Wednesday, August 7, 2013

Deadword's Phantoms IV.- Noche de brujas

   A primera hora, me encontraba frente el edificio que hacía la función de ayuntamiento, biblioteca y archivo en el pueblo. ¿Por qué estaba allí tan temprano? Pues por una buena razón: descubrir quién era la chica de la sudadera y qué quería de mí. Así que mi destino era el archivo, sin duda. Estaba segura que era ella la que murió tres años atrás, en el lago.


   Al regresar a casa la noche anterior, temblorosa y algo asustada, había intentado quitar aquella “marca” de la sudadera celeste. Pero no se iba, no podía quitarla de ninguna manera y, nerviosa y acelerada como estaba, no había podido dormir. Me había pasado la noche en vela, dibujándola en bosques, bajo el agua, sentada en el porche,… pero no había podido retratar su rostro ni una sola vez en todos aquellos dibujos a carboncillo, faltos de color y demasiado sombríos. Debería haberme centrado en pintar los paisajes para novelas ajenas. Al fin y al cabo, yo ya había perdido mi “chispa”, mi musa. Toda mi inspiración se había desvanecido como un copo de nieve al llegar la primavera. Ya había escapado de su jaula para volar libre por un cielo azul y brillante distinto a este, tan gris que no deja ver el sol nunca.

   Así que, continuando con la historia, me adentré en el edificio, con las marcas del sueño y las gafas medio caídas sobre mi tabique nasal, y dejé atrás aquella niebla húmeda y helada que reinaba en el pueblo y no quería soltarme, tan espesa y abundante que se alzaba un metro sobre todo Deadwords, impidiendo ver dónde pisa una.
   Allí, en el hall, parecía no haber nadie, por lo que decidí seguir las indicaciones del plano del edificio para llegar al archivo, aunque tampoco me hacía falta porque siempre está en el mismo sitio, más o menos, en el sótano. Nunca le he visto la lógica a eso porque… ¿no se van a humedecer así los documentos? No me extraña que se pierdan cosas, y más allí, en Deadwords, donde la humedad es un vecino más al que todos saludan. O esa fue mi impresión al echar el primer vistazo, sintiendo el frío en el cuerpo y oliendo el moho, procedente de todas y cada una de las estanterías del lugar, situadas a ambos lados, y dejando frente a mí un largo pasillo hasta un escritorio situado al fondo, iluminado únicamente por una lámpara de luz anaranjada y tenue. Pero no veía a nadie.
-          ¿Hola? –voceé, oyendo como el silencio se tragaba mi saludo.- ¡¿Hay alguien?! –pregunté, recorriendo el pasillo central mientras buscaba al encargado entre las estanterías. Pero nadie respondía.
   Me acerqué al escritorio inundado de papeles y carpetas marrones, y miré hacia las escaleras para ver si alguien había acudido a mi llamada. Tenía la sensación de ser observada pero no sabría decir quién exactamente pues solo vi como una sombra desaparecía entre unas estanterías lejanas.
-          ¿Hola? –repetí, mirando los pasillos de la derecha y buscando la sombra. Y tuve un escalofrío al pensar en la sombra asesina del cuchillo intentando apuñalarme bajo el agua.
   De repente oí algo a mis espaldas y me volví, asustada, viendo un ratón esconderse bajo una cajonera, seguramente metiéndose en su agujero de la pared. «A saber cuánto papel ha comido ya.», pensé, relajándome, respirando profundamente y con una mano sobre el pecho, notando cómo latía aceleradamente mi corazón. Aun así, yo seguía recordándome lo ilógica que era pensando que un fantasma quería matarme, es más, pensar que existían era una soberana tontería.
   Me volví y choqué contra una pila de documentos que antes no estaba allí, haciendo que todos se esparciesen por el suelo y dejándome ver al encargado del archivo.
-          ¡¿Dylan?! –me sorprendí, frunciendo el ceño.- ¡¿Pero cuántos trabajos tienes?!
-          Varios –me contestó tranquilamente, medio sonriendo mientras se agachaba a recoger los documentos dispersados.
-          D-deja que te ayude –me ofrecí, recogiendo papeles mohosos sin esperar una respuesta.
-          ¿Qué haces aquí? –demandó, cogiendo el grueso de carpetas que yo había recogido y dejando todo el conjunto sobre la mesa, quedándome alucinada al ver que aún cabía algo allí, donde no se veía la madera y un viejo teléfono estaba a punto de caerse, cediendo lentamente a la gravedad.
-          Busco algo –respondí, evitando dar explicaciones sobre mis paranoias y mis fantasías, y él se rió.
-          Todos buscan algo cuando vienen aquí.
-          Ya… Supongo.
-          ¿Pero? –medio rió, arqueando una ceja.
-          No sé por dónde empezar –confesé, mirando lo vasta que era la habitación y los montones y montones de papeles que se amontonaban hasta la altura de mi ombligo.
   Lo miré, de reojo, por encima de las gafas, observando su tranquilidad y… y ya está. Sólo lo miraba, entretenida, mientras estábamos en silencio y me deleitaba con cada onda de su cabello y con cada una de las líneas que delimitaban su cuerpo y sus facciones. Estaba segura de que algo en él se me pasaba, algún punto que me desagradaría y haría que dejase de mirarlo.
-          ¿Llevas gafas? –me preguntó él entonces, algo sorprendido.
-          ¡Ah, sí! –me puse nerviosa, quitándomelas con las manos avergonzadas y temblorosas, haciendo que se me cayesen.- Son sólo pare leer… he olvidado quitármelas –casi tartamudeé mientras me acuclillaba a recoger las lentes. «¡Tierra, trágame!», pensaba, imaginando que él se estaría riendo mentalmente de mí.
   En ese momento, sus manos, más rápidas que las mías, cogieron mis gafas. Él se arrodilló ante mí y, embelesándome con sus oscuras pupilas, me las volvió a poner. Y, aunque el acto reflejo de mi cuerpo fue contraerse y contener la respiración, mi corazón se aceleró en respuesta al roce de sus yemas contra mis mejillas, encarnecidas, y mi pelo, que colocó delicadamente tras mis orejas, como pretendiendo no tocarme.
-          Estás muy guapa con ellas –me aduló, en una especie de murmullo audible y encantador. Sentí una punzada en el pecho y noté como la sangre de mi cara comenzaba a hervir, poniéndome colorada.
   Y, de repente, me caí. No fue un bajón de tensión –aunque no estoy segura- pero el hecho es que perdí el equilibrio y me quedé sentada en el suelo. Fue una caída muy tonta y, a la vez, el momento más vergonzoso de toda mi vida. No por lo ridículo de mi caída, sino por lo que había dado a entender con ella.
-          Lo siento, Ann –se disculpó Dylan, levantándose, y, arrepentido por haberme tocado, se alejó al instante de mí, manteniendo las manos a su espalda.- No quería hacerte sentir…
-          … ¿incómoda? –terminé su frase, incorporándome solita y limpiando el polvo de la parte trasera de mi chaqueta.
-          Sí –se entristeció, moviendo los brazos y apretando los puños, sin saber qué hacer. El dolor reflejado en sus ojos había que me sintiese mal conmigo misma… Muy mal.
-          No ha sido culpa tuya –negué con la cabeza, acercándome un poco y sonriéndole.- Solo he perdido el equilibrio –le informé, cogiéndome las manos por detrás y haciendo que él se quedase mudo unos instantes.
-          Ah –cayó en la cuenta.- Vale. Creía que…
-          No importa –lo disculpé.- La rara soy yo así que//
-          ¡No eres rara! –me interrumpió, poniéndose nervioso.- Eres torpe y un poco impulsiva –A mí se me subieron los colores.- pero NO-ERES-RARA –remarcó, clavándome los ojos y cogiéndome por los brazos, un poco agachado para estar a mi altura.
   No sé si reparó en ello pero se quedó a menos de cinco centímetros de mí, haciendo que pudiese sentir su aliento en mis labios. Mi corazón se había acelerado de nuevo, estaba nerviosa, y no dejaba de temblar mientras pensaba: «Di algo, Ann. Muéstrale tu elocuencia.»
-          Quiero saber quién vivía en mi casa antes que yo –le solté, diciendo lo primero que se me pasó por la cabeza mientras cerraba los ojos.
   «Eres idiota», me dije a mí misma, arrepentida, mientras abría los ojos y veía a Dylan remover los papeles del escritorio, sin mirarme y dándome la espalda.
   En momentos como aquel me habría gustado tener el poder de leer la mente, aunque me habría conformado con conocer un poco mejor la mente ajena, ser un poco más empática. Pero aun siendo tan dura de mollera como una piedra supe ver que él se sentía rechazado, algo muy normal conmigo.
-          Dylan… -quise disculparme, aun sin tener un motivo concreto.
-          Te llamaré cuando encuentre algo –me informó, usando un tono monocorde y mirándome con una expresión fría, distante. Eso hizo que, si cabe, me sintiese peor.
   Pero yo, empecinada con disculparme, me acerqué a la mesa y, cogiendo papel y bolígrafo, le apunté mi número de móvil. Y, a continuación, haciendo de tripas corazón, así sus manos cálidas y puse el papel entre sus palmas.
-          Esto… -tanteé, sin saber qué decir exactamente. Me temblaban las manos y notaba como me estaban entrando taquicardias y sudores fríos. No las tenía todas conmigo pero, parece mentira, me calmé cuando Dylan me apretó tiernamente las manos. Le miré a los ojos.- Muchas gracias –le sonreí, y luego me fui corriendo, con prisa y el corazón acelerado, hacia fuera. Recé para que él no me siguiese y, como mínimo, se quedase allí, parado y boquiabierto.
   Estar mucho tiempo con Dylan no me convenía. Me ponía demasiado nerviosa y, lo más extraño de todo, comenzaba a acostumbrarme a él. Mi mente seguía apartándolo de mí, como a todos los hombres, pero mi cuerpo sentía esa especie de tensión sexual-emotiva que había entre nosotros. Mis reacciones con él eran diferentes e inesperadas. Casi me sentía atraída por él en muchos sentidos, aunque mi mente me decía que acercarme a ese hombre era peligroso. Al fin y al cabo, no sabía nada de él y, según mi opinión, tampoco el susodicho me explicaría nada de su vida motu proprio.
   Sin un motivo concreto, me subí en mi 4x4 y agarré el volante con fuerza, mirando hacia delante y viendo solo la niebla, que se había espesado y no me dejaba ver más allá del parachoques.
   Miré, entonces, la sudadera celeste que la noche anterior había dejado en el coche y, ahora, reposaba calmosamente en el asiento trasero, como mirándome a través del símbolo sangriento de su interior. «Si lo ignoro, desaparecerá», pensé, siguiendo consejos aliados. Es una regla simple, la verdad, pero difícil de seguir, y más cuando algo te produce curiosidad y, además, es tangible. Tan sólido como las otras dos partes del enigma: los colgantes. Uno del derecho y otro del revés, uno con un rubí y otro con un zafiro, pero ambos igual de inquietantes pues, lo acepte o no, llegaron a mis manos en circunstancias extrañas, en sueños muy reales.

   Decidida a trabajar un poco, aparqué en la salida del pueblo, retratando a carboncillo las dos esquinas que custodiaban la entrada de la calle principal: la gasolinera y el supermercado de Susan. Deadwords sería un buen ambiente para aquellas novelas donde mi nombre aparecería en segundo lugar, pero a veces era demasiado siniestro. No solo por las miles de presencias que sentía, sino también por la gente pues, a parte de las cuatro personas multicolor, en todos predominaba el gris sucio de la monótona lluvia. ¿Qué hacían allí si no les gustaba su vida? Cualquier lugar más soleado que aquel, como Arizona, por ejemplo, les cambiaría seguramente el humor porque, por regla general, mucha lluvia amarga a la gente, como los pepinillos en vinagre.
   Un fuerte ruido me sobresaltó: alguien picaba la ventanilla del conductor. Volví a mirar mi boceto y descubrí que, del susto, lo habría rayado de arriba a abajo. Miré, enfadada, a mi izquierda y vi a Susan, sonriéndome amablemente.
   Aquel día llevaba dos trenzas, una a cada lado de la cara, que la hacían parecer más joven.
-          Buenos días, Ann –me sonrió, levantando una bandeja con un vaso de café y unas rosquillas azucaradas.- ¿Quieres desayunar? –me preguntó, ofreciéndomela mientras yo bajaba la ventanilla.
-          Wow… -me sorprendí, dejándolo todo en el asiento del copiloto.- Gracias –dije, cogiendo la bandeja.
-          ¿Te puedo preguntar qué haces aquí parada? –curioseó, mirando mi cuaderno de bocetos y apoyándose en la puerta.- Llevas aquí un buen rato.
-          Sólo dibujaba –respondí, dándole un sorbo al café caliente.
-          ¿Has venido hasta aquí solo para dibujar? –indagó un poco más, en su típico tono maternal.
-          En realidad había venido a buscar algo en los archivos, pero ha sido infructuoso –confesé. Nada de lo que hacía era secreto o ilegal, ¿verdad?
-          Vaya… Llevo muchos años aquí, ¿sabes? –me informó, mirando su supermercado.- Talvez pueda ayudarte.
-          Talvez… -sopesé, dejando el café en el posavasos.
-          ¿Y bien? –me preguntó, apoyando la cabeza sobre los antebrazos y mirándome fijamente, ansiosa de cuchicheos.
-          ¿Sabes algo de la chica que murió en el lago? –le pregunté, mirándola y viendo como se le cortaba la respiración.
-          ¿La de hace tres años? –se aseguró.
-          Aha –afirmé, un poco confusa por la pregunta. ¿Qué otra chica podrá ser? ¿Acaso había muerto alguien más en mi casa? Creo que me quedé con el ceño fruncido.
-          Ven conmigo –me ordenó, abriendo mi puerta y casi sacándome a rastras del vehículo.
   Susan me llevó hasta la parte trasera del supermercado, un lugar extraño. Todo estaba iluminado únicamente por unas cuantas velas rojas repartidas por la estancia. En el techo había montones de caza-sueños, de todos los tamaños y colores. Y, frente a mí, en el centro de la estancia, había una mesa de pie, redonda y con un mantel de terciopelo rojo. Sobre esta había una ouija que me puso los pelos de punta.
-          ¿Qué es esto? –me sorprendí, quedándome parada en el sitio.
-          Esta es mi otra profesión, Ann –me respondió la india, sentándose frente a la ouija.- Esto es lo que realmente soy. -«¿Bruja? Por favor, deja esta broma»- Siéntate, por favor.
   Le hice caso y, en cuanto ella alargó las manos sobre la mesa para que le diese las mías, se las di. No sabía qué quería hacer ella pero le brindé mi confianza, observando atentamente como cerraba los ojos y respiraba profundamente, concentrándose.
-          Ann –me dijo.- Cierra los ojos y dime qué ves.- Los cerré…
-          Nada.
-          Concéntrate –me animó, apretando mis manos.
-          Ya lo hago pero…
-          ¿Ann?
   De repente, noté como si ella ya no estuviese allí, como si ya no aferrara mis manos y, con ello, me hubiese dejado caer en un profundo agujero del que no podía salir. No veía nada y, de repente, luz, el bosque cercano a mi casa. No podía dejar de correr, estaba huyendo. ¿De qué? No lo sé. Estaba asustada, jadeante y no podía mirar atrás. Si lo hacía, tenía la sensación de que moriría. Algo me perseguía. ¿El hombre del cuchillo? No podía dejar de correr. «¡Que alguien me ayude!», intentaba gritar, pero las palabras no salían de mis labios. Sentía ansiedad, el corazón bajo la lengua y mi cuerpo pesado como el plomo, como si estuviese rellena de metal, rellena de miedo, amargo y desagradable. «Dios… Tengo ganas de vomitar», pensé, deteniéndome y cayendo al suelo. No me podía mover.
   Y, de repente, noté como si una brisa, fría y tajante, me atravesase el pecho, como un cuchillo.
-          ¡Ann! ¡Ann! –gritaba la voz de Susan, zarandeándome violentamente.
   Abrí los ojos y la miré. Estaba asustada, ella tenía miedo en los ojos. Y yo me sentía igual. ¿Qué había pasado? ¿Qué había sido eso? ¿Me lo había hecho Susan?
-          T-tengo que irme –dije de repente, levantándome y saliendo por la puerta hacia el supermercado.
-          Pero Ann… -intentó replicarme ella, persiguiéndome.
-          No sé qué me has hecho pero no quiero repetirlo –me enfadé, girándome hacia ella y deteniéndola a dos metros de mí. En esos momentos estaba realmente reacia al contacto humano.
-          Ann, creo que algo te persigue –me hizo saber, muy seria.- Ten cuidado y deja de meterte en asuntos que no te incumben.
-          No creo que sea eso lo que me pasa, pero gracias.
   Y me fui, corriendo, para subirme al coche e irme a casa. Me sentía incómoda. Tenía un malestar en el cuerpo que no me dejaba en paz. Incluso al llegar a casa estaba como angustiada, sin ganas de nada. Solo quería dormir, estirada sobre la alfombra y frente a la chimenea encendida. Dormir…

-          ¡¿Ann?! ¡Ann! –Oía una voz lejana, llamándome. No sabía quién era pero tenía la sensación de que debía despertar y responder a la llamada, aunque seguía teniendo sueño.
   Abrí pesadamente los párpados y me sorprendí al notar el aire frío en la cara y la humedad en los pies, el agua…
   Miré mis piernas y vi que las tenía metidas en el agua del lago. ¿Qué hacía yo sentada en el muelle? ¿Qué hacía allí?
-          ¡Ann! –me llamó de nuevo la voz, y vi que era Roger, con su lancha. Venía hacia mí con cara de preocupación.
   Aquella fue la primera vez que vi toda la inmensidad del lago. No había niebla y el agua era de un color azul intenso aunque reflejaba, a trozos, el gris perla del cielo nublado. Parecía que aquel día no iba a llover.
   Volvía mirar a Roger cuando atrancó en mi muelle, sin moverme del sitio. Casi no sentía las piernas del frío y, en vez de sentirme angustiada o asustada por no saber cómo había llegado allí, me sentía aletargada y algo confusa, perdida. Los párpados me pesaban y notaba como mi cuerpo se balanceaba, jugando con la gravedad. Adelante, atrás, adelante, atrás. Cada vez más cerca del agua y, de repente, noté como caía al agua, aunque me quedé colgada en el aire, sujeta por los brazos de Roger, que me preguntaba por mi estado y desvariaba acerca de si era sonámbula o que estaba cansada.
   Entonces, mi mente reparó en el contacto de su cuerpo contra el mío y, por acto reflejo, lo aparté de mí y, al intentar alejarme corriendo para calmar mis nervios, mis piernas fallaron y caí al suelo, quedándome sentada. Tenía las piernas dormidas del frío.
-          ¿Estás bien, Ann? –me preguntó Roger, volviéndome a coger para mantenerme en pie. «Cálmate, Ann. Sólo es Roger», me decía a mí misma mientras sentía como mi cuerpo se tensaba y me mareaba.- ¿Qué estabas haciendo? –se preocupó, mirándome a los ojos.
-          Tengo las piernas dormidas –dije, aún un poco desorientada.
-          Eso ya lo veo –me dijo.- Hace mucho frío.
-          No sé cómo he llegado aquí.
-          ¿Qué?
-          Me he quedado dormida y…
-          ¿Eres sonámbula?
-          No –negué, apartándome de nuevo de él pero esta vez manteniendo el equilibrio.- Al menos, hasta ahora…

   Gracias a que Roger se fue en seguida, aconsejándome ir a ver un médico, pude concentrarme de nuevo en lo que quería hacer: dormir. Me dolía la cabeza y sentía que el cuerpo me pesaba como el plomo. Casi no era consciente de lo que hacía pero conseguí llegar a mi cama, aunque pronto me levanté para ir al baño y tomarme un paracetamol.

   De repente, los ladridos de Donatello me despertaron y me vi, sentada en el suelo del baño y con un cuchillo en la mano. ¿Había estado a punto de…?
-          ¡Dios mío! –chillé, soltando el cuchillo de cocina y mirando a mi perro, que parecía nervioso y ladraba.- Ya está, Donatello –lo calmé, acariciando su cabeza y viendo que tenía un pequeño corte horizontal en la muñeca. No era muy profundo pero podría haberlo sido.
   Me sentí muy inquieta y asustada. ¿Cómo había cogido el cuchillo? ¿De dónde lo había sacado? Tenía tanto sueño que a penas podía mantener los ojos abiertos. Cada vez que los cerraba, Donatello me ladraba, en guardia. Y se lo agradecí, levantándome y yendo a mi habitación.
   Pasé, como pude, unas cuerdas por debajo del colchón y me metí en la cama, atándome. Si era sonámbula, cosa que dudaba, no podría desatar ese nudo sin despertarme.
-          Donatello –ordené a mi perro, que se estiró a mi lado en la cama y puso su cabeza bajo mi palma.- Si ves que hago algo raro, ládrame, ¿vale? –le sonreí, rascándole tras una oreja. Y él gruñó, afirmando.

   Oía los ladridos de Donatello, pero eran tan lejanos que no estaba segura de que fuese él. Lo oía como amortiguado, como si estuviese bajo el…
-          ¡Agua! –voceé, levantándome y respirando entrecortadamente, jadenado.
   ¿Qué hacía en la bañera? ¿Cuánto rato había estado bajo el agua caliente? Todo era muy extraño y estaba muy asustada. Oía los ladridos desesperados de Donatello y corrí a ver qué le pasaba, medio resbalando por el pasillo hasta mi habitación.
-          Donatello –lo llamé, viéndolo atado a la pata de la cama con las cuerdas con las que me había atado yo.- ¿Yo te he hecho esto? –me apené, desatándolo. Se lanzó sobre mí y comenzó a lamerme la cara, contento de que volviese a estar despierta.
   Tenía tanto sueño y, aun así, me abofeteé la cara, con tanta fuerza que me hice demasiado daño. Volví a atar a Donatello y me lo llevé a rastras hasta mi todoterreno, metiéndolo en la parte de atrás. Luego me subí yo y arranqué, a toda mecha, hacia el pueblo. Solo había una persona capaz de ayudarme en esos momentos.

-          ¡Susan! ¡Susan, abre! –la llamaba mientras aporreaba las puertas de su supermercado. Sabía que ella vivía allí, tenía que estar allí.- ¡Susan! –volví a llamarla, viendo como una luz se encendía en la parte trasera y aparecía ella, con una bata gruesa y cara de sueño. Eran las dos de la mañana.
-          ¿Ann? –se extrañó ella, abriendo la puerta y observando mi aspecto (iba únicamente con un camisón y una chaqueta).- ¿Qué te ha pasado?
-          Necesito tu ayuda –le espeté, ansiosa, y la cogí de los hombros.- Llevo todo el día sin saber exactamente dónde estoy. Tengo lagunas y me quedo dormida todo el rato.
-          Ann, Ann –me calmó.- Tienes que ir al médico –me dijo, mirando el pequeño corte de mi muñeca.
-          No, Susan –negué, acercándome más a ella. En aquellos momentos no me importaba el contacto con otra persona, estaba demasiado asustada y temblorosa.- Tenías razón.
-          ¿Qué?
-          Algo casi me obliga a cortarme las venas –medio susurré, provocando en ella un temblor nervioso.
-          Como aquellas chicas… -musitó, temblando.
   Entonces un crash, seguido de ladridos hizo que me volviese, viendo a Donatello salir por la ventana trasera del 4x4 y corriendo carretera abajo, hacia el camino que llevaba a casa.
-          ¡Donatello! –grité, desesperada, mientras corría tras él, subiéndome al coche.
   Por muy rápido que conducía, no conseguía alcanzarlo. No sabía cómo iba a detenerlo pero tenía que hacerlo. Parecía ido, como persiguiendo algo. Nunca lo había visto tan agresivo. Jamás. Corría tanto aún con una pata mal…
   Súbitamente, se lanzó al bosque y lo perdí de vista. No lo seguí sino que continué unos metros más hasta aparcar en casa y salir del coche, dispuesta a perseguirlo a través del oscuro boscaje.
-          ¡Donatello! –lo llamé, pero no venía. Podía oír sus ladridos de desesperación, errantes.
   Quise ir tras él pero alguien me llamó y me detuve, girándome. Dylan corría hacia mí, preocupado.
-          ¿Dylan? –me extrañé. Él llegó hasta mí y se detuvo, jadeando.- ¿Qué haces aquí?
-          Iba hacia casa y he visto a tu perro.
-          ¡¿Has visto a Donatello?! –me ilusioné.- ¡Tienes que ayudarme a buscarlo! –rogué, cogiéndole las manos. Pero él negó con la cabeza.
-          Ni hablar. Tú te quedas aquí mientras voy a buscarle.
-          Pero// -quise rechistar.
-          El bosque es muy peligroso de noche –me cortó.- Te perderías.
   Y se fue, corriendo, mientras yo me quedaba en la línea de piedras que delimitaba el terreno de mi casa, asustada. La mirada fría y dura de Dylan me había sorprendido.

   Sufría por Donatello. Dylan ya se había ido quince minutos atrás y había dejado de oír ladridos. ¿Qué estaba persiguiendo mi perro como para ponerse así? ¿Acaso iba tras aquel alguien de quien Susan me había avisado? ¿Iría tras un fantasma?
   De repente, noté un escalofrío en la espalda y una respiración fatigosa que me resultaba familiar. El miedo me caló y me quedé rígida. ¿Qué era? ¿Me había quedado dormida de nuevo? Miré de reojo hacia el cobertizo, de donde me venía aquella brisa helada, y vi una sombra tras él, que me asustó. Apreté los puños y me hice daño, clavándome las llaves del coche en los dedos. ¿Era quién yo creía?
   En efecto, de detrás del cobertizo, apareció el hombre con el cuchillo sangrante, que parecía contento de verme. Estaba soñando otra vez, ¿verdad? Aquello no era real. Junté las manos e intenté cerrar los ojos, pero no podía. No podía dejar de mirarlo fijamente, ojiplática.
   Él se acercaba lentamente hacia mí, contento. Y yo seguí rezando para hacerlo desaparecer. Estaba segura de que, en mi sueño, me había parecido real porque, en efecto, había sido un sueño. Pero ahora era solo un fantasma y no podía hacerme nada.
   Levantando el brazo del cuchillo, la sombra me lo lanzó, y noté como pasaba rozando mi mejilla, que se quedó dolorida. Instintivamente, levanté mi mano temblorosa y toqué el lado derecho de mi cara, donde había un pequeño corte sangrante. ¿Era de verdad? ¿Realmente no era un sueño?
   Él dio un paso más hacia mí y las piernas se me desengancharon del suelo, dejándome salir corriendo hacia mi coche. Abrí la puerta sin dificultad y me metí dentro, encerrándome. No podía dejar de temblar. ¿Dónde estaba Dylan? Necesitaba ayuda y él era el único que podía salvarme. Notaba otra vez aquel olor putrefacto, denso y pesado, que desprendía la sombra. Estaba cerca de mí, lo notaba. Era cuestión de segundos que me encontrase. Seguramente rompería el cristal y me sacaría a rastras del 4x4 para después matarme. No. No quería morir allí. «¡Dylan!», pensaba, con lágrimas en los ojos «¡Ven a ayudarme!».
   Y la puerta del piloto fue arrancada, así, de un tirón del hombre del cuchillo. No pude evitar chillar, retrocediendo y cayendo a los pies del asiento del copiloto. Él me agarró la pierna y tiró de mí. Intenté hacer fuerza pero era en vano. «¡No!», gritaba continuamente, cogiendo cosas que tenía a mano para tirárselas, pero todo lo atravesaba y desaparecía, como si estuviese hecho de petróleo, denso y oscuro.
   Entonces, noté algo debajo de mi mano: unos de los colgantes. Algo en mi interior me dijo: «Tíraselo». Y lo hice, lanzándole el colgante revertido en la cara sin rostro. Seguidamente apareció una luz y la sombra produjo un alarido, evaporándose en la nada. Desapareció, sin dejar rastro, y me quedé sola.
   Cautelosa, salí del coche y cogí el colgante, que estaba en el suelo. El zafiro refulgía tenuemente, pero luego se apagó y lo guardé en un bolsillo de la chaqueta, por si la sombra volvía.
-          ¡Ann! –me llamó Dylan entonces, corriendo hacia mí.- ¿Qué le ha pasado a tu coche? –se sorprendió, observando la puerta arrancada, que estaba a pocos metros de mí.
-          A-algo me ha atacado –gimoteé.- Dylan –lloré, con la voz temblona.- He pasado mucho miedo –rompí a llorar, y el vino corriendo a abrazarme, aunque se paró. Pero yo lo abracé a él, apretándome contra su pecho.- He tenido mucho miedo…
-          Ya pasó, Ann –me calmó.- Siento no haber estado aquí.
-          ¿D-dónde está Donatello? –le pregunté, apartándome y sin dejar de temblar.
-          Lo ha atado en el porche pero, Ann…
-          ¿Qué? –me asusté.
-          … tu perro tenía esto en la boca –me explicó, mostrándome una muñeca de ojos azules y cabello borgoña que se parecía a mí.
-          ¿Qué es esto? –me asusté, soltando la muñeca. Él la cogió antes de que se cayese.
-          Vudú –confesó.- Alguien lo utilizaba para manipularte, creo.
-          Dios… -lloriqueé, tapándome los labios con ambas manos.
-          Pero no te preocupes –me consoló. Me desharé del muñeco para que no te pase nada más –me sonrió, acariciando mi mejilla herida tiernamente.- Ahora puedes dormir. –Y se fue hacia el bosque, desapareciendo entre la densa niebla.
   Pero no me quedé a mirar cómo se iba. Corrí hacia el porche trasero y allí estaba Donatello, sentado y tranquilo.
-          ¡Donatello! –lloré, abrazándolo.- ¿Dónde te habías metido, perro tonto? –No podía parar de llorar, y él me lamía la cara, contento.-  Vamos a dentro –le dije, desatándolo y abriendo la puerta que daba a la cocina.
   Tranquila, me estiré en la cama y cerré los ojos. Donatello se había quedado abajo pero, extrañamente, no me sentía sola. Tenía una cálida sensación en el pecho y notaba como si tuviese una mano tierna y dulce sobre la cabeza, acariciándome e instándome a dormir. No me costó demasiado.

-          Dylan –suspiré, mirando sus ojos verdes arena mientras él me acariciaba el rostro. En su expresión veía amor, paz, calidez,…
-          Te quiero, Ann –me dijo, besándome tiernamente los labios mientras yo volvía a cerrar los ojos para dormir, abrazada a él.

   Aquella fue la primera noche que soñé con Dylan y, por inverosímil que parezca, no me molestó su “contacto”.