a hacerlo. No llevaba ninguna puesta.- ¿Y mi gorra? –Se quedó algo contrariado. Talvez estaba intentando hacer un gesto educado y yo no me había dado cuenta.
   Yo, a sabiendas de lo que seguramente le había pasado a la gorra, llamé a Donatello, que vino, muy contento, con una de color amarillo pastel, como el uniforme del desconocido. Se la quité de la boca.
-          Es esta, ¿no? –Se la ofrecí.- A Donatello le llaman la atención las prendas que caen al suelo y… –le expliqué, acariciando la cabeza de mi perro con amabilidad.
-          Gracias, señorita Madison –me sonrió.
-          ¿Cómo sabes…? –comencé, mirándolo de nuevo e irguiéndome. Entonces él me entregó una carta, manteniendo la distancia entre nosotros.
-          Es lo que pone ahí así que, si vives sola… Ya sabes –sonrió de nuevo. ¿Es que no se cansaba de hacerlo?
-          ¡Ah! –caí en la cuenta. Quise mirar el remitente pero no había, cosa que me extrañó un poco.- Pero es que nadie sabe mi dirección aún –le expliqué, devolviéndosela.
-          Tiene tu nombre, ¿no? –me preguntó, con el ceño fruncido pero no de enfado. Parecía seguro de sí mismo y dispuesto a rebatir mis fundamentos. Sólo hasta que aceptase la carta.- Temperance Ann Madison –leyó, entregándomela de nuevo. Estaba orgulloso de su labor, como un niño que ha terminado de pintar un dibujo.- ¿No es así?
-          Sí. Ese es mi nombre –afirmé, cogiéndola de sus grandes manos.- ¿Y el tuyo? –curioseé, abriendo la carta con un dedo y viendo que dentro solo había una tarjeta.
-          Dylan.
-          Dylan… -esperé el apellido, peleándome con el sobre. Atisbé una media sonrisa en él. ¿Tan cómica me veía?
-          Dylan a secas, Temperance –me dijo, poniéndose bien la gorra frente al espejo.
-          Prefiero Ann, gracias –observé, leyendo la tarjeta, que resultó una invitación.- ¿Fiesta de bienvenida? –me sorprendí. Nunca había oído yo de eso de una fiesta de bienvenida. ¿No era más típica una cesta o un pequeño presente? Aquello me parecía demasiado.
-          Ya que coincide con Halloween… -expresó.- Debes venir “disfrazada”. Es una tradición del pueblo –me señaló, mirando de reojo a Donatello, que estaba sentado a mi lado. Talvez creía que, si se me acercaba, este le mordería. A saber.
-          Ya… Pero a mí no me gustan las fiestas. Y no conozco a nadie –comencé a poner trabas. No soy buena hablando con tanta gente alrededor. No soy sociable, simplemente. Las sonrisas de cordialidad y las posturitas educadas me ponían de los nervios. Sólo tener que mantener una conversación con el hombre frente a mí me suponía un esfuerzo. ¿Cómo iba a ingeniármelas para hablar con gente de todo el pueblo?
-          De eso se trata –se rió.- Tampoco es que haya mucha gente en el pueblo, es más, aquí nos conocemos todos así que…
   De repente se quedó mirando a alguna parte, cosa que me recordó al Sr. Alexander. Cabía la posibilidad de que, en serio, hubiera algo en el techo que yo no veía, o algún ruido extraño en el piso de arriba que no era capaz de oír. Creo que yo también me quedé mirando unos momentos hacia arriba, no muy segura de lo que hacía.
-          ¿Una manzana? –le ofrecí, de repente, cogiéndola del frutero que tenía en una mesa del salón.- Están limpias –le sonreí cuanto pude, extendiendo el brazo para que la pudiese coger sin problemas.
-          Gracias –la tomó y le dio un gran mordisco, haciendo que la dura materia quedase con un agujero. Entonces me pasé la lengua por las encías, dolorida. Yo ya estaría sangrando por ellas en su lugar. Y él se me quedó mirando unos instantes, talvez creyendo que no reparaba en ello. Instintivamente me abracé, cerrando mejor la bata.
-          Y… -quise comenzar.- Dime, Dylan… –seguí, como una tonta.- ¿Cómo has entrado en mi casa? –le pregunté, clavándole la mirada. Eso le incomodó un poco. Entonces reparé en que se había acabado el disco y, con a penas un par de pasos, fui al reproductor para quitarlo y apagarlo.
-          Pues… Verás… –balbuceó, rascándose la nuca buscando una explicación.- He estado picando al timbre pero… como no iba, he golpeado un “poco” la puerta –diciendo esto me hizo la señal con las manos, gesticulando-. Y como eso tampoco funcionaba y la puerta ha resultado estar abierta…
-          ¡¿Qué la puerta está abierta?! –medio chillé, asustada, mientras corría hacia la puerta y la cerraba con los tres pasadores y la llave. ¿Cómo había podido olvidarme de cerrar la puerta la noche anterior?
-          Tienes suerte de que no haya ladrones por aquí –dijo Dylan a mis espaldas. Cuando me giré reparé en que estaba muy cerca y aguanté la respiración, rechazándolo con todo mi cuerpo y trastabillando hacia la entrada del comedor para apartarme. Él se sorprendió, quedándose un poco perplejo, pero en seguida abrió la puerta, dispuesto a salir.- Lo siento.
   Y se fue, casi sin dejarme tiempo a detenerle. No era mi intención echarlo así. Tan bruscamente. De verdad no pretendía hacerlo. Son cosas de mi mente… Aún tengo la tristeza de sus ojos tallada en mis retinas y mis párpados.

Dispuesta a pedirle disculpas, a la hora prevista estaba frente al gran edificio que era el salón de actos. Este estaba situado en el centro del pueblo, a un par de calles de la gasolinera y la tienda de víveres de Susan, y el ambiente de su interior lo hacía latir al ritmo de música de discoteca. Me recordó a un típico baile de fin de curso y me lo imaginaba por dentro: repleto de luces y con una bola de esas con cristalitos colgada en el centro de la pista. También imaginaba mesas con tentempiés variados y un enorme cuenco con ponche. De todas formas no creía posible ver a todos los habitantes del pueblo, desde niños a ancianos, metidos en aquel edificio y bailando al ritmo de la música actual. Sin querer me vino a la mente el Sr. Alexander y no pude evitar una risita.
   Para entrar, seguí a un grupito de adolescentes disfrazados de vampiros que parecían contentos. No dejaban de hablar de las bromas que habían hecho en clase durante el día y de los planes que tenían para el fin de semana siguiente. Creo que dijeron algo de ir a ver a alguien. No sé a quién.
   Al pasar las típicas puertas dobles, me encontré con la sala que había imaginado. Pero había olvidado pensar en las serpentinas colgando del techo y la purpurina, a parte de las telarañas de mentira y algún que otro murciélago de goma. Aunque juraría que uno me miró, no sé cómo decirlo claramente pero así era. Los ojos le brillaban como si fuesen de verdad y, fijándome mejor, vi que su pecho se movía ligeramente al ritmo de su respiración. Parecía estar vivo.
-          ¡Ann! –me llamó alguien, haciendo que notase que estaba demasiado cerca del animalejo y me apartase al instante. La segunda ojeada que le eché antes de buscar a quien me llamaba hizo que me dijera a mí misma tonta y que dejase de imaginarme cosas. Lo que pensaba era imposible.
   La persona que me llamaba resultó ser mi agradable vecino, Roger Torchwood, disfrazado de Frankenstein, creo, pues iba hasta con los puntos en la frente. Iba acompañado de una mujer pequeñita y rubia disfrazada a conjunto con él y supuse que era su mujer. Era muy amable por su parte eso de llamarme para hablar y presentármela pero yo buscaba a Dylan.
   Simplemente pretendí saludarles con una mano cuando, de repente, alguien me empujó hacia ellos, que se acercaron de inmediato. Lástima. Ahora debería quedarme a hablar un buen rato. Durante un tiempo precioso que podría estar aprovechando para, por ejemplo, dormir o jugar un poco con Donatello. Aunque trabajar también era buena idea pues no había avanzado demasiado en mi proyecto.
-          ¡Hola! –sonreí, fingiendo estar eufórica alargando el saludo.- ¡¿Cómo va?! –voceé, haciéndome oír por encima de la música.
-          ¡Bien! –me sonrió él. Y entonces vi en sus ojos la decepción. ¿Acaso pensaban que iba a ir disfrazada? ¿De qué iba a ir? ¿De momia? Porque lo único que tenía en casa era eso. Y tampoco es que me guste la idea de disfrazarme.- ¿Te gusta la música? –me preguntó, contento. Talvez la había elegido él y no es que la música disco me desagrade pero no me siento con ganas de bailar al escucharla. Soy más de country-blues americano.
-          ¡Sí! –mentí, fingiendo bailar de forma muy torpe y graciosa. También di una vuelta sobre mí misma simulando tropezarme con los tacones de las botas de charol borgoña y punta cuadrada. No iba disfrazada pero sí me había vestido de una forma más formal, con un vestido de tirantes y talle corto del mismo color que las botas, unas medias bronceadas y una chaquetita de punto negra por encima.- ¡Pero no soy buena bailarina! –me reí, dándole la mano a la mujer rubia.- ¡Soy Ann, encantada! –decidí saludar primero, sonriendo de tal forma que me dolían las mejillas.
-          ¡Yo soy Sammantha! –me devolvió la sonrisa ella, apretando con delicadeza mi mano. Y reparé en que era incluso más pequeña que yo. Seguramente debía medir, como mucho, el metro cincuenta. Me pareció tener frente a mí un matrimonio muy contrastado.- ¡Puedes llamarme Sam, o Sammy! ¡Como quieras! –Parecía muy maja pero yo no podía evitar echar de vez en cuando miraditas por la pista en busca de Dylan, del cual no había ni rastro.
-          ¡Vale! –dije, no muy segura a qué.
-          ¡¿Te gusta la fiesta?! –me preguntó él, agachándose para estar un poco a nuestra altura.
-          ¡Cariño, déjala! –lo riñó ella.
-          ¡No pasa nada! –lo disculpé.- ¡Me encanta! ¡Está todo muy bien!
-          ¡Pues acostúmbrate porque es una tradición anual! –se alegró Roger.- ¡Nos encanta celebrar Halloween!
-          ¡Ya lo veo! –le di la razón, escudriñando rápidamente la pista una vez más.
-          Emm… -comenzó Sam.- ¡Creo que deberíamos dejar que Ann conozca a más gente! –sugirió, empujando a su marido.- ¡Vamos a bailar y a divertirnos! –le ordenó. Aunque a mí me impresionaba más que pudiera mover a su marido siendo tan delgada y frágil. O eso parecía.- ¡Chao, Ann! –se despidió, girando la cabeza hacia mí y mostrándome una sonrisa radiante.
   Seguidamente desaparecieron entre la gente.
   En ese momento sentí un aliento cálido acariciando my corazón y supe que tenía una nueva amiga. Sam y yo nos íbamos a llevar bien, de eso no había duda alguna.
-          ¡¿Ann?! –me llamó alguien tras de mí, de nuevo. ¿Quién era ahora?
   Me giré sin muchas ganas para ver a Susan, que venía hacia mí con su aura maternal envolviéndola y vestida de ruja. No encajaba mucho en ese disfraz pero decidí elogiarla en cuanto estuvimos cerca la una de la otra.
-          ¡Bonito disfraz!
-          ¡Sí! –rió, entornando los ojos y formando hoyuelos en las comisuras de sus labios.- ¡Es un buen “disfraz”! –me dio la sensación de que ya había oído esa palabra con ese mismo tono. Muy raro, sin duda.
-          ¡Te queda bien! –le dije. Y así era pues, mirándola de cerca, no le estaba mal del todo.
-          ¡¿Y tú?! –se extrañó.- ¡No vas disfrazada! –Agradecí su sinceridad. Aunque, extrañamente, ella no mostró decepción, si no pena.
-          ¡No tenía nada que ponerme! –argumenté.
-          ¡Ah! ¡Qué pena! –dijo. Pero creo que pensó que la estaba mintiendo.- ¡¿Quieres que te presente a los demás?! –se ofreció, señalando a los que bailaban.
-          ¡No, gracias! –me apresuré en decir.- ¡Preferiría descansar un poco! –Y ante su atenta mirada continué:- ¡Tengo sed! –declaré, gesticulando.
-          ¡Ah! –cayó en la cuenta.- ¡Allí tienes de todo! –me señaló unas mesas al otro lado de la sala.- ¡Sírvete! –me dijo. Y yo miré hacia las mesas.
   Pero cuando volví a mirarla, ella ya no estaba.

   De camino a las mesas mucha gente se me presentó aunque, realmente, no recuerdo a ninguno. Tampoco recuerdo de lo que hablé con ellos o de lo que hice. ¿Cuántos eran? Muchos. ¿Y sus nombres? Ni idea.

Ya en las mesas, me serví un vaso de ponche de frutas y me apoyé en una pared, alejada del gentío y observando que, al contrario de cómo imaginaba, en la fiesta solo había gente desde dieciséis años hasta no más de cincuenta. Al parecer, los papás y mamás se iban de fiesta con sus hijos en aquel pueblo. Nunca lo habría dicho.
-          ¿Te diviertes?
-          ¡Ah! –me asusté, brincando y girándome para ver quién me había susurrado desde atrás.
   El hombre que había estado buscando se encontraba frente a mí, apoyado con un codo en la pared y la mano de ese brazo en la cabeza, apartándole unos mechones grisáceos de los ojos verdes arena. Iba con una camisa blanca y fina y unos tejanos de color azul claro y unas botas rancheras marrones. Llevaba una tejana colgada del otro brazo, en la mano del cual había un cigarrillo encendido. Él me miraba, con la cabeza gacha, como si lo hiciese por encima de unas gafas imaginarias. ¿Acaso había visto algo en mí que no hubiese notado por la mañana?
-          ¿Dylan? –me sorprendí, acercándome un poco para que me oyera mejor. En aquella zona oscura de la pista la música se oía más difuminada a causa del bullicio de conversaciones alrededor.- Te he estado buscando –suspiré, apoyándome de nuevo en la pared y dejando una separación de medio metro entre nosotros.- ¿Dónde estabas?
-          Por aquí –respondió sin más, acercándose a mí.- ¿Y tú?
-          Ya ves. –Y levanté el vaso de plástico con ponche dentro.- Pasando el rato.
   Esperé que continuase con el diálogo pero no dijo nada. Lo miré y, disimuladamente, me alejé un poco más, fingiendo rodar mis tobillos falsamente adormecidos y hacer crujir mi espalda. Eso segundo fue real, por cierto. Pero él no dejaba de mirarme fijamente, cosa que me hizo pensar: «¿Tengo algo raro?» Y me observé detenidamente, agachando la cabeza y haciendo rodar un pedazo de fruta dentro del líquido rojo y alcohólico. Le había pillado el gustillo al brebaje, de verdad.
   Entonces él se medio rió sin abrir la boca, resoplando un poco por la nariz y haciéndome llegar su aroma, a colonia y alcohol. Él seguramente había bebido más que yo y, a juzgar por el color de sus mejillas, estaba borracho. Suspiré de decepción, preguntándome si podría disculparme debidamente estando él en aquel estado.
-          Hueles a alcohol –le confesé, usando aquello de pretexto para apartarme un poco más. Con ello me sentí mejor, menos angustiada.
-          ¡Eres muy joven! –espetó él de repente, sobresaltándome.
-          ¿Qué? –No acababa de comprender a qué se refería.
-          No me había fijado –reveló, cogiendo mi barbilla y acercando su rostro para verme mejor.- Esta mañana parecías más mayor. –El sentir su aliento tan cerca hizo que me crispase por entero, apartando su mano y alejándole de mí.
-          ¡¿Qué haces?! –me sonrojé, nerviosa.
-          ¿Qué edad tienes? –siguió a su rollo.
-          Diecinueve –murmuré, enfadada con el hecho de que todos se fijasen en la edad de mi cuerpo y no la de mi mente. ¿Por qué me veían todos como una niña? ¿Cómo una cría que se  ha independizado y vive del dinero de los papás?
-          ¿Cuántos? –se sorprendió.
-          ¡Diecinueve!  -alcé la voz.
   Y él no dijo nada. Se quedó callado, apoyando la espalda en la pared y dándole largas caladas al cigarrillo, que parecía no terminarse. Pensativo, así estaba. Mi pequeña furia se calmó poco a poco en ese periodo de tiempo, dejándome fría como el agua del lago. Pensé en Donatello y en lo solo que debería sentirse en casa en aquellos momentos, aunque, seguramente, estaría durmiendo. La chica del camisón blanco también llegó a mi mente durante unos instantes, acompañada del recuerdo del bebé degollado, tan desagradable y triste como la primera vez.
   Entonces algo peludo y móvil llamó mi atención.
-          ¡Tienes cola! –voceé, sorprendida y con los ojos como platos, observando con curiosidad el rabo con el pelo del mismo color que la testa del dueño. Este se movía con viveza y casi parecía irreal.
-          ¿Eh? –se sorprendió él.- Pues como todos los hombres, tontaina –bromeó.
-          No digo eso –negué con el cuerpo enérgicamente. Luego señalé la cola, que seguía moviéndose.- Me refiero a “esa” cola. –Entonces miré en derredor para ver que nadie nos observaba a causa de mi pequeño chillido.
-          ¿Esto? –preguntó, cogiéndola y mostrándomela.- Es mi disfraz –me informó, sonriendo con picardía.
-          Y vas de… -comencé, extrañada y sin dejar de mirar la extremidad un segundo. No es que no confiara en la palabra de Dylan pero aquel rabo se movía demasiado para ser de mentira.
-          De hombre lobo –concretó.- ¿A que parece de verdad? –me preguntó, sonriendo mientras chupaba de nuevo el cigarrillo y lo dejaba esta vez en su boca, aguantándolo con los dientes a un lado.
-          Sí –admití, un poco extrañada aún. Y entonces él me quitó el vaso de ponche.
-          Aún eres pequeña para beber esto –observó, quitándose un momento el pitillo de entre los labios para beberse de un solo trago todo el ponche.- Te traeré un refresco –balbuceó, irguiéndose y comenzando a caminar hacia la mesa de las bebidas. Pero dio un traspié y casi cayó. Suerte que lo agarré, poniendo uno de sus brazos por encima de mis hombros.
-          Verás… -comencé, aprovechando el momento.- Me gustaría que me perdonaras por lo ocurrido esta mañana –declaré, haciendo que se apoyase en la pared de nuevo y alejándome de él.- La verdad es que no soy buena en esto de socializarme y… cuando un hombre esta muy cerca de mí pues… yo… -No sabía cómo decir claramente todas las ideas que rondaban mi cabeza. Conocía a la perfección mi discurso pero, a la hora de pronunciarlo, se me trababa la lengua.
   De repente, él me agarró y acorraló contra le pared, apretándose contra mí. Entonces comencé a sentirme angustiada y con falta de respiración. El corazón se me aceleró y noté como mi cuerpo comenzaba a temblar, nervioso.
-          ¿Así? –bromeó él, acercando su cara a mí y sintiendo mi tembloroso aliento al igual que yo el suyo, con olor a alcohol y tabaco. Aunque su aroma tenía un fondo dulce de colonia y hombre. No sé como expresarme correctamente. Me sentía como una niña abrazada por su papá.
-          Apártate –le ordené todo lo ruda que pude, haciendo que su rostro risueño se serenase lo suficiente.
-          Vale –dijo en el mismo tono que por la mañana.- Vamos –me ordenó, cogiéndome del brazo y arrastrándome hacia una puerta que llevaba a un largo pasillo. Al fondo seguramente estarían los baños y la cocina. Al otro había unas escaleras de subida y otras de bajada.- Tengo que decirte algo, Ann –se puso serio, cogiéndome de ambos brazos con fuerza.
-          ¿El qué?
-          Es… Yo… -empezó a mascullar, hecho un lío con todos sus pensamientos.
-          ¿Qué ocurre? –le pregunté, preocupada y zafándome de su presa para coger su cara entre mis manos, notando su mandíbula y su calor. Podía ver mi curiosidad reflejada en sus negras pupilas y mi preocupación en el temblor de mis manos.
-          Yo no… -gimió, desalentado y con la mirada perdida.
-          Dylan –lo llamé para traerlo de dondequiera que estuviese.
-          Tu casa… –susurró, antes de desmayarse y caer sobre mí.
   Sin poder aguantar su peso muerto, mis piernas cedieron y caí con él encima de mí. Entonces no sentí angustia, únicamente ahogo. Pesaba una tonelada.
-          ¡Dylan! –voceé, abofeteándole la cara.- ¡Dylan, despierta!
-          Lo siento –masculló entre sueños, acompañado de leves bufidos y respiraciones lentas.
   Poco a poco, mi cuerpo se acostumbró a su peso pero lo que más me sorprendía es que nadie pasara por allí.
   De repente, todas las luces del pasillo de apagaron, quedándonos a oscuras totalmente. Sólo podía ver algo de luz en la rendija de la puerta que llevaba a la sala de baile. Todo a mi alrededor se había sumido en las sombras y comencé a hiper-ventilar, histérica. Me parecía ver que las sombras se movían. Venían a por mí.
-          Dylan… -susurré, zarandeándolo. Desde el final del pasillo venía un hombre armado con un cuchillo de carnicero.- Dylan –dije, temblorosa toda yo. Aquel ser se movía hacia nosotros, levitando. Era una sombra de dos veces mi tamaño y con los ojos rojos y brillantes como la sangre.- ¡Dylan! –grité, aterrorizada.
   Con todas mis fuerzas, lo empujé a un lado y me levanté. Me giré para correr pero tropecé y caí de rodillas, quejándome de dolor. Sentí de repente una brisa fría a mis espaldas y, aún estando a oscuras, podía ver frente a mí la sombra, alta y aterradora, del hombre del cuchillo. Podía oír la sangre fresca goteando de la cuchilla afilada y su respiración fatigosa y con hedor a putrefacto. Era un olor denso, como a muerte. Y por todo eso yo no quería volver la cabeza atrás pues creía que, cerrando los ojos e ignorándolo, desaparecería tan rápido como había aparecido. El corazón me latía a mil por hora y mis párpados se abrían solos. Mis piernas ansiaban salir corriendo de allí, solo yo las retenía atadas al suelo. Solo yo y mi miedo. Un miedo que me hacía temblar.
   Entonces él dio un paso más y noté como pisaba mi vestido, haciendo que notase que no era un fantasma, que era material. Era de verdad y estaba a punto de matarme. Estaba a punto de matarnos a Dylan y a mí.
   Él avanzó una mano hacia mí, lo sé porque lo presentía. Él estaba preparado para rebanarme el cuello en segundos. No. ¡No! No podía permitirlo y, llorando, pidiendo perdón a Dylan, me lancé estirada al suelo para esquivar el filo del cuchillo, que enganchó mi chaqueta y la arrancó de mí. No podía entretenerme y me levanté tan rápido como pude para salir corriendo pasillo abajo, histérica y con el corazón en un puño. Podía oír como me seguía ese hombre pero no podía correr más. Seguía notando su aliento en mi nuca y escuchaba su carrasposa voz en mis oídos, susurrando palabras ininteligibles. Así que apreté el paso, corriendo como nunca lo había hecho.
   Al final del pasillo pretendí girar para entrar por la puerta del otro lado a la sala de baile y pedir ayuda, pues pretendía gritar pero la voz no me salía, pero el suelo, resbaladizo, hizo que me cayera y me deslizase escaleras abajo hasta una puerta de metal oxidado. Con los pulmones trabajando al cien por cien, quise levantarme pero las piernas me fallaban, doloridas. Parecía que la cabeza me iba a estallar del dolor y el cuerpo me pesaba tanto y lo tenía tan entumecido que no podía moverme.
   Hice fuerza para levantarme pero, cansada, eché la cabeza hacia atrás y vi, al inicio de la escalinata, al hombre del cuchillo, mirándome mientras bajaba escalón a escalón, seguro de que ya me tenía. Aunque en su rostro no había facciones podía ver claramente como gozaba con la situación, sonriéndose por dentro y con la euforia retenida bajo la piel, frisando salir en forma de adrenalina pura y dura.
   Pero yo no iba a dejarme matar tan fácilmente y, con esfuerzos mil, conseguí que mis piernas se movieran. Lo hice con mucho cuidado para que él no se diese cuenta. No quería que me atrapase y, tan rápidamente como me permitió mi amoratado cuerpo, me lancé a abrir la puerta, que parecía atrancada por algo. ¡No!, grité, trastornada mientras sacudía la puerta y la empujaba para que cediese contra mi peso y fuerza. Podía oír sus pasos, rápidos, bajar por los pequeños peldaños como si volara, como un verdadero fantasma.
   De repente la puerta cedió, haciendo que cayera dentro de la habitación de bruces, como estirada por algo. Pero me incorporé ágilmente para cerrar el portón oxidado, viendo la sombra con el cuchillo alzado a punto de atacarme. Y, con el pánico hirviendo en mis venas, empujé con fuerza la puerta para echarlo de allí. Para que se quedara fuera. Él intentó arrollarnos a la puerta y a mí pero clavé mis pues en el suelo e hice chillar mis músculos hasta que sacaron la fuerza necesaria para dejarlo fuera y, como un rayo, cerrar la puerta con falleba, atrancándola luego con una silla que tenía a mano.
   Aún nerviosa y asustada, me dejé caer al suelo, respirando profundamente y sollozando. Y me fijé en que, frente a mí, no había una habitación si no un largo pasillo de suelo de cemento encharcado con tuberías sobresalientes de las paredes y un frío agresivo que me calaba los huesos. Parecía algo así como un sótano donde estaba la sala de calderas. No estoy segura del todo pero solo sé que no veía el final del pasillo.
   Allí, fijándome durante unos instantes, pude ver a la chica del camisón, la de mi sueño, de pie y mirándome con los ojos que no tenía. ¿Qué hace aquí?, me pregunté, levantándome.
   Y un fuerte sonido me asustó. Era la sombra aporreando la puerta, furiosa y dispuesta a entrar como fuese.
   Por eso, sin pensármelo dos veces, seguí a la chica de blanco por los pasillos. Ella me producía una grata sensación de seguridad aun con el hecho de que la temía, como a todo ser que no pertenece a este mundo.
   Recorrimos un pasillo tras otro, perdiéndonos en aquel laberinto de tortuosos y oscuros pasajes iluminadas únicamente por… ella. Aquella chica parecía refulgir con una luz blanca y tenue, difuminada como la misma, que en ocasiones parecía a punto de fundirse con el entorno y desaparecer frente a mi atenta mirada. Quise preguntarle varias veces a dónde me llevaba pero tenía la sensación de que lo sabía, aunque no podía expresarlo con palabras.
   Lo único que oía eran mis pasos, pues ella levitaba y, además iba descalza. Me fijé en que se movía a retazos, como a fotogramas. Pero aun con eso mi mente me engañaba, haciéndome creer que se movía de forma fluida. Engaño que se ayudaba del hecho de que su cabello y camisón se movían gracias a un vendaval inexistente, haciendo más caótica su figura, que a la vez denotaba furia y ganas de venganza.
   Estaba tan abstraída con toda ella que casi no reparé en que se había parado y miraba, estática y a la vez móvil una puerta de madera vieja con un enorme picaporte. La miré y pensé que pesaría toneladas por lo que me volví hacia ella, preguntándome: «¿Qué tengo que hacer?» Y la respuesta me la dio ella, mirándome unos instantes con sus cuencas vacías y traspasando la puerta después, cosa muy normal en un fantasma. Aunque no pude reprimir un escalofrío al verlo. Todo era muy extraño y tenía la sensación de que… no sé,  de que estaba debajo del agua o algo así.
   Puse mis palmas sobre la puerta y enseguida noté que estaba caliente aunque el resto del lugar era frío como el hielo. La empujé un poco, solo un poquito, y se abrió, resquebrajándose de arriba a abajo para dejar paso a una luz amarilla y cálida que calentó mis mejillas y a una brisita primaveral que secó mi cabello húmedo. Quería ver qué había allí dentro así que empujé con más fuerza, ansiosa de más de aquel néctar de vida. Casi podía mascar aquel hálito de sabor dulce y frutal y aroma a flores silvestres. Sentía como todas mis células querían abrazarla y fusionarse con ella. Se marcó una sonrisa en mi cara, incluso. No podéis imaginar qué era aquello. Era mejor que el paraíso.
   Pero, de pronto, al abrir la puerta desapareció, haciendo que el alma se me cayese a los pies y que comenzara a llorar, levantando las manos y musitando: «No…» Aún podía sentirlo en las yemas de mis dedos, como un hormigueo, pero ya no estaba. Se había esfumado, como un pajarito que echa a volar y se pierde de vista, y no ni siquiera me había dejado verlo.
   En su lugar había un pequeño cuarto cuadrado de poco más de dos metros cuadrados. Era diminuto y estrecho como todos los pasillos de aquel lugar y me angustiaba. Me sentía ahogada den aquel lugar tan o más húmedo que el resto y oscuro como la boca del infierno. Además, allí no había nada. Solo cuatro paredes hechas con ladrillos negros y redondeados, desgastados y molidos por el tiempo.
   La chica de blanco estaba con una mano apoyada en la pared del fondo, mirándome sin verme, como si me llamase. Y yo me acerqué a ella para ver qué quería. Me pareció que miraba algo a la altura de nuestras manos y, buscando lo que miraba, vi una especie de hansa grande de hierro, igual de oxidada que el resto del lugar.
   De pronto, ella desapareció frente a mis ojos, evaporándose como un soplo de aire fresco. Y me quedé sola en aquel sitio lúgubre, en silencio.
   Me quedé mirando durante unos instantes aquella hansa y, por hacer algo, la cogí con ambas manos, poniendo una sobre otra. Noté entonces como parecía salir, como si yo hubiera tirado de algo dentro del muro de piedra. Lo miré fijamente y vi que era algo parecido a un cofre de esos antiguos. Un arcón revestido con el mismo material que el hansa. Eso había dentro de la pared.
   Tiré de él con fuerza, dispuesta a sacarlo, pero no quería ceder el maldito cofre y estiré más de él, pero estaba atascado.
   Y de golpe salió, disparado. Como si alguien lo hubiese empujado desde el otro lado. Cayó al suelo con un fuerte golpe que me taladró los oídos y resonó a lo lejos, haciendo eco. Pero ya estaba fuera así que lo abrí rápidamente, viendo dentro de él un medallón del tamaño de mi palma que parecía algo raro. No sé exactamente qué parecía pero lo que más me llamó la atención fue que tenía un zafiro engarzado en las raíces de metal que formaban un dibujo dentro del redondel exterior. Era un metal brillante… Me gustaba.
   De repente, sentí algo a mis espaldas. ¿La chica de blanco? No… Era algo más grande. Algo cuya sombra era capaz de eclipsar toda luz. Y sentí un escalofrío al oír su respiración, fatigosa y lenta. Podía sentir como se reía y cuando me giré solo pude ver una sombra gigantesca lanzarse sobre mí.

-          ¿Ann? –me llamó, preocupada, la voz de Dylan.
   Abrí los ojos y lo vi sobre mí, preocupado mientras me daba palmaditas en las mejillas para despertarme. Pestañeé varias veces antes de reparar en dónde estaba: el pasillo. Podía escuchar una maravillosa balada al otro lado de la pared a la vez que sentir las vibraciones de los bajos de la melodía en el suelo, donde estaba estirada. ¿Qué hacía allí de nuevo?
-          ¿Dylan? –le reconocí al fin, aún un poco desorientada. El corazón me iba a una velocidad de vértigo, bombeando demasiada sangre a la vez y haciendo que me marease.- Tengo// -quise decir, pero me llegó bilis a la boca y tuve que aguantarla, callándome.
-          ¿Qué? –no comprendió, levantándose.
-          Necesito levantarme –le repetí, dándole mi mano para que me ayudase en mis intenciones.
   Y, agradablemente, lo hizo, elevándome de golpe y cogiéndome de la cintura para que no me cayese. Con eso, comencé a sentirme angustiada. Estaba claro que no soportaba el acercamiento, y menos el contacto directo, con otra persona. Y en el caso de los hombres era peor. Sentir su cuerpo, duro y plano, contra mí me producía una sensación, extraña, por supuesto. Es lo que tiene el no haber tenido… ejem, relaciones naturales con otro hombre en bastante tiempo. Y, a la vez, el hecho de sentir su enorme corazón latiendo con fuerza bajo la piel hacía que no me molestase tanto ese contacto.
-          Vaya –se sorprendió él agradablemente, separándose un poco de mí. Y por eso lo miré, inquisitiva.
-          ¿Qué//? –Pero antes de que pudiese seguir mi pregunta quedé hechizada por sus ojos, brillantes y hermosos a más no poder.
-          Eres tan delgada que… -comenzó, sonriendo de esa  forma que atraía a mis pupilas.
   De repente se apagó la música de la sala de baile, haciendo que reparase en algo crucial.
-          ¿Qué hora es? –pregunté, nerviosa, mientras me separaba de sus brazos.
-          Em…  -vaciló unos instantes, rascándose la nuca.- Creo que las dos o las tres. No estoy seguro.
-          ¡Donatello! –me asusté, pensando en lo solo que debía sentirse en casa, a oscuras y sin mí.- Tengo que irme –declaré, cogiendo mi bolso del suelo y dirigiéndome hacia la salida de incendios, la más cercana al aparcamiento.
-          ¡Oye! ¡Ann! –me llamó, haciendo que me volviese hacia él antes de cerrar la puerta roja.- ¡Lo siento mucho! No debería haber bebido tanto y… -se arrepintió.
-          No pasa nada –le sonreí.- ¡Ya nos veremos!
   Pero antes de que se despidiera de mí  cerré la puerta y me dirigí al coche mientras sacaba las llaves del bolso sin mirar dentro siquiera. Extrañamente, de dolía la cabeza.
   Me senté en el asiento del conductor y lancé el bolso en el del copiloto, haciendo que de él saliesen un par de cosas y, de ente ellas, algo que provocó un sonido metálico que llamó mi atención. Al mirarlo, vi el colgante de mi “sueño”, pues seguramente había perdido el conocimiento al golpearme la cabeza mientras caía bajo el peso de Dylan. Era igual a como lo había visto y, en un principio, no me atreví a tocarlo. Pero la curiosidad me obligó a hacerlo ya que quería saber si era real. Si no era una alucinación provocada por el golpe.
   Lo noté frío al tacto, como todo metal. Era tan brillante como el acero y con el zafiro, de un color azul intenso, engarzado en medio de la estructura… Era real. No eran locuras. Y eso significaba que, seguramente, la chica de blanco también y… ¿y la sombra del cuchillo? ¿Era real también?
   De repente alguien golpeó mi ventana, haciendo que me sobresaltara y diese un chillido histérico, soltando el colgante, que cayó sobre la alfombrilla del copiloto.
   Miré a aquel alguien, reparando en que era Dylan, apoyado con ambos puños en la helada ventanilla y formando vaho con su aliento. Eso casi no me dejaba verle.
-          Ann –me llamó, pidiéndome que bajase la ventana. Y la bajé, por supuesto.
-          ¿Qué quieres, Dylan? –le pregunté, algo cansada. Ahora creo que soné algo borde, como si él me molestara.
-          Ehhh… -dudó, algo cortado.- Te dejabas la chaqueta –me informó, sonriendo con incomodidad mientras me ofrecía la chaqueta de punto. Al mirar sus ojos, vi a un perrito apenado, con el rabo entre las piernas y las orejas gachas.
-          Ah –Me quedé cortada, como él, arrepintiéndome por mi actitud y achantándome un poco.- Gracias –le sonreí, cogiéndola y poniéndomela.- Muchas gracias.
-          De nada –sonrió de forma radiante. Era tan fácil hacerle feliz que me sentí como si hubiera ayudado a un pajarito a volar.
-          Buenas noches –me despedí, encendiendo el motor.
-          Buenas noches –dijo, algo embobado mientras me ponía en marcha y le decía adiós con la mano izquierda y lo dejaba allí.

   No dejé de mirarle por el retrovisor hasta que doblé la esquina y lo perdí de vista. Aun así, yo sabía que él seguía en el mismo sitio, echando raíces mientras intentaba buscarme con esos ojos oliva arena que me hipnotizaban y prendían mi corazón como una flor a una mariposa.