Thursday, August 1, 2013

Cartas III y IV

20 del II del año 1

Hola, Jean:
   Comprendo cómo te sientes y creo que es normal. Yo me paso la noches pensando en si lo que quiero hacer está bien. Me hacen ir a sesiones de terapia con mujeres que han sido violadas, maltratadas. Cuando estoy allí no me siento parte de ellas. Yo no te veo como un enemigo, me salvaste la vida. Las otras mujeres describen su experiencia como si los hombres que las atacaron fueran animales que les arrancaron la ropa y amordazaron sus gritos mientras las abrían de piernas para hacerles daño. Esas descripciones son demasiado diferentes a mis recuerdos. A lo mejor si te cuento mi versión de la historia consigues entenderme un poco.
   Aquella noche tenía miedo y mi madre me había ordenado que me escondiera. Cuando me atraparon, me arrastraron hasta el salón y vi a mis padres ejecutados. La sangre me hizo gritar y llorar. Quise salir corriendo e intenté soltarme pero eran más fuertes que yo. Lo único que pensaba era: Yo no he hecho nada, no merezco morir. No quiero morir.
   Uno de vosotros tubo la idea de “mandar un mensaje”, de mostrarme mi lugar ahora. El hombre con el número 182 te llamó y te ordenó que “te me tiraras”, “que hicieras llorar a la puta hija del dictador”. En tu cara vi que no querías hacerme aquello y como dudabas el hombre te apuntó son su arma y te repitió la orden. Así que rápidamente tiraste de mí escaleras arriba y me lanzaste sobre mi cama antes de cerrar la puerta. Tenía tanto miedo que no dejaba de temblar y de suplicar por mi vida.
   Ante mí, te desnudaste y la vergüenza aplastó al miedo. Nunca había abrazado a un hombre, nunca había besado a un hombre, nunca había amado a alguien. Te sentaste a mi lado en la cama  y acariciaste mis brazos con un dolor tan fuerte marcado en la cara que me quedé inmóvil. Me tumbaste y me desnudaste aunque yo intentaba taparme. De repente me besaste y empezaste a tocarme donde nunca me había tocado nadie. Sabía que aquello estaba mal y quise apartarte, morderte la lengua. Hundiste la cara en mi cuello y me pediste perdón. Seguiste pidiéndome perdón mientras lamías cada parte de mi cuerpo y yo gritaba, negando que aquello me gustara. Ahora creo que puedo decirte que me gustaba, que calentaba mi cuerpo como si estuviera en una sauna.
   No me obligaste a hacer aquello que me han dicho otras mujeres, no hiciste que “te la chupara”. Lamiste mis partes íntimas y te apoyaste en ellas con eso (me da vergüenza llamarlo por su nombre). Estaba tan nerviosa mientras lloraba y tu mano sujetaba mis muñecas que grité cuando entraste en mí. Nunca había sentido algo tan doloroso. Te abrazaste a mí y seguiste abriéndote paso en mi cuerpo mientras te pedía que la sacaras y te arañaba la espalda. Me besaste de nuevo y mordí tu labio. ¿Te duele aún? Acariciaste mis pechos y ese calor volvió a mi cuerpo. Dejó de dolerme pero seguí gritando porque no quería admitir que me gustaba. Miraba tu cara y veía un arma en tu nuca. No sé si lo notaste, pero tuve un orgasmo poco antes de que te vaciaras en mí. Y siento mucha vergüenza, no odio ni rencor. Me avergüenza y me siento culpable por fingir que no me gustó.
   Jean, aquella noche los dos fuimos las víctimas. Esos hombres nos obligaron a hacer algo que no queríamos y aquello ha germinado en un bebé que aún no puedo notar dentro de mí. Crees que no tienes derecho sobre él o ella pero no es así. En estos tres meses que he estado buscándote, he tenido tiempo de decidir si quería tener este bebé o no, en si quería culparte de todo lo de aquella noche o no. Ahora ya sabes, espero que sepas, que no te culpo y que quiero que nos conozcamos mejor. Aquella noche vi en ti algo que nunca había visto en nadie más: a un igual. No sé si entenderás lo que te quiero decir pero este bebé necesitará un padre… ¿Te gustaría serlo? Lo único que quiero es que nuestro hijo (o hija) sea una buena persona, que no haga daño a nadie, que crezca envuelta en amor. Quiero dar a esta personita lo que no he tenido yo. ¿Querrás ayudarme?
   Un saludo y disculpa esta carta tan extraña. Estoy muy nerviosa.
Calista

                                                                                                                                                                   

24 del II del año 1

Para Calista:
   No entiendo cómo he llegado a conocer a una persona tan buena como tú. Aquella noche sólo pensaba en decirte que no quería hacerte daño, en que lo hacía para que ambos pudiéramos seguir viviendo. Fue egoísta por mi parte pero me alegra que actuaras, que gritaras. Si los demás hubieran descubierto que te estaba gustando habríamos muerto los dos. Si te soy sincero, sí que noté que te corriste tuviste un orgasmo. No soy bueno expresándome de una forma correcta, disculpa. No puedo hacerlo tan natural como tú.
   Cuando he leído que quieres que sea el padre de nuestro bebé, me he alegrado tanto que me he puesto en seguida con esta carta porque soy muy lento escribiendo bien. Me paso horas pensando en cómo escribir una palabra para no tener faltas y, a veces, le pregunto al vigilante que hace la ronda por delante de mi celda. Es un buen hombre.
   ¡Sí! ¡Sí que quiero ser el padre de nuestro bebé! Calista, no creo que sepas lo mal que estuve hasta recibir tu carta. Me has salvado, gracias. Me he sentido furioso, me he odiado a mí mismo, a ti, a todos los que dijeron ser mis “compañeros”. Odiaba al juez y a esta sociedad por encerrarme en este agujero frío y dolorosamente solitario. Maldecía mi suerte y lo único que me hacía no perder las ganas de vivir era la posibilidad de salir de aquí para enfrentarme a un juicio cuando decidieras denunciarme. Después, estaba dispuesto a perderme dentro de mí mismo.
   Lo siento… Ojalá pudieras haberme visto llorar por ti cada noche y no dormir por miedo a volver a soñar con lo que te hice. Sigo sintiéndome sucio, como si realmente fuera un monstruo.  Intento creerme tus palabras (no digo que me mientas) e intento buscar algo bueno dentro de mí. Vivo cada día pensando en el momento en el que pueda ver a nuestr@ hij@, aunque para eso aún falta mucho tiempo. Ahora odio no poder salir antes, no poder estar a tu lado. Estoy muy confuso, Calista. A veces estoy contento y cuando despierto la realidad me hunde y me hace ver que no soy más que un hombre que no podrá tener la vida que un día quiso.
   Por favor, háblame de ti, de cómo estás. Quería escribirte una carta que te hiciera sonreír, como las que me mandas tú. Y, por cierto, no sientas vergüenza aunque me alegra saber que lo hice bien (también fue mi primera vez). No sabes cómo quisiera verte y hablarte cara a cara porque entonces a lo mejor… No, déjalo. Si te viera no sería capaz de hablar contigo con sinceridad.
   Calista, me dijiste que habían intentado asesinarte. ¿Quién fue? ¿Te están protegiendo? Siento no haberte preguntado antes por esto pero no le diste importancia y yo he pensado tanto en el bebé que… ¿No habrán sido ellos? Temo por ti, temo por los dos. Y odio tener que esperar a que te llegue la carta y me llegue la tuya en respuesta.
Un hombre preocupado,
Jean