Tuesday, August 6, 2013

Deadword's Phantoms III.- Un paseo nocturno

   Llueve… Sí. Eso fue lo primero que pensé al oír las millones gotas golpeando mi ventana. Llovía a cántaros fuera, sí, pero yo, acurrucada entre sábanas y edredones, mantenía mis ojos cerrados, intentando entrar en calor. Por mucho que me hiciera un ovillo, tenía frío porque, de nuevo, el motor me había dejado tirada. ¿Por qué en mitad de la noche?, lloriqueé, metiendo la cabeza bajo la funda nórdica e intentando dormirme de nuevo.
   De repente, noté algo entre las sábanas y me levanté de un brinco,
destapando a quienquiera que estuviese allí. Pelo negro y ojos saltones. Donatello. Al parecer, se había metido conmigo porque también tenía frío.
-          Tonto –le dije, sentándome a su lado y abrazándolo. Su pelo, siempre tan suave, estaba húmedo y frío.- ¿Es que has estado bajo la lluvia o qué? –me reí, tapándolo hasta la cabeza.
   Al sonido del crujir de los tablones del pasillo, ambos giramos la cabeza, sincronizados y en guardia. ¿Qué ha sido eso?, me pregunté, mirando a mi perro y buscando en él una respuesta que no me dio, por supuesto.
   Noté como el ambiente de la habitación se enfriaba por momentos, pudiendo ver incluso un hálito helado y blanco que comenzaba a invadirlo todo, entrando como unas manos tenebrosas desde la puerta, abierta de par en par. El parqué parecía comenzarse a recubrir con una fina y traicionera capa de escarcha y me lo quedé mirando, viendo como se transformaba en el espejo más grande del lugar. Creo que casi podía oír también un sonido parecido al crepitar del hielo cuando le echas agua templada. Aunque en ese momento era al revés, todo se estaba congelando por momentos. Y mi acto reflejo en ese caso fue sacar rápidamente los pies de una posición cercana al suelo y sentarme, enrollada entre las sábanas con Donatello.
   De repente, reparé en que algo no cuadraba en el reflejo del suelo pues en él podía ver a alguien que no estaba con nosotros. Miré el umbral de la puerta para cerciorarme pero en seguida volví a mirar el suelo al ver que, en efecto no había nadie. Pero ya no había nada en el reflejo y, segura de que se había movido, comencé a rebuscar por toda la superficie helada. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba la chica de la sudadera azul? ¿Dónde?
-          ¡Ah! –grité de forma ahogada al ver que estaba a mi lado, en el reflejo junto a mis zapatillas.
   Vista desde aquella perspectiva, no podía verle la cara pero supuse que era ella por el cabello mojado. Aunque esta vez iba vestida con unos tejanos y la sudadera azul que había a los pies de mi cama. Era la misma. Exacta.
   Entonces ella, casi invitándome a acompañarla, se encaminó hacia la puerta. Sus pasos, uno con un pie descalzo y otro con una deportiva blanca de cordones, se oían como si estuviese allí y no pude más que estremecerme, respirando profundamente para calmarme y formando vaho en el aire.
   No sé por qué, me levanté, descalza y abrigada solamente con mi camiseta de deporte y la ropa interior inferior, para seguirla. No quería perderla de vista y, mirando el suelo, llegué al pasillo. ¿Por qué me llevas otra vez a aquel cuarto?, me pregunté. Deteniéndome al ver que entraba en el cuarto del bebé y la puerta se abría conforme ella lo hacía en el reflejo.
-          No voy a ir –susurré, segura de mí misma.- ¿Qué quieres? –le pregunté.
   Pero cuando volví a mirar al suelo ya no estaba y, sola en el pasillo, comencé a tener miedo. De pronto todo estaba muy oscuro y mi imaginación volvía a engañarme con falsas visiones de monstruos de todo tipo: sombras humanas que tan pronto como surgían se desvanecían en una mera ilusión; garras de monstruos inexistentes que solo eran las ramas de un árbol cercanas a la ventana; agua que salía del baño pero que solo era… ¿Qué?
   Miré mis pies y vi que todo el piso comenzaba a inundarse. El agua salía tan rápido que pronto me llegó a media pierna, haciéndome retroceder y correr a mi habitación. Puerta cerrada. La de la habitación del bebé, donde estaba la chica de la sudadera, también lo estaba. Pero en su interior podía oírla a ella, llorando de forma aspirada, como si se hubiera quedado encerrada y no pudiese salir. Por eso, quise zarandear la puerta para ver si se abría pero un crujido a mis espaldas llamó mi atención.
   Al instante me volví hacia atrás, viendo que la puerta del baño, al final del pasillo, estaba cediendo bajo la presión del agua. No, pensé, corriendo hacia las escaleras, al lado de la puerta a punto de ceder, con la intención de bajar y huir. Pero los ladridos de Donatello, encerrado en mi cuarto, me hicieron volver a intentar abrir la puerta, llamándolo. ¿Por qué…?, pensaba. ¿Por qué las puertas de esta casa nunca se abren cuando lo necesito? Los ladridos de mi perro me ponían cada vez más nerviosa y los llantos de la chica de la sudadera lo empeoraban. No podía pensar con claridad teniendo tantas presiones encima.
   Y la puerta petó, liberando un torrente de agua que se me llevó por delante y me hizo rodar hasta el hueco de las escaleras, donde me agarré del pasamano para no ser arrastrada a saber dónde. Tanía la sensación de que aquello no era algo casual, que era cosa de… ya sabéis, fantasmas. Alguien quería hacerme daño.
   Tan pronto como comenzó la corriente, se detuvo. A penas habían pasado diez segundos pero todo estaba inundado. Si me ponía en pie en el pasillo, el agua me llegaba al pecho, y toda la planta baja estaba bajo el agua, convirtiéndolo todo en un mundo extraño de tonalidades azules. Por lo que veía desde allí, nada se había movido de su sitio. La corriente no había producido efectos allí.
   Dispuesta a abrir la puerta principal para que toda el agua saliese fuera, cogí aire con fuerza y buceé escaleras abajo, pasando por el salón hasta llegar a la puerta. Tiré del pomo pero no se movía ni un ápice así que estiré de él con más fuerza, poniendo mis piernas en la pared para tener un punto de apoyo.
   Entonces, noté como si me estuvieran observando y, dejando a un lado mi cometido, miré hacia el comedor, viendo al hombre con el cuchillo flotando allí, de una forma antinatural. ¿Cómo había entrado? ¿Qué hacía allí? ¿Era esto también un sueño?
   A penas me dio tiempo a reaccionar pues él se lanzó sobre mí con el cuchillo en alto, intentando clavármelo. Pero hice uso de toda mi fuerza para evitarlo, perdiendo aire en forma de burbujas y sintiendo cómo me quedaba sin él.
   Oía algo a lo lejos, amortiguado por el agua. ¿Eran…? ¿Eran ladridos? Sí. Reconocí a  Donatello, llamándome. Necesitaba mi ayuda. Estaba segura de ello. Tenía que ir en su busca. «¡Donetello!», pensé y grité a la vez,  haciendo que el agua entrase por mi garganta. El líquido era de verdad, pero ahora se había vuelto negro y helado a la vez.
   Abrí los ojos, notando que me faltaba la respiración, y noté que tenía todo el cuerpo helado, calada hasta los huesos. Ya no veía mi recibidor alrededor pues solo había oscuridad y algunos rayos de luz que venían de la superficie del agua. ¿Dónde estaba? ¿Qué ocurría? Pero, al no saberlo, nadé hacia arriba para tomar aliento, notando todas mis extremidades entumecidas, molestas por un hormigueo impertinente.
   Me encontré, entonces, en el sucio lago frente a mi casa. ¿Aquello era un sueño? No, pero… ¿cómo había llegado yo allí? ¿Por qué me había lanzado al lago mientras dormía? Jamás había caminado sonámbula pero, al parecer, eso fue lo que había ocurrido. Y el que me había salvado de ahogarme había sido Donatello, que ladraba desesperado desde el muelle.

   De camino al pueblo, y mientras escuchaba Todo lo que quiero de mi cantante favorito de country-blues, no podía dejar de mirar los dos colgantes gemelos invertidos que parecían observarme desde el asiento del copiloto.
   La noche anterior, al salir del agua y bajo la lluvia, me había encontrado con un colgante, idéntico al que había encontrado en la sala de baile, en la mano. Pero, en vez de tener un zafiro engarzado, tenía un rubí y estaba al revés, con la cadena en el lado contrario al otro. La verdad es que nunca he sabido cómo llegó a mis manos aquel segundo colgante pero no importa. Hay muchas cosas inexplicables en esta vida.
   Pues bien, como iba diciendo, me dirigía al pueblo en coche mientras miraba, de reojo, aquellos dos colgantes, uno al lado del otro, como si odiasen estar los dos en el mismo lugar y en el mismo  momento. O esa era la impresión que me daban.

   Al llegar al pueblo, aparqué cerca de la gasolinera y, guardando los medallones en el bolso-mochila, decidí hacer las compras a pie, aunque tampoco iba a comprar mucho, y así ahorrarme la gasolina. Me quedaba poco más que la reserva y talvez debería quedarme en casa unos días pues parecía que la tormenta no cesaba. Odiaba tener el pelo tan húmedo y encrespado, convertido en la parte de mi flequillo en mechones como serpientes que se pegaban a mi cara. Así que dejé el resto de mi melena dentro del abrigo, poniéndome la capucha hasta los ojos y corriendo a mi primer destino, el supermercado de Susan, la mujer india, para buscar algo que comer pues tenía un hambre atroz –ya que no había desayunado nada de nada-. Y, saludando a la propietaria al entrar, me dirigí a la sección de pastas.
-          ¿Ann? –me sorprendió una voz familiar, sobresaltándome y casi haciendo que se me cayese lo que llevaba en la mano, que no recuerdo qué era exactamente.- ¿Eres tú? –Fuera quién fuese, parecía eufórica, aquella mujer de voz un tanto chirriante.
   Al volverme, vi a Samantha, la mujer de Roger, con una sonrisa de oreja a oreja mientras se me acercaba con un bolso verde y rosa de mano ornamentado con flores a juego con su vestido. Para cubrirse del frío solo llevaba una chaqueta de pana beige abierta. Y, gracias a todo eso, me vi obligada a reparar en mi indumentaria, un jersey negro de cuello cisne y unos tejanos con mis fantásticas botas camperas. A parte de mi abrigo grueso gris cerrado hasta casi la nariz, claro está, y mis guantes sin dedos para poder coger mejor las cosas. Declaro en mi defensa que soy muy friolera.
-          Buenos días –medio sonreí torpemente en un susurro.
-          Muy buenos días –me correspondió, radiante en un día gris como aquel.- Hace frío, ¿eh? –comentó, cogiéndose los brazos con sus delgadas y elegantes manitas heladas de uñas rosas y apuntadas. Una buena forma de comenzar a hablar. Tan sencilla que todo el mundo la usa. Hablar sobre el tiempo es tan normal al comenzar una conversación que casi es tan convencional como el saludo, por no decir que van de la mano.
-          Sí «Aunque no parece que tú tengas mucho frío.» -dije y pensé, pero no lo hacía de mala fe. Sabía que sí lo tenía pero estaba contenta de lucir un vestidito como ese.
-          ¿Y qué te cuentas? –se interesó, poniéndose a mi lado y fingiendo buscar algo en los estantes ante nosotras.
-          Pues nada en particular –mentí. ¿Creías que iba a decirle que veía fantasmas en todas partes y que uno había intentado matarme dos veces en sueños?- Me paso el día abriendo cajas –me reí, acompañada de su melodiosa risita, aunque seguramente lo hacía más por cordialidad que por otra cosa.
-          Vaya… Qué interesante –bromeó.- ¿Cómo te lo pasaste en la fiesta? –cambió de tema en seguida.- No te volví a ver después de conocernos –se enfurruñó, poniendo morritos y fingiendo un puchero gracioso.- Yo quería que hablásemos de mujer e mujer. –Y entonces pareció repara en lo que buscaba.- ¿Has desayunado?
-          Em… Aún no –admití, agachando un poco la cabeza y frotándome las manos, nerviosa. Hasta el momento, después de lo que me había pasado en la ciudad, no había vuelto a tener una conversación de aquel tipo con una mujer de mi edad, más o menos. Samantha parecía tener alrededor de los treinta años. O eso me pareció.
-          Pues vamos –tiró de mí, asiendo una de mis heladas manos y haciendo que toda yo me tensara. Estaba comenzando a sentirme angustiada y ella lo notó, sonriéndome y llamando mi atención:- ¡Ey, Ann! Tranquila, que no te voy a morder. Somos amigas, ¿no? –me preguntó, soltando suavemente mi mano y haciéndome un señal con la cabeza para que la siguiese a la caja. Al parecer, ella sí había comprado algo.
-          Buenos días, Sammy –la saludó Susan, con su típica sonrisa de oreja a oreja. Se asomó por un lado de la rubia para verme, contenta de volverme a ver por allí.- Hola, Ann.
-          H-hola –tartamudeé, tímida y encogida, desde el interior del cuello del abrigo. Tenía la nariz helada.
-          Voy a llevar a Ann a la cafetería y desayunaremos allí –le comentó la esposa de Roger, poniendo sus cuatro cosas en una bolsa de plástico mientras la cajera contaba el cambio.
-          Entonces debes probar el chocolate caliente con nata que hacen allí Ann –me dijo esta.- Te gustará.
-          Vamos, Ann –dijo Sammantha, cogiendo su bolsa y el cambio mientras se encaminaba hacia la puerta.
-          Gracias por el consejo –sonreí a Susan mientras seguía a mi… amiga.
-          ¡Esperad un momento! –nos llamó la india con su vozarrón. Y al volvernos vimos que nos mostraba una pecera de plástico llena de bolas parecidas a las de ping-pong de colores variados.- ¿Queréis probar suerte? –nos tentó, moviendo la pecera para que las pelotas se removiesen.- Son como las galletas de la fortuna. ¡Venga! Que la primera es gratis –nos animó.
   La primera que sucumbió a la tentación fue Sammy, que se acercó en al acto a la pecera, metiendo una de sus manitas y sacando una bola del tamaño de una pelota de tenis, o eso parecía en comparación con su manita de porcelana. La abrió y, con una sonrisa en la cara, leyó lo que ponía en el papelito de dentro:
-          «Alguien nuevo llegará a tu vida.» ¡Ja, ja! Esa persona debes ser tú, Ann –se rió ella.- Coge una –me recomendó, cogiendo la pecera de las manos de Susan y poniéndola delante de mí, que no me había movido del sitio.
-          Yo no creo en estas cosas, Sam… -intenté rechazar la pecera, apartándola de mí con las puntas de los dedos. Tanía un mal presentimiento sobre aquello.
-          ¡Por favor, Ann! No es para tanto –insistió ella, empujando la pecera de nuevo hacia mí.
   Me la quedé mirando unos momentos fijamente, desafiante, al igual que ella. Sabía que no íbamos a movernos del sitio hasta que cogiese una maldita bola así que…
-          Vale… -me rendí, metiendo la mano lo menos posible en el recipiente y rozando con los dedos una pelota que, al instante, acabó en mi mano, como atraída por un imán invisible. Y, extrañada, la abrí.- ¡Yii! –chillé, soltándola y haciendo que cayese al suelo, saliendo de esta una repugnante araña del tamaño de mi palma, con colores de tigre y cuerpo pequeño con patas largas y delgadas.
-          ¡Agh! ¡Qué asco! –soltó Sammy. Aunque en su expresión no lo veía. Entonces supe que los insectos no le daban miedo o asco alguno, hecho que no pegaba con ella. De las dos, la miedica era yo. Y la araña desapareció por algún lado. No me fijé demasiado.
-          Lo siento mucho, Ann –se preocupó la india.- No sé cómo ha llegado ahí.
-          Vamos a ver qué pone –siguió Samantha a su bola, agachándose para coger la bola abierta para leer el papelito.
-          No te preocupes, Susan –le sonreí, acercándome a ella y, acordándome de la terapia, creando contacto entre nosotras al poner mi mano, con todo mi esfuerzo, sobre la suya. «El contacto siempre es reconfortante», me recordé a mí misma para no sofocarme y comenzarme a agobiar.
-          Suu… -dijo Sammantha, con los ojos como platos y mirando el papelito que tenía en las manos.- ¿Seguro que has escrito esto también? –le preguntó, un poco asustada. Y la india cogió el papelito, leyendo rápidamente lo que ponía. ¿Qué pone?, me pregunté, nerviosa. Sus rostros comenzaban a ponerme nerviosa de verdad.
-          Yo no recuerdo haber puesto nada así –se extrañó la cajera.
-          ¿Qué pone? –exterioricé, cogiendo el papelito y leyéndolo en un susurro- «Sobre ti caerá hoy la hoja del destino»… ¿Qué significa esto? –pregunté, mirándolas a ambas.
-          La hoja del destino es la muerte –respondió Susan.- Pero Ann… -quiso razonar conmigo.
-          Ann… -Sammy cogió mis manos entre las suyas.- No creas lo que pone ahí –me aconsejó.
-          Algún gracioso habrá colado esta bola mientras atendía a alguien, Ann –me reconfortó la otra.- Te puedo asegurar que yo escribo todas las papeletas y esa no es mía. ¿Me crees? –se preocupó.
-          P-por supuesto que te creo –mentí, sonriendo.- Solo me he puesto nerviosa por lo de la araña. Es que les tengo mucho miedo, ¿sabéis? –declaré, encaminándome hacia la puerta y tirando de mi amiga por un brazo.- Vámonos a desayunar, Sammy. Tengo un hambre atroz –sonreí, nerviosa.- Ya nos veremos, Susan –me despedí de ella, abriendo la helada puerta y notando como se me ponía la piel de gallina.
-          ¡Espera! –me pidió la esposa de Roger, soltándose y cogiendo el paraguas grande y rosa pastel del paragüero.- Casi me lo dejo –se rió, abriéndolo mientras yo me ponía la capucha y calentaba mis manos con el vaho de mi boca.
   Y entonces, la rubia colocó el enrome paraguas entre las dos con una sonrisa.
-          Esa capucha te queda horrible –me declaró, quitándomela y, con cuidado, apartando un mechón largo de mi flequillo a un lado.- Así estás mejor –me sonrió. Y agradecí su sinceridad y su cautela. Ella sabía lo que me costaba eso del “contacto” con las personas e iba con cuidado, poco a poco para que me acostumbrase. Y le sonreí por ello.

   Pensar en aquella palabra, “amiga”, hacía que sintiese en mi pecho algo parecido al aleteo de un colibrí, que deshacía las telarañas de mi interior e iluminaba cada rincón con una oleada de calor fraternal. Y eso era lo que sentía estando con Sam. Aunque, para ella, yo era más bien una hija o una hermana pequeña falta de cariño. Por eso, cuando estábamos juntas, veía constantemente es sus ojos una agradable y cálida mirada maternal –como un instinto que de repente despeirta- y notaba como un ambiente suave y con un toque primaveral nos abrazaba durante aquellos últimos días de otoño.

   Samantha me condujo a una cafetería no muy lejana que hacía esquina, con un gran escaparate de cristal que llegaba desde nuestras caderas al techo, dejando ver cómo era por dentro el lugar: de ambiente cálido y decoración blanca y rosa pálido, como las típicas pastelerías-cafeterías donde venden desde batidos a una hamburguesa grasienta acompañada de una saludable y más apetecible ensalada.
   Al entrar, sentí calor pues la calefacción estaba a tope. Incluso notaba cómo mis mojadas botas se secaban y las suelas dejaban de resbalar. Y así, mientras seguía a Sammy hasta una mesa al fondo y pegada al ventanal, abrí mi abrigo y guardé mis negros y desdedados guantes en un bolsillo de este, frotándome las manos mientras notaba cómo tenía el dorso de éstas frío y las palmas calientes. Siempre me ha hecho gracia el notar frío y calor a la vez. Es algo extraño y particular.
-          Ven, Ann –me pidió ella, dejando su abrigo y su bolso pegados a la ventana en su enorme banco redondeado de plástico.- Voy a pedir mientras tú nos vigilas el sitio, ¿vale? –me dijo cariñosamente, sonriendo. entonces vi su  enorme monedero-cartera, el cual llevaba en las manos, y ella, reparando en lo que iba a decir, se me adelantó.- Hoy te invito. Otro día ya veremos –concluyó la discusión que no había comenzado siquiera.
   Yo, por mi parte, me senté, mirando a través del cristal, la lluvia caer, tan hipnótica como el baile de la llama de una vela. Todo el pueblo había adquirido una apagada tonalidad de gris y la suciedad de las calles y las hojas caídas y secas de los árboles eran arrastrados por una pequeña corriente de tres centímetros que se había formado en la carretera. Todo Deadwords estaba siendo purificado por la tormenta y yo no podía dejar de preocuparme por Donatello, sólo en casa, y mi coche, imaginándolo pasar, arrastrado por un torrente de agua, en cualquier momento por delante de mis narices.
-          Cuánta gente, ¿eh? –se rió Samantha, sacándome de mis pensamientos y sentándose frente a mí, al lado de sus cosas, mientras arrastraba hacia mí una taza humeante de chocolate caliente.
   Ella se me quedó mirando, alzando las pupilas mientras bufaba la taza que tenía entre las manos y le daba sorbitos. Yo tardé en reaccionar un poco, dejando mi posición pensativa –codo sobre la mesa y cabeza sobre el dorso de la mano muerta- y acercando más hacia mí la taza, cogiéndola con ambas manos para calentármelas. Aunque rápidamente solté la taza al acordarme de que no me había quitado la chaqueta. Si no me la quitaba luego tendría frío al salir.
   Y entonces, al volver a coger la taza, recordé lo que me había dicho Susan minutos antes.
-          ¿Y la nata? –bromeé, dando vueltas al chocolate con la cucharita.
-          ¡Ah! –cayó ella en la cuenta, dejando su taza sobre la mesa.- Cierra los ojos –me ordenó. Y yo los cerré, girando también la cabeza hacia la ventana. Seguidamente oí un ¡plop! Y de nuevo la voz de Sam:- Ya puedes abrirlos –me avisó.
   Y al hacerlo, vi que sobre el chocolate de mi taza flotaba una isla de nata montada casera, como una nube de golosina, y espolvoreada con un poco de azúcar por encima. No sé porqué, noté como los ojos se me humedecían de la ilusión. Jamás había tenido una sensación semejante a la de entonces. Ambas nos acabábamos de conocer y, sin embargo, era como si nos conociésemos de toda la vida.
-          Gracias –creo que dije, medio llorosa. Y entonces sentí como algo frío se estampaba contra mi nariz. Ella me la había manchado de nata, la cual tenía dentro de un bol a su lado. La muy tonta se reía, perversa y desafiante, mientras se chupaba el dedo culpable.
   Aquello hizo que los ojos se me secaran de golpe, creándome una especie de enfado infantil. La miré con el ceño fruncido mientras hundía con la cucharita la isla blanca. Ella cogió entonces algo del especiero de la mesa.
-          ¿Canela? –soltó, con una risa de medio lado y los hombros encogidos. El bote que tenía en la mano estaba medio lleno de canela molida, preparada para echarse donde uno quisiera.
   Y yo no pude reprimir una carcajada, viendo su comportamiento absurdo y ridículo. Hacía mucho tiempo que no me reía de aquella manera, olvidando las pesadillas de los días anteriores, la araña y el mensaje. Casi no recordaba ya qué ponía.
-          Me lo tomaré como un sí –se rió, espolvoreando un poco sobre mi taza y luego sobre la suya.- ¡Ah! –recordó entonces, haciendo que dejase de reírme.- Voy al baño –sonrió, levantándose. Y yo me volvía reír.- Ahora vuelvo.
-          Vale. Yo iré a cogerme un donut cuando vuelvas –le dije, despidiéndola con la mano mientras desaparecía entre la gente. No había reparado antes en la gente que había en el local. Estaba todo lleno.
-          Aquí tiene –me dijo una voz de varón mientras me dejaba un platito con un donut sobre una servilleta delante.
   Miré quién era, girándome a la izquierda, y vi a Dylan ataviado con un delantal y una sonrisa de pie a mi lado. Parecía contento de verme y, en el acto, recordé su mirada mientras me alejaba del aparcamiento de la sala de baile, haciendo que sonrojara débilmente.
-          ¡Dylan! –dije, contenta. Aunque pronto disimulé mi ilusión con mi cara de póker.- ¿Qué haces aquí? –le pregunté, mientras él se apoyaba en el respaldo de mi banco redondeado y rosa ciruela.
-          Trabajo aquí –respondió, mirando por la ventana.- Cómo llueve, ¿no? –se sorprendió.- Debe hacer frío fuera.
   Yo miré también, pero no viendo el exterior si no a nosotros, reflejados en el helado cristal. Entonces noté de nuevo aquella extraña sensación en el pecho. Sabía que él estaba muy cerca pero no me molestaba aunque me sentía nerviosa y un tanto acalorada, como si de repente hubieses subido más la calefacción. No podía dejar de mirarle a través del reflejo, observando atentamente las curvas de su mandíbula y cuello, casi sintiendo su tacto en las yemas de mis dedos como un hormigueo. Y sus labios, en el color de los cuales no había reparado hasta el momento, rojo ciruela, uno de mis colores favoritos. Recordé a la vez que tenía un conjunto de encaje del mismo color y no sé por qué pero imaginé que sus labios besaban mi cuerpo cuando llevaba ese conjunto.
-          ¿Qué haces por aquí? –me preguntó él entonces, haciendo que le mirase y, en seguida, girara mi rostro hacia otro lado para que no viese lo colorada que estaba.
-          Em… -dije, pensando. Me había quedado en blanco.- He venido con una amiga –dije al fin, mirándolo y sonriendo.
-          ¿En serio? –se sorprendió a sabiendas de cómo era yo. ¿Acaso él creía que me conocía bien? No lo sé pero así parecía. Y de repente puso su mano libre sobre mi frente.- ¿No estarás resfriada?
-          ¡No! –me enfadé, quitando su mano de un revés tenue y débil. Lo suficiente para quitarlo de encima sin hacer daño. En mi pecho, mi músculo latía rápidamente, sintiéndose angustiado por la cercanía del hombre.- ¡Ah! –noté.- ¿Entonces no eres cartero? –me sentí traicionada.
-          ¿Qué? ¡No! –se apresuró a decir.- Es que tengo muchos trabajos, eso es todo –me explicó.
-          Ahh… Vale –acepté su excusa, dándole vueltas a la isla de nata que comenzaba a hundirse en el chocolate.
-          Y… ¿Cómo te va en la casa de los vientos que ululan? –cambió de tema.
-          Bien… Supongo.
-          ¿Ha pasado algo? –se preocupó.
-          Oye… -comencé, poniéndome nerviosa y jugueteando con la cuchara sin mirarle.- ¿Tú crees en los fantasmas de verdad?
   Entonces, como no respondió, lo miré. Se había quedado mudo, mirándome como si estuviera loca. Yo no quería que me mirase así. Comenzaba a sentirme mal. Tenía ganas de llorar viendo sus ojos mirarme de esa forma. ¡No estoy loca!, grité en mi fuero interno.
-          ¿Y cómo no te he visto al entrar? –me extrañé, confundida, cayendo en la cuenta y cambiando de tema. Disimulando mi nerviosismo y dejando de mirarlo de nuevo.
-          Es que acabo de llegar, mujer –sonrió, como si le hubiesen dado cuerda de nuevo. ¿Había estado en pausa? No sé el motivo concreto, pero miré sus tejanos, los bajos de los cuales estaban completamente secos.
-          Yo te he visto antes –lo señalé.
-          Pues claro –se rió él.- Y dos veces.
-          Tres –le corregí.
-          ¿Qué? –se extrañó.
-          El día que llegué a Deadwords te vi en el supermercado de Susan, la mujer india –le expliqué.
-          ¿En serio? –se sorprendió.- Pues yo no me acuerdo.
-          Ya pero yo recuerdo que aquel día los bajos de tus pantalones tampoco estaban secos y//
-          ¡Ey, Ann! –me llamó Samantha, haciendo que la mirase.- Siento haber tardado tanto.
-          Pero si no has tardado nada, mujer –la excusé, negando con la cabeza mientras ella se sentaba y daba vueltas a su chocolate medio templado.
-          ¡Anda! ¡Pero si ya has ido a cogerte el donut! –notó. Y entonces me acordé de él y de que había sido Dylan quien me lo había traído. ¿Cómo sabía él qué era lo que quería?- ¿Por qué no me has esperado? –se enfurruñó.
-          Ha sido –intenté excusarme, mirando a Dylan. Pero resultó que ya no estaba y Samantha me miraba, confundida.- Es que tenía hambre –me reí, dándole un bocado a la pasta.

   Después de desayunar juntas, me despedí de Sammy y, después de pasar por la ferretería, me subí en mi todoterreno y comencé el largo camino a casa.
   La verdad es que un cuarto de hora se hace largo cuando la carretera es tan monótona y te has cansado de escuchar el mismo CD una y otra vez, poniendo la radio, que no suena, para variar un poco. Derecha, izquierda, derecha. Bosque, bosque y más bosque. En esos momento será cuando me preguntaba qué hacía yo exactamente en Deadwords pero nunca encontraba la solución al enigma. No digo que no sea un lugar encantador, porque tiene su punto. Lo que digo es que no tenía por qué ser ese maldito pueblucho. Cualquier otro habría valido para mi trabajo. Y lo más importante era: ¿Quién me había hablado de Deadwords si ni siquiera sale en los mapas?
   Entonces, a siete minutos y medio de casa, el coche me dejó tirada. Se había quedado sin gasolina así que lo único que pude hacer fue empujarlo a un lado de la carretera y sacar el móvil para llamar a… ¿A quién iba a llamar? No importaba porque tampoco tenía cobertura. Recordé en ese momento lo que llegaba a odiar el bosque. ¿Por qué el otro día tenía cobertura y hoy no?, me preguntaba, maldiciéndolo todo. Llamándome tonta por no haberle pedido el número a Sammy. ¿Y a Dylan? ¿Por qué no le había pedido el número? Dios… Soy idiota de verdad, ¿no creéis?
   Me bajé del coche, mirando para ver si venía alguien por la carretera. Aunque era imposible pues el agente de la inmobiliaria me había dicho que nadie viviría cerca de mí, que tendría paz y tranquilidad siempre. A él también lo maldije.
   Algo se movió dentro del bosque, haciendo que me volteara, poniéndome en guardia y sacando el bate de béisbol que tenía en el asiento de atrás, dispuesta a usarlo.
-          ¡¿Quién anda ahí?! –voceé, apretujando entre mis manos enguantadas el mango del bate de madera.
-          ¡¿Ann?! –se sorprendió una voz, alzando un farolillo eléctrico a la altura de su cara.
-          ¿Sr. Alexander? –me sorprendí, viendo al anciano encapuchado y sonriente acercándoseme.- ¿Qué hace usted por aquí? –le pregunté, bajando el bate pero sin soltarlo.
-          Soy leñador, ¿sabes? –me informó, quedándose a una distancia prudencial de mí y bajando el fanal.- Me paso el día talando árboles y ayudando al guarda forestal a vigilar este bosque por si a alguien le pasa lo que a ti –dijo, señalando con el hacha que llevaba en la mano mi automóvil.
-          Vaya… -me avergoncé.
-          ¿Te has quedado sin gasolina? –me preguntó. Y yo afirmé con la cabeza.- No te preocupes –me consoló, alzando el farol de nuevo.- A todos nos ha pasado alguna vez. –Y se giró, marchando hacia el bosque.- vamos a buscar algo de gasolina para que puedas volver a casa y mañana ir al pueblo, ¿de acuerdo? –me dijo.
-          ¡Gr-gracias! –me sorprendí agradablemente, corriendo para alcanzarle. Pero él se paró, pensando en algo.
-          Em… Creo que deberías cerrar bien tu coche.
-          ¿Eh? –me extrañé.
-          Por aquí no hay ladrones pero si no quieres encontrarte con un mapache ocupa cuando vuelvas será mejor que lo cierres con llave. Son muy listos –me informó. Y yo corrí a cerrar el todoterreno con llave, cogiendo también algo para ponerme encima pues no llevaba el abrigo puesto.
   Seguidamente, nos adentramos en el oscuro y neblinoso bosque, donde parecía no llover. Miré al cielo pero casi no lo veía pues los enormes pinos centenarios creaban una techumbre, abrazándose con las ramas unos a otros, como una familia. Pero igualmente me puse la capucha celeste. Espera… ¿Celeste? ¿Por qué llevaba puesta yo la sudadera celeste? ¿Cuándo la había cogido? Me la quité de inmediato, asqueada por el hecho de pensar en que pertenecía a una muerta.
-          ¿Ocurre algo? –me preguntó el Sr. Alexander, deteniéndose e iluminándome.
-          Nada, nada. No se preocupe.
   Y seguimos un buen trecho hasta llegar a una caseta de madera, la chimenea de la cuál humeaba. Me detuve un momento a mirarla, asociándola a varias películas de terror y sintiendo un escalofrío recorrerme por completo –esto segundo se debía al frío-.
-          No tengas miedo –me dijo el anciano, riendo. Yo me sorprendí por el comentario, creyendo que me había leído la mente y sintiéndome avergonzada.- ¿No te han dicho ya que el sonido del viento en este bosque es como el de los fantasmas?
-          ¿Eh? –me sorprendí, reparando en que, en efecto, se oía el ulular del viento entre los pinos.- ¡Ah! No tengo miedo. No se preocupe.
   Por dentro, tal y como había imaginado, la casita era un tópico de las películas de terror que había visto años atrás, ambientadas en bosques tétricos habitados por leñadores sospechosos: suciedad, muebles de madera sin vida, utensilios de caza y “trofeos” colgados de las paredes. Con eso lo digo todo, creo. Además, el mero hecho de pensar en cómo sería el baño o el cuarto del Sr. Alexander produjo en mí una mezcolanza de asco, repulsión y pena por el anciano. Bueno… no tan anciano. A penas me atrevía a respirar –pues mis fosas nasales se cerraban de forma automática- o moverme mucho por allí, casi convencida de que el polvo podía devorarme viva o tragarme para llevarme a una dimensión desconocida de la cual jamás podría salir. Lo sé. Parecen tonterías, pero es que ni siquiera me adentré más de dos pasos en aquel lugar por miedo y repugnancia, no pudiendo evitar encogerme, abrazándome con ambos brazos, y mirar a todas partes, siempre en guardia.
-          ¿Cómo va la mudanza? –me preguntó él, dejando un bidón rojo de cinco litros de gasolina sobre la mesa, creando una nube de polvo que me hizo retroceder. Yo la cogí, aguantando la respiración, mientras lo veía llevar otro bote y el hacha bajo el brazo. Y me sonrió, esperando una respuesta e iluminándome con el farolillo inquisidor.
-          Me va bien –comenté, agarrando con fuerza el barril y saliendo por la puerta delante de él, con prisas.- Solo me queda el desván –concreté, viendo que él pedía algo más de información con su mirada clara y abierta.
-          ¡Espera, Ann! –me detuvo entonces, saliendo de la casucha con la sudadera celeste en la mano.- Te dejabas esto… -dijo, aunque pronto calló al ver mi expresión, algo desencajada, creo.

   En la parte interior de la sudadera, abierta por el cuello, pude ver, consternada, como se formaba ese símbolo revertido que tanto me  inquietaba, ocupando toda la espalda. Estaba gravado en sangre.